HISTORIA DE VIDA


Edición Número 255 del 15 de Junio de 2019

SUSANA GUILLERMINA VILLAFAÑE Y GUSTAVO NAVARRO
SUSANA GUILLERMINA VILLAFAÑE Y GUSTAVO NAVARRO

La historia de vida de este número está dedicada a dos personas que después de enviudar decidieron unirse para seguir transitando el camino de la vida, haciéndose compañía uno a otro, cuando ya los hijos habían crecido.

Decile en papel

Susana Guillermina Villafañe nació el 25 de mayo 1931, aunque fue presentada en el registro civil el 03 de enero del año siguiente.

“La gente de antes no se preocupaba, o no podía por diversas razones, presentar a los hijos al momento que nacían. En mi caso se pasaron varios meses hasta que mis papás cumplieron con ese trámite. Siempre me festejaron el cumpleaños el día 25, que es cuando nací realmente. Mis padres eran de Santa Rosa, Mendoza. Mi papá se llamaba Máximo Villafañe y mi mamá Francisca Díaz. Mi papá tenía un carro con el que acarreaba leña y la vendía. Después nos fuimos a vivir a Monte Comán y él hacía el mismo trabajo”, expresó la mujer en el inicio de la conversación.

Seguidamente dijo “yo a los 14-15 años ya estaba trabajando, en la fábrica La Sirio, de Monte Comán una fábrica grande que había ahí. Después nos vinimos a El Globo, en San Rafael, donde mi papá era tomero y se jubiló en ese lugar. Mi mamá nunca trabajó. Cuando estábamos en San Rafael trabajé en la fábrica La Colina, la escuela normal, cuidaba enfermos, fui encargada de la cocina cuando se hizo el dique Los Reyunos. Me acuerdo que cuando trabajaba en Los Reyunos me iba en el ómnibus del personal que entraba a las 08:00, preparaba la comida como para 200 personas y a las cuatro de la tarde volvía, dormía un rato y a noche cuidaba enfermos, de muchas familias reconocidas de San Rafael como los Sanz y los Fernández”.

Doña Susana tiene tres hijos fruto de su primer matrimonio: María Silvia, Oscar Rubén y Raúl Juan Ceballos, que le han dado siete nietos y dos bisnietos.

“En mi vida he trabajado mucho, pero no me siento cansada y mi mayor felicidad es el marido que tengo y que los hijos y nietos están siempre en contacto con nosotros, nos llaman todos los días, nos vienen a ver”, expresó más adelante.

Gustavo Navaro nació el 03 de junio de 1944, en La Salamanca, en proximidades de arroyo Pequenco, en nuestro departamento. Sus padres fueron Blanca Esther Castillo y Olimpio Navarro. Fueron nueve hermanos: Delina, Lindor, Dardo, Héctor, Hómero, Mario, Raquel, Esmeralda y Juan.

Al repasar sus primeros años de vida dijo “el recuerdo que tengo del Malargüe de antes es que todas las calles eran de tierra, las calles más grandes eran la San Martin y la Rufino Ortega. Tenía 11 años cuando me empezaron a mandar a la escuela y fui solamente tres años, porque vivíamos en el campo y nos mandaban un tiempo no más, hasta que medio aprendíamos a leer y escribir. Mi padre fue toda la vida peón de campo, estuvo muchos años en el campo El Trapal de Valentín Pérez, ahí yo me crié, podría decirse. Después nos vinimos al puesto La Arabia, donde tenía puesto el finado Fautisto Carrasco, de ahí venía todos los días a caballo a la escuela y lo dejaba en la casa de don Edmundo Galigniana, que vivía frente a la escuela. El segundo año me mandaron a la casa de mi tío Serafín Vidal, que vivía en una finca cerca del arroyo La Bebida”.

