VENEZOLANOS EN MALARGÜE

En los últimos años millones de venezolanos han decido emigrar para buscar mejores condiciones de vida en otros países, especialmente del continente americano, desde Estados Unidos hasta la República Argentina. Un régimen político que prohíbe la libertad de las personas, con una hiperinflación jamás vivida en país alguno, la falta de medicina básica y una crisis económica que día a día se agrava son las principales causas que llevan a los esas personas a dejar todo para poder sobrevivir. A Malargüe 24 venezolanos lo han elegido como lugar de residencia, hay desde niños hasta personas jubiladas o pensionadas como ellos le dicen que conviven con nosotros, hay otros que estuvieron en tiempo y luego han ido a probar suerte en otro lugar de nuestro país o en países vecinos. En las siguientes líneas conoceremos la historia de algunos de ellos para tomar conciencia del peligro que se nos avecina si este 27 de octubre optamos por quienes ven en el régimen venezolano la panacea.


GABRIEL ROJAS Y CAROLYNE TORRES
GABRIEL ROJAS Y CAROLYNE TORRES

Gabriel Torres y su esposa Carolyne Torres llegaron a Malargüe hace nueve años como pastores de Primera Iglesia Bautista, que funciona en la Av. Gral. Roca y Alonso, de nuestra ciudad.


Se conocieron cuando ambos estudiaban en el seminario teológico bautista de Venezuela.

Tienen dos hijos Gabriela, que pronto cumplirá 12 años, y Matías de siete años que nació en nuestro país.

“Nuestra vida en Malargüe es espectacular, este es un lugar muy lindo. Nosotros vivíamos en un país tropical, donde siempre hacía calor, acá nos sorprende mucho el cambio de las estaciones, es tranquilo, vemos que nuestros niños crecen sin el ajetreo y la preocupación por la inseguridad con la que nosotros vivíamos en Venezuela” dijo Gabriel en el inicio de la conversación que mantuvimos en el templo de su iglesia.

Carolyne interviene y dice “a Gabriela le costó un poquito la adaptación por el tema del lenguaje y la manera de hablar de aquí, pero con tiempo todo se fue normalizando y ahora está sumamente integrada”.

Cuando emigraron de su país de nacimiento el régimen chavista estaba instaurado y avanzaba el proceso de expropiaciones.

“En ese momento había una bonanza petrolera impresionante y era lo que ocultaba lo que se estaba gestando. Ya se estaba importando un 70 % de lo que se consumía en la nación, cuando antes del régimen se elaboraba en el país el 80 % de lo que necesitaba para el país. Cuando las empresas se expropiaban y pasaban a manos del gobierno inmediatamente se paralizaban. Las empresas que empezaron a expropiarse fueron las cadenas de supermercados, las productoras de alimentos, fincas dedicadas a la agricultura y la ganadería” puntualizó Gabriel.

Al preguntarles cómo viven a la distancia la crisis que afecta su país, Carolyne dice “es duro. Nuestra familia quedó toda allá, algunos han podido ir saliendo y están desperdigados por todos lados. Mi padre murió hace un mes en Venezuela por falta de insumos médicos anticonvulsivos. Él tenía cinco hijas, dos del primer matrimonio y tres del segundo matrimonio. Cuatro estamos fuera del país y solo una fue a despedirlo, que es la que quedó en Venezuela. Fue complicado pasar su enfermedad desde acá, pudimos enviar algo de dinero, mucha gente se acercó a ayudarnos. El servicio fúnebre salió 7 millones de bolívares, cuando el salario de un trabajador son 40 mil al mes, hay una distorsión de precios terrible. A mi papá se lo pudo cremar, pero la mayoría de la gente está enterrando a sus difuntos en el patio de la casa, no hay cajones”.

Gabriel tiene aún a una hermana en Venezuela, pues sus padres y su hermana menor residen en Malargüe y su otro hermano vive en Estados Unidos.

Cuando se lo interrogó respecto de la libertad de expresión respondió “las redes sociales son el medio donde aún las personas pueden expresarse porque es imposible hacerlo por la radio o la televisión, todo está sumamente controlado por el régimen. Las elecciones son sumamente controladas por el Consejo Nacional Electoral, por eso siempre gana el chavismo con el Nicolás Maduro como referente”.

¿Muchos argentinos dudan de esto que Ustedes dicen, qué les dirían a ellos?, les preguntamos y Gabriel responde “todo lo que decimos es real. Cuando a nosotros nos decían lo que se venía no creíamos. Hoy se hace muy difícil salir del país por una cuestión económica y porque el gobierno ha endurecido todo lo relacionado con las visas y los pasaportes. El salario de un venezolano está en 10 dólares y sacar el pasaporte sale 800 dólares, imposible obtener ese documento”.

