SER Y HACER DE MALARGUE


Edición: 26 - 1º de octubre de 2009

ELISA DE HUCK DE DOTTA, MAESTRA DEL LITORAL A LA CORDILLERA

Por: Eduardo Araujo

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Maestro argentino

que alumbras mi suelo,

con brillo profundo

y claro de cielo.

Los astros te dieron

fulgor de alfabeto.

¡Si hasta un ranchito

tuviste de templo!

Improvisaste aulas

en peligrosas selvas.

Al oír tus clases

te dio la cordillera

su guardapolvo blanco,

de nieves eternas.

Este fragmento de “Canto al maestro argentino”, del poeta Asencio Villar, que aparece en la página 113 de su libro “La razón de mi canto”, parece escrito para describir a Elisa Huck de Dotta. Sus ojos claros, con un brillo profundo, iluminaron el camino de muchos niños desde las aulas de la selva del Delta, hasta los que la tuvieron en los ranchitos donde comenzó a funcionar la escuela Lemos, aquí en Malargüe, al pie de la cordillera, cuya nieve hizo resaltar más blanco el color de su guardapolvo.

Elisa Huck nació el 23 de abril de 1924, en Gualeguaychú, Entre Ríos. En el hogar que habían constituido el agricultor, descendiente de alemanes, Jorge junto a su esposa Ana y al que llegarían nueve hijos.

Tuvo una niñez que ella define como “muy feliz, en medio de una familia numerosa donde lo abuelos inmigrantes alemanes del Volga, de religión protestante, vivían apegados a sus tradiciones, en unión familiar”.

Sus maestros de la escuela primaria, donde concurrió como alumna interna, le despertaron su vocación docente. Una vez que finalizó ese nivel se inscribió en la escuela normal de su ciudad natal para ser maestra, egresando en 1944.

En el Delta Entrerriano vivía por esos años un tío de Elisa que bregaba por una escuela para la zona. Al lograr su objetivo, lo siguiente era conseguir una docente y allí estaba ella dispuesta a recorrer en canoas, arroyo por arroyo, en búsqueda de los niños que recibirían sus primeras letras. No tenía experiencia, pero le sobraban ganas de enseñar. La Prefectura Naval Argentina le cedió una casilla para que comenzara a funcionar la escuela. “A los dos metros y medios de la tierra estaba el piso de la casilla porque el río Uruguay solía crecer mucho y yo tenía que enseñar igual” nos dice al recordar sus comienzos en la docencia. La misma fuerza puso a su disposición un “bote grandote” para hacer el recorrido, isla por isla, a fin de acercar a los chicos a la flamante escuela.


La Prefectura luego dejó su puesto a la Gendarmería y allí conocería a un apuesto gendarme, experto en comunicaciones, Leandro Dotta, descendiente de italianos, nacido en Gualeguay (Entre Ríos). Estuvieron cinco años de novios, los padres de Elisa se negaban a que un italiano, católico, ingresara a la familia. Pero, como dice la canción, “el amor es más fuerte”, y en noviembre de 1954 se casaron. Un año antes don Leandro ya se había establecido aquí en Malargüe, al dejar la Gendarmería de prestar funciones en el Delta del río Uruguay. Según su mujer debió estar cinco días en San Rafael porque las vías de comunicación terrestre estaban cortadas como consecuencia de una nevada. Las fotos que Leandro le enviaba a su prometida “con la nieve arriba de la rodilla” hicieron que su futura suegra argumentará que la hija se moriría de frío en estos pagos, a lo que ella contestaba “si vive gente y no muere, yo tampoco me voy a morir”.

En vísperas de Reyes Magos de 1955 los recién casados se establecen en Malargüe, “en una casita donde está Berbel ahora (Av. Roca, entre Civit y Av. Rufino Ortega, costado sur). Ahí había una casita que Leandro arregló, porque faltaban lugares para alquilar ya que la Gendarmería llegó con muchos integrantes y sus respectivas familias. Nunca pensé que nos quedaríamos definitivamente acá” nos dice Elisa.

Los deseos de seguir enseñando la llevaron a que inmediatamente después de las vacaciones de verano de ese año se inscribiera para dar clases en las dos escuelas que en la época tenía el pueblo, Rufino Ortega (provincial) y Nacional (luego República de Chile y más tarde León Lemos). El entonces director de la primera, Sr. Basotti, la convocó a sumarse al plantel docente y en abril ya le enseñaba los primeros “palotes” a los chicos de primer grado. En noviembre le llegó el nombramiento en la escuela nacional, “que era una escuela rancho. Se estaban construyendo unas aulas de block, que todavía están donde ahora es la escuela Maurín Navarro” (frente a plaza Belgrano).

Durante 20 años corrió de una escuela a la otra. “En la mañana trabajaba en la Rufino Ortega. Llegaba a mi casa, si tenía tiempo comía algo, y partía para la otra. Cruzaba, el campito de arabias que había donde ahora está la plaza de Belgrano y llegaba a la escuela”.

Eran épocas duras donde no había agua potable. Los pobladores debían juntar el agua de las acequias en tachos de 200 litros. Tampoco existía la energía eléctrica y mucho menos el gas natural. “Era muy sacrificada la vida. Había mucha desolación, pocas casas. Corrían unos vientos fuertísimos, de lunes a lunes” como ella comenta.

En 1956 el matrimonio tuvo su primera hija Mirta “Miti” y el 12 de setiembre de 1959 nacería el varón, Rubén, “mi niño”, como le dice su mamá. Tienen cinco nietos y un bisnieto.