Interviene la mujer y dice “yo completé la escuela en Monte Comán, que era un pueblo al que le daba vida el ferrocarril y la fábrica donde yo trabajé. Ahí se elaboraba el tomate, el durazno y todas las frutas de la zona.En Los Reyunos tenía una ayudante para lavar platos, otra para pelar verduras, dos mozos y a cuidar las ollas grandes para que la comida no se pasara, se pegara o se quemara, como por ejemplo cuando se hacía arroz. Había muchos turnos y a todos había que darles la comida a tiempo. Mucha gente piensa que soy pariente de Ernesto Sanz (ex senador nacional por Mendoza), pero lo que pasa que yo por mucho tiempo cuidé a su abuela, esa es una familia excelente, siempre me trataron muy bien”.

Luego don Navarro puntualizó “yo hice el servicio militar en Marina, estuve dos años en Tierra del fuego. Cuando salí, a los 22 años, entre a trabajar en la empresa Conevial, que estaba haciendo El Nihuil, estuve hasta 1969, cuando se hizo el último túnel de la usina tres. Me vine y estuve trabajando un año en la planchada del ferrocarril, donde se cargaban los vagones de mineral que se sacaba de las minas de fluorita, baritina, el óxido de hierro y de las canteras de yeso”.

Tiempo después ingresó a trabajar en Mina Huemul.

“El año ´71 empecé a trabajar en Mina Huemul, a los cuatro años quedé efectivo, el presidente de la Comisión Nacional de Energía Atómica era el Dr. Castro Medero, un hombre que luchó mucho por la minería del uranio. Fui perforista, el encargado de hacer los barrenos donde se pone el explosivo para hacer las voladuras de los frentes y desprender el mineral del cerro. Por cada voladura se preparaban 30-40 tiros y se hacían a la hora que salía la gente que levantaba el mineral, los paleros que le decían. Cuando cerraron la mina Huemul fuimos a Salta, en lo cerros salteños, después seguimos trabajando en la planta de Malargüe porque traían el uranio de Sierra Pintada. En el año ´80 me trasladaron a San Rafael y estuve 10 años, en Sierra Pintada. Cuando cerró la mina me dieron el retiro voluntario y al poco tiempo me jubiló. Yo no sé por qué ahora se hace tanto lío por el tema de la minería, cuando existen tantas cosas nuevas para cuidar el ambiente y la seguridad de la gente. La minería paga buenos sueldos y le podría dar trabajo a tanta gente que ahora está desocupada”, comentó al hablar de su paso por la actividad minera.

Navarro tiene tres hijos de su primer matrimonio: Gustavo, Miguel y Gladys. Seis nietos y un bisnieto.

De regreso en Malargüe, y ya casado con Susana, puso una carnicería en barrio Malvinas Argentinas, el oficio lo aprendió mientras hizo el servicio militar, pues allí fue cocinero y de depostador de reses.

“Cuando estaba en San Rafael me compré un Rastrojero, cuando salía de la carnicería salíamos con mi señora a limpiar lotes, sacar escombros. Derretíamos grasa, la vendíamos, gracias a Dios nunca nos faltó nada ni tuvimos andar molestando a nadie. Durante seis años vendimos pan, tortitas, tortas fritas, amasábamos todo a mano y teníamos muchos clientes. En diciembre vendíamos pan dulce. A las 08:30 cargaba el auto con pan y salía a hacer reparto. Ese es un trabajo de mucho esfuerzo porque uno se levanta a las 03:00 para preparar la masa. Se hacía una bolsa de harina por día. Ahora hacemos, como tenemos un lindo horno, pollos asados, empanadas, carne a la masa. A nosotros nos gusta estar activos y hacemos esas cosas para no estar todo el día aburrido en la casa”, dijo el hombre.

“Gracias a Dios salimos a pasear, vamos a ver a la familia que tenemos en Mendoza, Monte Comán, San Rafael, La Pampa. Conocemos muchos lugares, nos gusta mucho el campo. La verdad de las cosas que uno le agradece a Dios por todo lo que tiene y puede seguir haciendo. Nos llevamos muy bien, hacemos todo juntos”, concluyó la mujer que está junto a don Gustavo desde hace 24 años, cuando decidieron unir sus vidas.



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