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PEDRO ROJAS
PEDRO ROJAS

Pedro Rojas tiene 61 años, en marzo cumplirá tres años de residencia en Malargüe, al que conoció en 2013. Es policía jubilado del Estado Bolívar de Venezuela. Como con sus ingresos no alcanzaba a cubrir los costos de la canasta familiar también se dedicaba a la panadería.


“Decidí salir de mi país, luego de convencer a mi esposa, porque ya no se podía vivir allá. No conseguía la harina ni el jugo de caña para hacer unas galletas muy ricas que le llamamos Catalinas ni tampoco el anís, la canela, el clavo de olor. La situación se ponía cada día más difícil y decidí emigrar. Allá tengo mi casa, ahorita con miedo porque están invadiendo las casas de quienes estamos en el extranjero, aunque yo se la dejé a unos hermanos misioneros de mi iglesia. No es fácil tomar este tipo de decisiones, uno deja a sus amigos, los afectos familiares, su cultura. Aquí hemos tenido que aprender palabras que allá desconocíamos, por ejemplo la auyama aquí se dice zapallo, a la piña le dicen ananá, los cambures aquí son bananas. Palabras que allí son comunes aquí son vulgares”, dijo Pedro en el inicio de la conversación.

Su madre que tiene 91 quedó en Venezuela y se comunica por WhatsApp cuando alguno de sus hermanos la visita en su casa. Varios de sus amigos han salido y se encuentran en Portugal, Islas Canarias, Estados Unidos y otros países latinoamericanos.

“La corrupción fue lo que hizo venir abajo a mi país y el régimen socialista que empezó con Hugo Chavez y se prolonga con Maduro nos ha hundido en la pobreza extrema. Venezuela siempre fue un país que recibía a inmigrantes. En mi ciudad, por ejemplo, toda la economía informal estaba en manos de ecuatorianos, las panaderías estaban en manos de portugueses. Cuando el venezolano empezó a salir era porque se le hacía difícil vivir desde el punto de vista económico o porque empezó a ser perseguido políticamente. Mi esposa, por ejemplo, necesita medicamentos para las tiroides y la presión de por vida, si estuviéramos allá se me hubiera muerto porque esas medicinas son imposibles de conseguir y si se consiguen son imposibles de comprar porque el salario mensual de un venezolano alcanza para comprar un maple de huevos, escasamente. Yo soy jubilado de la policía y tengo un seguro social, por los dos cobros algo así como cinco dólares, que me los cobra una hija que aún vive en mi país. El venezolano ha emigrado porque ya no puede vivir en el país. Yo para salir tuve que vender mi auto, un Renault Megan, mi horno de panadería, una heladera tipo freezer y otras muchas cosas” contó Pedro.

El hombre, más adelante, tuvo un reconocimiento para el extinto Antonio Aguilar, a quien considera un “hermano del corazón” que lo ayudó a pagar parte de los pasajes desde su país hasta aquí, junto a otros familiares.

“Ahora me dedico a la panadería, es un trabajo muy esclavizante y estoy preocupado porque me estoy haciendo viejo y el día que no pueda trabajar no sé de qué voy a vivir, por eso me gustaría tener un empleo en blanco donde pueda aportar para tener mi seguridad social en la Argentina. Un día de trabajo mío comienza antes de las 06:00 y duermo una pequeña siesta, los días que puedo, y sigo trabajando hasta la noche” relató el hombre.

Otro inconveniente que tiene los venezolanos en Malargüe es el de la vivienda, dado que la mayoría de ellos viven en espacios reducidos.

“El ánimo no decae, nunca estoy triste porque desde pequeño nos hicieron para el trabajo. Mi padre era ganadero y siendo niño aprendí a ordenar una vaca, enrejar a un becerro, ensillar un caballo. Un día de los difuntos mi papá llegó a la casa con dos cajas de velas, yo tenía como siete años. Nos dio una a mí y otra a mi hermano mayor, nos dijo váyanse el cementerio y vendan esas velas. Nosotros nos cruzamos al cementerio y las vendimos todas, cuando regresamos él nos dio todo el dinero y nos dijo que nos había enseñado a trabajar, porque el trabajo dignifica al hombre. En Venezuela se dice ´hay que echarle pichón´, es decir, ponerle ganas a lo que se hace y eso es lo que nos anima a estar contentos para vivir tranquilos” concluyó el hombre, con una sonrisa en su boca.