En las escuelas

“En esos años no existía el jardín de infantes. Llegaban nulos a primer grado, ni te cuento los chicos que venían de los puestos, eran muy tímidos. Estuve cinco años en primer grado, había que sacarlos a adelante, cuidándolos” dice la maestra jubilada al comentar sus primeros años en nuestra tierra.

La mayoría de los docentes trabajaba en doble turno porque faltaban educadores. En esos primeros años fueron sus compañeras Estela Videla de Olivera, la señora de “Pirula” Tabernero, en la escuela nacional. Elba de Salas, Edith Gaia, Edith Flores, Teresa de Orayo, Amalia Peralta, Albertina de Cía, Julio Mercado, en la Rufino Ortega. “La prolijidad era muy importante en esa época. Nada de pantalones, las mujeres teníamos que ir de faldas, zapatos y guardapolvos blancos. Los chicos, por más humilde que fueran, también iban impecables, limpitos” evoca Elisa.

Más adelante relata “No se suspendían nunca las clases. Había que ir obligatoriamente todo el personal a los actos de la plaza San Martín. Recuerdo que un 17 agosto me tocaba dar el discurso a mí, porque antes en ese tipo de actos hablaba un maestro por escuela, y había nevado muchísimo. Salimos con mi amiga, la señora de Tabernero, cuando vemos que don Bastías, que el era el secretario del intendente, nos hacía señas de que nos volviéramos porque se había suspendido el acto ¡Pasamos tanto frío! Nos quedamos un poco tristes porque era todo un acontecimiento hablar en la plaza. Después venían los desfiles y todos los alumnos marchaban.

Pasábamos mucho frío en las aulas, para calefaccionarnos sólo teníamos estufas salamandras, casi no había leña por lo que los chicos llevaban la que juntaban en el camino”

Las reuniones con los inspectores eran poco habituales. En una oportunidad, comenta Elisa, se hablaba de sacar el item de zona a los docentes de la escuela nacional. Por ello llegó hasta Malargüe un inspector de apellido Gutiérrez. Ese día la acumulación de nieve superaba los 50 centímetros. Al reunirse con el personal afirmó, tiritando “ ¡Cómo van a sacarles la zona, voy a ser el primero en defenderla!”, y así sucedió. Finalmente el gobierno desistió de esa idea.

Al comparar la escuela de esos años con la actual expresa “era más fácil mantener la disciplina. Yo siempre les decía a mis alumnos: Cuando estamos contentos, charlamos, hacemos bromas un rato. Terminó ese momento y a estar firmes, cada uno en su lugar.”

Más adelante agrega “fui exigente, pero con cariño. Cuando a los chicos se les da tanta libertad, perdemos tiempo. Se tienen que habituar a que cuando es hora del juego se juega y si es hora de clases es estar en serio, cumplir. Tengo un gran reconocimiento para los padres de todos mis alumnos por el apoyo que teníamos. Si se los mandaban a llamar inmediatamente acudían. Los padres tienen que reconocer que a veces los hijos tienen una conducta en la casa y otra en la escuela, con los otros chicos.”

La falta de medios electrónicos como la televisión o la computadora se suplían con material ilustrado, mapas, fotos, proyección de diapositivas.

“Los actos escolares los preparábamos con mucho entusiasmo. Cuando se estaba construyendo la escuela nacional (hoy Maurín Navarro), los hacíamos en la vereda porque no teníamos patio donde hacerlo” consigna al hacer este repaso de su vida docente.

“Alumnos tuve muchísimos. Llegué a tener hasta 42 en un grado. Fueron centenares, porque al tener doble turno tuve un promedio de 35 niños por grado. Dos llegaron a intendentes Raúl Rodríguez y Celso Jaque, que además ahora es nuestro gobernador. Estoy tan agradecida porque mis alumnos todavía me recuerdan, hay algunos que son abuelos, me ven, me saludan. A veces, por lógica, no los reconozco pero es reconfortante, a todos los llevo en mi corazón” manifiesta al mencionar a quienes recibieron sus enseñanzas.

Ejerció la docencia durante 32 años, 22 aquí y los otros en el Delta de su provincia.

Se jubiló el 31 de agosto de 1977 mientras se desempeñaba en la vicedirección de la escuela Rufino Ortega, habiendo estado dos años al frente de la escuela Nacional.

Sobre ese particular momento dice “al principio uno siente como que le falta algo, es que cuando se educa se pone todo”.

Elisa Huck acaba de ser reconocida por la Honorable Cámara de Diputados de Mendoza por su aporte a la educación mendocina. “Agradezco profundamente la distinción. Este homenaje lo hago extensivo a todos mis colegas. Es un aliciente para que sigamos luchando”, verbaliza emocionada.

Doña Elisa de Dotta, está jubilada pero no ha dejado de enseñar un solo día. Recorre las calles de la ciudad, siempre elegante, amable, con la humildad que caracteriza a aquellos que dan lo mejor de si en cada acto porque le es natural a su persona. Vive junto a su esposo, Leandro, en la casa que juntos levantaron en calle Roca, a menos de 100 metros de aquella que ya no existe y que los albergó al llegar a esta tierra. Es una mujer que formó, desde las aulas, el Ser de centenares de malargüinos. Una mujer que puso todo lo que tenía a su alcance “para sacar adelante” a sus chicos.


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Eduardo Araujo

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