HISTORIA DE VIDA


Edición Número 268 del 1º de Enero de 2020

ELSA JAQUE VDA. DE NARAMBUENA
ELSA JAQUE VDA. DE NARAMBUENA
Eduardo Araujo

Por Eduardo Araujo

Elsa Jaque nació hace 84 años, más precisamente el 20 de octubre de 1935. Fue la segunda hija del matrimonio que habían conformado Laura Vera y José Pedro Jaque, que vivían en el denominado puesto “Tapino”, ubicado en el sector oeste de la entonces Villa de Malargüe y que hoy está detrás de la cortina forestal parque Daniel Pierini.

Don José Pedro, que supo ser capataz en estancia El Chacay de la familia Salomón, era viudo y de su primer matrimonio tuvo siete hijos (Fernando, Abdón, Andrés, Pablo, Antonio, Ladilia e Inocencio, que falleció mientras prestaba servicio en la Marina) mientras que con doña Laura, con quien se casó en segundas nupcias, tuvo seis: Samuel (fallecido, se hacía llamar “El pisa fuerte), Elsa, Carlos, Silvia, Laurentino y Ercilia (Teresa).

“Mi casa paterna era grandísima, de adobe, la había hecho mi tío Custodio Jaque, que era el abuelo de mi sobrino Celso (Jaque). Tuve una niñez muy linda, con buenos padres y hermanos. En mi casa a mi mamá le gustaba tener muchas aves, gallinas, pavos, patos y hacía unas hermosas huertas donde sacábamos la verdura para todo el año. El vecino más cercano que teníamos era mi tío Gilberto Martínez. Al pueblo veníamos caminando y en ese tiempo no estaba ni la cortina forestal ni los barrios, con decirle que desde el puesto de nosotros se podía ver el cementerio y eso que hay unos kilómetros de distancia. Donde ahora está Gendarmería era todo campo. El agua venía por una acequia y nosotros la juntábamos en tachos, para el consumo la mamá tenía una piedra para filtrarla y era muy rica. Esa agua también se usaba para la preparación de la comida. La ropa se lavaba toda a mano, había un fuentón grande para el lavado y otro para enjugar. Para que la ropa quedara bien limpia se usaba una tabla sobre la que había que refregarla, yo tengo una tala por ahí, de recuerdo nomás (risas). Malargüe era un pueblito chico, con pocos negocios, recuerdo el de la familia Mussa, el de don Fernando López y el de Salomón. Mi mamá les decía las tiendas, en esos comercios había de todo, ella compraba mucha cantidad de mercadería para que nos durara mucho tiempo. Mis hermanos llevaban las compras a caballo. La gente se juntaba para las fechas patrias porque en las calles había destrezas, carreras de caballo y quinchos de comida. La gente de campo se vestía muy bien para esas fiestas, donde también había baile. A mi hermano Samuel le gustaba mucho bailar y se hacía llamar ‘El pisa fuerte´. Era todo muy lindo es una lástima que esas cosas se hayan perdido”, rememoró Elsa.

Fue alumna de la escuela Tte. Gral. Rufino Ortega, “por temporadas”, dado que para la época de la crianza de los chivitos debía trabajar en el puesto. Completó su escolarización primaria ya estando casada.

“Mi mamá nos dejaba en la casa de mi tía Ramona Martínez Jaque, que vivía en la casa que está junto a la iglesia vieja (hace referencia a la capilla ubicada en Av. San Martín y Alfonso Capdeville). La escuela funcionaba donde ahora está el Concejo Deliberante y me acuerdo que mi maestra era la señora Inés Bassotti de Santiago. Como venía por temporadas a la escuela, mis hermanos más grandes me enseñaban en mi casa algunas cosas. Mi hermano Pablo me enseñaba a sacar cuentas” expresó la mujer mientras compartíamos unos exquisitos mates con azúcar quemada.