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GERALDINE ROJAS
GERALDINE ROJAS

“Salí de Venezuela porque la situación económica estaba muy difícil y pasé casi dos días que no tenía para darle de comer a mi hija, ya que tampoco contaba con la ayuda del padre. No tenía ni siquiera leche para darle. La comida que se consume es casi toda del extranjero porque mi país ha dejado de producir alimentos. Para obtener las bolsas con mercaderías hay que hacer colar y, por ejemplo, los lunes se las entregan a los documentos que terminan en cero y uno, el martes a los que terminan dos y tres y así durante el resto de la semana. No hay ya la posibilidad de ir a un supermercado y elegir lo que uno quiere. Los bolsones poco a poco fueron disminuyendo la cantidad de productos, al principio contenían un kilo de arroz, fideos, un pollo, aceite, porotos negros, sardinas. A veces no venía el pollo o la leche. Esa bolsa se entregaba mensualmente, con eso digo todo. Yo no tenía un empleo o algo que me generara dinero. Llegué hace casi dos años y medios, mi nena tenía cuatro años recién cumplidos” nos dijo Geraldine, otra de las venezolanas que eligió Malargüe para vivir.


“Me vestía con lo que iban dejando mis primas, mi hija no la sufrió mucho porque tiene una primita de la misma edad y su mamá me pasaba ropa. El dinero no alcanzaba para comprar en una tienda, uno siempre prioriza comer”, agregó después esta joven de 27 años que cuenta con el título de asistente administrativo.

Reconoce que no tenía intenciones de emigrar, pero que fueron sus padres quienes la convencieron y ahora lo agradece porque las cosas empezaron a empeorar.

Con lágrimas en los ojos agregó “allá me ha quedado todo, una hermana, mis dos sobrinos, mis dos abuelas y lo más triste mi abuelo que falleció y no me pude despedir de él. Venezuela es un país que enamora a cualquiera y de verdad dejar mis raíces me ha costado mucho, pero aquí estoy haciendo otras raíces y sé que van a dar buen fruto”.

Reconoce que la receptividad del malargüino ha sido muy buena para ella y su familia.

“He conocido mucha gente aquí y compartido nuestras culturas. Al argentino le encantan nuestras arepas, que es una preparación con harina de maíz refinada rellena de algún producto como palta, porotos negros, carnes, lo que se le desee poner. Compartimos las formas de hablar, las palabras que se usan en uno y otro país y que muchas veces no tienen el mismo significado. Hay mucha gente que nos han abiertos sus brazos para que nos sintamos cómodos. Mi hija, Isabela, es muy tranquila va a la escuela y a danzas clásicas, está reemplazando el tú por el vos, me corrige cuando digo la expresión ¡Cónchale! Que nosotros en Venezuela la usamos cuando se nos cae algo, nos golpeamos sin querer o no encontramos algunas cosas (risas). A veces pienso que ella es ya una argentina más por como habla” comentó Geraldine.

Respecto de la inserción laboral no ha sido fácil, actualmente hace panes que algunos kioscos y almacenes le venden.

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MIGUEL ÁNGEL SOLANO BRITO
MIGUEL ÁNGEL SOLANO BRITO

Miguel es ingeniero industrial y con su esposa, licenciada en educación, un día salieron de Venezuela por la crisis económica, política y de seguridad.


“Vivíamos como se vive en cualquier país normal. Teníamos un buen pasar nuestra casa, auto, íbamos a un supermercado y podíamos comprar lo que quisiéramos, lo mismo en las farmacias. Los servicios funcionaban. Todo se acabó cuando llegó el chavismo, se impuso por la fuerza lo que se tenía que decir y hacer desde las escuelas, los medios de comunicación. Se impuso la ideología Castro-comunista. Yo trabajaba en un barco, al que se mandó a reparar a Cuba, pero solo se le hizo una pintura por fuera, que se empezó a destruir cuando regresábamos y el relato fue que había sido reparado a nuevo, todo una mentira. En 2007 renuncié a ese trabajo, no me pagaron prestaciones sociales por los 14 años que trabajé, empecé a estudiar ingeniería, hice mi pasantía y como no podía trabajar en lo mío empecé a vender autos. La situación se puso muy difícil y ya decidimos emigrar” resumió Miguel el por qué de su salida del país que lo vio nacer.

El primer destino fue Panamá donde estuvieron cuatro años y allí nació la única hija que tienen. La xenofobia al venezolano fue incrementándose en ese país, por lo que deciden venir a Malargüe, donde ya tenían familiares.

