HISTORIA DE VIDA

JOSÉ DE LAS ROSAS “ROSO” BARROS
JOSÉ DE LAS ROSAS “ROSO” BARROS
Eduardo Araujo

Por Eduardo Araujo

“Yo me llamo José de las Rosas, pero ponga Roso, porque casi nadie me conoce por mi verdadero nombre. Resulta que cuando nací mi hermano mayor, que se llamaba José, les pidió a mis padres que me pusieran el mismo nombre que él y ellos, para no llevarle la contra, me pusieron José. El De las Rosas es porque nací el día de Santa Rosa. De chico en mi casa me empezaron a decir Roso, tal es así que he tenido problemas con la correspondencia porque todos me dicen por ese apodo”, comenzó diciendo el protagonista de esta historia de vida al inicio de la conversación que grabamos en su domicilio de barrio Martín Güemes.

El hombre nació el 30 de agosto de 1939, mientras sus padres, Filomena Hernández y Rosario Barros, tenían puesto en El Manzano, en nuestro departamento.

“Mi padre falleció en San Rafael, porque de El Manzano nos fuimos para allá. Mi madre quedó viuda con 10 hijos (José, Laurentino, Pascual, Juan, Ceferina, Delia, Yolanda, Teresa, Hilda, siendo el más chico él) por eso fue madre y padre para nosotros, nunca nos presentó un padrastro. Cuando mis hermanos cruzaron con el arreo por la Cuesta de los terneros recién estaban haciendo el túnel del ferrocarril. Cuando murió mi padre mis hermanos se pelearon con el dueño del campo, que era en La cieneguita, y nos vinimos a Canal Bouquet, cuando todavía no hacían el dique El Nihuil. Ese lugar tuvimos puesto como tres años, cuando empezó la construcción del dique nos pidieron el campo y nos tuvimos que venir a La Junta, donde tuvimos como familia el último puesto en la estancia del turco Maya. Cuando mi mamá pudo compró una casita de adobe que estaba donde ahora está Di Paolo Maderas (Esquivel Aldao y Rodríguez). Un hermano, Laurentino, se quedó en el puesto y nos traía carne. Mi madre no estaba muy a gusto en ese lugar, por eso le pidió al intendente de esa época, don Alberto Anglat, un terreno. Don Alberto le dijo que del canal del cementerio para el sur se hiciera una casa donde ella quisiera. Esa misma tarde vinimos a ver la zona y al lado de donde yo ahora vivo ella eligió el lugar. Por donde ahora está calle Mosconi antes venía un canal de agua. Cuando a la tardecita llegaron mis hermanos a la casa ellas les contó que nos íbamos hacer una casita en esta parte. Al sábado siguiente mis hermanos empezaron a cortar champas para levantar un rusquito y después unos adobes y así hicimos una casita. Este barrio Martín Güemes al principio se llamó Pampa el cementerio, así tengo el domicilio yo en la Libreta de Enrolamiento. Cuando nosotros llegamos para este lado no estaba ni el aeroclub, ni gendarmería y en esta zona doña Felisa Piedrero tenía un puestito de chivas, después cuando empezó a llegar más gente se tuvo que llevar los animalitos a la usina vieja. Lo que ahora es Malargüe antes la gente le decía La Cañada, tal es así que había una cueca que nombraba a las cantoras de esa época que decía así: Pastorina, Bellaca, Picheta y Pava son las cuatro cantoras de La Cañada” recordó don Roso.

Rememoró el Malargüe de la velada de los santos y el de las “mandas” (promesas) donde algunos vestían por un cierto tiempo a un hijo con el hábito de algún santo.

“Había gente que vestía por un año o más tiempo a un niño para que se sanara con la ropa o los colores de un santo, eso se acostumbraba mucho. Mi mamá velaba todos años San Antonio” expresó el hombre.

Siendo prácticamente un niño tuvo que salir a trabajar para ayudar a la economía familiar, “porque antes los puesteros nadie nos daba nada, no es como ahora que hay planes para todo”. A los 17 años, interesado por la mecánica, solicitó trabajo en la agencia Ford, que en ese momento estaba en Av. San Martín y Salas (lugar donde hoy existe una estación de servicio abandonada), y empezó a engrasar y lavar vehículos.

“Con el tiempo empecé a trabajar en otros talleres. En ese entonces comenzaron a hacer la fábrica Grassi y como mi hermano Juan Bautista trabajó desde que empezaron las excavaciones hasta que se jubiló, me pidió una manito para que yo entrara a trabajar ahí. Nosotros hicimos todos los hornos trifásicos que tenía la Grassi. Esos hornos reemplazaron a los monofásicos que se cargaban a palas y estos nuevos se empezaron a cargar con máquinas cargadoras. En la fábrica estuve como cuatro años, había empezado con 16 años”, manifestó más adelante.

Luego ingresó a la mina Los Castaños, que entonces explotaba Yacimientos Carboníferos Fiscales (YCF).

“Empecé cargando los vagones del ferrocarril a pala y después pasé a la mina, donde me pusieron de ayudante de cocina, después pasé a ser de ordenanza de la oficina hasta que fui designado al taller. Antes de que Yacimiento Carboníferos Fiscales se denominara así era COSOME, combustibles sólidos mineros del Estado”, agregó don Roso.

Estando trabajando en YCF tuvo que cumplir con el servicio militar obligatorio en regimiento del ejército de Campo de Los Andes, departamento de San Carlos.

De allí regresó y volvió a mina Los Castaños hasta que esta cerró, pasando a trabajar en el yacimiento carbonífero de Río Turbio, en la provincia de Santa Cruz, como chofer, durante un año.

Barros contrajo matrimonio con la señora Matilde Grandón (fallecida) con quien tuvo dos hijos: Leopoldo Emilio y Alejandra del Valle. Tiene seis nietos y dos bisnietos.

“Cuando nos casamos y como yo me tuve que ir a Río Turbio cuando mi hijo tenía tres meses vivíamos en la casa de mi mamá, cuando volví de allá me hice esta casa donde vivo ahora, por lo que llevo viviendo en este barrio Güemes hace unos 70 años” agregó más adelante este abuelo de nietos y bisnieto.

De regreso del sur puso un almacén, que cerró al cabo de unos cuatro años por falta de pago de los clientes a quienes fiaba la mercadería. Tuvo que marcharse, entonces, a El Nihuil donde fu maquinista y chofer en la empresa Conevial. Tiempo después la compañía lo envió a prestar servicios para YPF. Tras un grave accidente que sufrió cambió de trabajo y volvió a Industrias Siderúrgicas Grassi. Al jubilarse instaló una hojalatería en su casa para dedicarse a la construcción de canaletas, cumbreras, churrasqueras, buzones de cartas, calderos y otros elementos.

“Como me crie en el campo, toda mi vida me ha gustado estar vestido de gaucho, creo que es la ropa más cómoda que existe. A mí me gusta estar haciendo cosas, no me gusta estar quieto, ahora mis hijos me han pedido que pare un poco, por eso casi no salgo”, expresó don Roso sobre el final de la charla que compartimos degustando unas crocantes tortas fritas.



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