En otro pasaje de la conversación dijo “mi mamá era muy católica, les sabía el día a todos los santos. Velaba y le hacía fiesta a San Ramón, protector de las mujeres embarazadas. Empezaba sacándole la novena y la noche anterior al día del santo (31 de agosto) empezaba a alumbrarlo y estaba todo el día prendiéndole velas. Venía mucha gente a la casa, especialmente la familia porque tenemos una familia muy grande los Jaque, los Gómez, los Martínez…Mi mamá me enseñó a tejer y a coser, me encanta hacer eso. En mi casa había una máquina de coser a mano. Cuando fuimos creciendo con mis hermanas nos tocaba cocinar un día a cada una, todo se hacía a leña en un fogón con base ladrillo grande que teníamos en mi casa. El pastel de papa lo hacíamos en una bandeja, se le ponía brazas abajo y arriba otra bandera con brazas para que saliera bien doradito, las pizzas también las hacíamos de esa manera. El queso lo hacíamos nosotras mismas con mi mamá. Para tener zapallo todo el año se cortaba en tiritas y se lo ponía a secar en unos palitos que se colgaban en una pieza especial que teníamos para eso. El poroto y maíz lo sembrábamos nosotros y después guardábamos los granos para consumir en el invierno. Como éramos una familia grande cada tres o cuatro días teníamos que amasar 10 kilos de harina para hacer el pan”.

Más adelante contó una tradición que se ha perdido en nuestro suelo, la conmemoración del día de los fieles difuntos.

“Cuando fallecía una persona se la velaba en su propia casa y era costumbre darle de comer a la gente que venía al velorio. El día de los muertos (2 de noviembre) hacía como un picnic en el cementerio. Me acuerdo que nosotros veníamos de mi casa con comida como para pasar el día y nos poníamos debajo de unos árboles, les llevábamos flores a las tumbas de nuestros familiares. Mi mamá siempre traía las mejores flores de su jardín al cementerio”, dijo la mujer entre mate y mate.

Luego habló de otro rito que la familia repetía año a año, la partida a veranada: “Para el tiempo de la veranada mi papá se iba con mis hermanos mayores y nosotras nos quedábamos en la casa. Empezábamos a preparar las cosas que se iban a llevar con bastante tiempo. Como todo se compraba en cantidad había que ir separando la yerba, el azúcar, la harina, los fideos, en unas chalmas. Cuando salían se llevaban pan recién hecho para que les durara unos días y después ellos amasaban en la sierra”.

A la edad de 25 años se casó con Juan Domingo Narambuena, con tuvo a su único hijo. Don Juan Domingo era empleado de Industrias Siderúrgicas Grassi.

“Con mi marido nos conocimos aquí en Malargüe. Antes no se permitía que el novio fuera todos los días a la casa de la novia, por eso él iba una vez a la semana a verme. Cuando nos casamos vivimos un tiempo en la casa de don Custodio Espinoza en la calle Cuarta División (casi Amigorena), después estuvimos en la casa que le hicimos a mi mamá, también en la calle Cuarta División (entre Amigorena y Rufino Ortega), después compramos donde ahora vivo (Emilio Civit entre Salas e Illescas). Mi esposo trabajó en Grassi, con turnos rotativos, hasta que se jubiló, falleció a los 59 años. Yo siempre fui ama de casa, me dediqué a criar a mi niño y a mandar a varios sobrinos a la escuela porque sus padres estaban en los puestos y me los dejaban a mí para que pudieran estudiar.

Antes de que se pagara el grabador y cuando comenzaba a despedirme me dijo. “Yo quiero que ponga que tengo una linda familia, mi hijo, su esposa (Érica Vázquez), mi nieta Victoria, tantos sobrinos y sobrinas, los vecinos que nunca me dejan sola, siempre estoy acompañada. Mis médicos, la doctaraYapura (María Rosa) y AdríanHeine, a mi sobrino Celso (Jaque), que es como un padre para mi hijo, y a su familia, que me quieren tanto. Me gusta estar en mi casa, con mis plantas, tejiendo, haciendo la comida, no tengo tiempo para aburrirme (risas)”.
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