Edición Número 205 del 15 de Mayo de 2017

EMA VERÓN DE FLORES

Por Eduardo Araujo

EMA VERÓN DE FLORES
Ema Verón Méndez, nació el 06 de noviembre de 1935, en nuestra ciudad. Sus padres fueron Evangelista Verón y Mercedes Méndez. Tuvo cinco hermanos: Ángel, Florencio, Dionisio, Rosa del Carmen y Emiliano. Ema era la menor. Se crió en la esquina de sureste de Av. Rufino Ortega y Beltrán, a escasos metros de donde hoy vive.

“Mis padres tenían media manzana donde vivíamos y de Amigorena hasta Telles Meses tenían otra media manzana, donde sembraban de todo y había muchos frutales, manzanas verdes y rojas, peras y creo que algunos durazneros. El agua que consumíamos era de las acequias, que se juntaban en tachos o tinajas. Cuando el agua venía muy turbia teníamos que aclararla. No se conocía el agua mineral. Cuando nevaba mucho había que derretir nieve para tener para el desayuno o la comida. Para que la nieve se derritiera se ponía un poquito de agua en el fondo de las pavas. De las acequias de la calle Beltrán no se juntaba agua porque eran desagües, teníamos que juntar de la acequia de la calle Rufino Ortega. Tuve infancia muy complicada, porque perdí a mis padres cuando tenía cinco años. Al no estar ellos unos se llevaron unos y otros a otros, nos repartieron. Yo me crié hasta los 12 años en San Rafael, con una familia Nofal y mi hermana con una familia de apellido Juri, mis hermanos quedaron acá. Nunca supimos cómo fue la muerte de mi papá, él era policía, un día le dijeron a mi mamá que se había enfermado, lo habían llevado a otro lugar, había muerto y le trajeron la ropa que llevaba puesta, nunca supimos cómo murió. Mi mamá falleció de un ataque. Siempre tengo la imagen que venía cruzando la Rufino Ortega, llegó a la casa, tenía una cocina económica, se agachó para prender el fuego y cayó. La veo patente en el suelo con unas ramitas en la mano. A mi papá no me lo recuerdo porque era muy chica, lo que digo de él es porque mis hermanos me lo comentaron. Es muy feo criase sin mamá, uno siempre anda de repasador de todos. Mis hermanos también tenían ese dicho. Mi hermano Florencio trabajó mucho con don Alfredo Juri que tenía una bomba de nafta, donde ahora es el Banco Nación. Mi otro hermano, Emiliano, trabajó mucho en Mina Car. Dionisio trabajó en Vialidad Nacional”, comenzó su relato doña Ema.
Mientras estuvo en San Rafael realizó tareas de empleada doméstica, cursó hasta segundo grado.
Uno de sus hermanos decidió un día ir en su búsqueda. Aquí se empleó en la casa de familia de un odontólogo de apellido Guiñazú.
“El Malargüe de cuando yo era chica tenía pocas casas. En calle Rufino Ortega se hacían carreras para el 25 de mayo o el 9 de julio. La gente ponía kioscos de ventas de comida. Me recuerdo que en una época fui a la escuela Luis Pasteur y me recuerdo que aunque nevara teníamos que ir a los actos de la plaza San Martín bien presentaditas, si no, nos bajan las notas. La Directora era doña Blanca de Merino. Yo hacía cocina, costura y bordado, fui dos o tres años
Se casó con Emeterio Celedonio Flores, un riojano que llegó aquí cuando se construyó el ferrocarril. Tuvieron cuatro hijos: Raquel, Yolanda, Luis y Oscar. Tiene cuatro nietos.
“Cuando nos casamos vivimos un tiempo en la Av. San Martín y después nos fuimos a la fábrica Grassi, porque en ese entonces necesitaban una ama de llaves para los patrones. Me buscaron a mí y me quedé 31 años, hasta que me jubilé. Nosotros llegamos cuando estaban por terminar de hacer a la fábrica y había producción, se estaban terminando de hacer las casas del barrio”, dijo.
“Cómo era ese trabajo”, le pregunté y respondió: “ese trabajo era atender la casa, hacer las compras, atender a todas las personas que venían. Me tocó atender a japoneses, brasileros, polacos, hindúes. No venían dos o tres, venían 20 personas. Era el tiempo que se estaba estudiando la posibilidad de tener soda solvay. Había que cocinar, atender desayunos, tenía una ayudante y si no algunas de mis hijas me iban a dar una manito. Era yo la que tenía que ver con todo. Yo tenía la casa a disposición, ellos jamás me dieron una orden para preparar la comida. Los Grassi eran muy familieros, una gente muy buena. Por las razones del trabajo de mi marido, que era mecánico de los hornos, y de mi trabajo vivíamos en el barrio del personal de Grassi”.
Describió al barrio como “impecable, muy ordenado”, con un gran bosque y muchos juegos infantiles, de gente buena, trabajadora, honesta.
“En tiempo de invierno, cuando había gente en la casa de los patrones entraba muy temprano, a veces la nieve me llegaba arriba de las rodillas, pero salía a hacer mi trabajo. Con la esposa de don Luis Grassi nos llevábamos muy bien, cocinábamos juntas, se llamaba Virginia. Una mujer de un gran corazón, una vez fue a un almacén y vio que una chica compró aceite suelto en un frasquito chiquito. Ella vio eso y le hizo preparar un pedido de mercadería de aquellos y se lo llevó a la casa de la chica. Era una mujer muy servicial… A don Luis le gustaba mucho el arroz que yo preparaba y siempre que venía me pedía que le hiciera. Hasta estando yo jubilada me vino a buscar para que le preparara un arroz, fue la última vez que vino a Malargüe. Llevaba toda la administración de la casa, si había que comprar una vajilla nueva, cambiar los manteles, las cortinas, de todo me encargaba. Si hacía falta arreglar un calefactor o había un problema de agua me encargaba de llamar al personal para hacerlo. No salía una cuchara de la casa si no me avisaban a mí, tenía esa orden. Llegué a trabajar ahí por mi marido y por mi hermano Florencio, que tenía la chapa Nro. 1 y mi marido la 16, porque habían sido de los primeros en entrar a trabajar a Grassi. Mi hermano era chofer y vivía con su familia en el barrio, después mi sobrino Raúl también fue chofer del colectivo que tenía la Grassi para el personal y para traer a los chicos a la escuela” puntualizó más adelante.
“Yo cobraba mensual, pero mi marido y el personal de la fábrica cobraba por quincenas. Estaba la quincena grande, que era cuando se cobraba el salario familiar, y otra que la llamaban la quincena chica, porque la gente cobraba menos plata porque no venían los beneficios. Rara vez yo iba por la fábrica porque mi trabajo era en la casa de familia de los Grassi y en la casa de huéspedes”, comentó doña Ema.
Ema Verón, hoy jubilada seguramente guarda muchos secretos de la familia a la que prestó servicios por tantos años. El oficio de ama de llaves, una persona de suma confianza de los patrones, ya no se observa en nuestro medio. Su labor fue fundamental en el hogar de Luis Grassi que supo pasar largas temporadas en nuestro suelo, al que le dio una industria que marcó la vida de numerosas familias, entre ellas la de esta cálida mujer, “doña Ema”, como le dicen su vecinos y amigos.

Eduardo Araujo Eduardo Araujo




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