“Cuando llegué a aquí estuve tres meses buscando trabajo, me sentía frustrado. No conseguí nada nada en mi profesión. Gracias a Dios un día fui a hablar con don Víctor (Arce) y comencé a trabajar con él, me ha ido muy bien con él, hoy soy encargado de depósito. Lo que más nos acongoja es el frío, pero es una cuestión de costumbre. El malargüino es receptivo, amistoso, nos hace sentir bien, aquí no hay discriminación” expresó el hombre de 44 años.

Su esposa se encuentra realizando la convalidación de su título ante el gobierno provincial para poder insertarse en el sistema educativo, mientras trabaja en el hospital Malargüe.

“En Venezuela he dejado a mis hermanas, mis padres son fallecidos. Dejé mi casa, vendí mi auto para poder salir. Yo nunca voté por el chavismo porque ví de qué se trataba su proyecto, que algunos quieren imitar. La copia del modelo venezolano no puede ser la solución para ningún país. Chávez regaló todo, mediante distintos programas, hasta que llevó al país a donde está, sin industria, imposible de producir alimentos. La inseguridad es terrible, la gente mata por robar un celular, por una zapatilla. Espero que algún día ese régimen se termine y los venezolanos podamos volver a levantar nuestro país, que no será cosa fácil. Hoy mi sueño es tener una casa propia, sacar adelante mi familia y ser feliz en el lugar que Dios me ha puesto” concluyó el hombre que se muestra agradecido por el cariño y el afecto que se le brindamos los argentinos.

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ANGÉLICA RIOS
ANGÉLICA RIOS

Angélica y Juan se conocieron a través de una red social, como hoy ocurre con tantas parejas. Poco a poco fueron estrechando el vínculo, surgiendo la necesidad de conocerse personalmente. Ella vivía en Venezuela y él en Malargüe. Él planteó la posibilidad de ir Venezuela, pero por esas cosas del destino el viaje se frustró. Como Angélica vio que las cosas en su país se complicaban día a día decidió salir con destino a Panamá y luego a Perú.


Al hablar de la realidad venezolana al momento de su partida expresó “el tema de la inflación era y es muy difícil. Si un kilo de pan, por ejemplo a valores argentinos, salía $ 10, a la semana estaba a $ 60. El salto de los precios era muy brusco, empezaron a escasear las cosas. El empleo empezó a disminuir. La delincuencia nos tenía terriblemente mal, los delincuentes se metían a las instituciones, a los colegios, a las iglesias. Para poder comprar un medicamento había que hacer colas inmensas y cuando uno llegaba para ser atendido ya no había. El gobierno se mantiene, desde la época de Chávez, por intermedio del fraude. Con Chávez íbamos mal, pero con Maduro el proceso se aceleró. Hoy, me cuentan mis familiares que han quedado allá, que están hasta cinco días sin luz. Cómo puede prosperar un país si no tiene energía. La delincuencia sigue haciendo de las suyas”.

En la capital peruana, Lima, estuvo tres meses y después pasó a vivir en Arequipa, para regresar al cabo de un tiempo similar a Lima, siempre por cuestiones de trabajo. Ella es licenciada en Lengua y Literatura y en Venezuela se desempeñaba como docente universitaria y dirigió una institución privada.

“La situación económica de mi país estaba tan mal que universidad nacional donde yo trabajaba no tenía los recursos para pagarnos a los docentes, por lo que tuve que renunciar. En Lima trabajé en una empresa de coaching como capacitadora docente y en Arequipa como administradora en un centro de belleza”, relató la profesional.

En Perú pudo concretarse el postergado encuentro con Juan y decidieron iniciar una vida juntos en nuestro departamento, de eso hace tres años y ocho meses.

“Estoy enamorada de Malargüe, me encanta este lugar. Como también soy publicista, cuando llegué decidimos adquirir una impresora para que yo me dedicara a componer e imprimir fotos, además de ayudar a Juan con su gimnasio. Aquí la gente ha sido muy receptiva y eso me ha hecho muy feliz, lamentablemente en Mendoza cuesta mucho convalidar el título profesional por lo que no puedo ejercer en mi especialidad docente.Los más difícil de ser inmigrante es empezar de nuevo, más cuando se es profesional. Hoy estoy pensando en iniciar una nueva carrera” consignó Angélica en otro tramo de su relato.

Reconoce que lo que más extraña de la cultura venezolana es la comida y que el asado es su plato favorito aquí.

Al respecto dijo “no hay carne más sabrosa que la argentina. La comida acá es fabulosa, a pesar que yo no soy una especialista preparándola (risas)”.

Sobre el final dice que en nuestro país está a gusto y que sólo volvería a Venezuela para visitar a las amistades y la familia que le queda, tíos y primos, pues sus padres también han elegido a Malargüe para tener su hogar.

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