Edición Número 206 del 1º de Junio de 2017

HILDA ROSA CARRASCO Vda. DE SÁNCHEZ

Por Eduardo Araujo

HILDA ROSA CARRASCO Vda.  DE SÁNCHEZ
Este 18 de junio la protagonista de esta historia de vida, Hilda Rosa Carrasco Vda. de Sánchez, estará festejando sus 86 años de vida, pues nació en ese día del año 1931.

Hija de María Julieta Ramírez y de José Nicolás Carrasco. Tuvo un solo hermano, “Tito”.
“Me decía mi mamá que yo tenía un mes cuando mi papá falleció, no lo conocí ni en fotos. Mi mamá se crió en Talca y después ellos iban todos los años para allá, por eso tengo una foto de ella, sacada en Chile. Nosotros vivíamos en Palihue, en Poti Malal, y a él le dio el apuro de irme a registrar a El Manzano, todo a caballo porque nadie tenía vehículo en esos años. Le tocó quedarse una noche por allá, le agarró mal tiempo y de tanto frío que pasó le dio neumonía y murió. Mi abuelo materno vivía encima de La Guanaca, pegadito a los cerros ahí tenía el puesto, y ahí se la llevó a mi mamá ¡Qué iba hacer ella con mi hermano de un año y yo que era tan chiquita! Mi abuelo se llamaba Jeremías Ramírez y con él me crié de chica. Me acuerdo que había una vega grande en una rinconada y ahí jugábamos con mi hermano y una prima, nos tenían que ir a buscar para que viniéramos a la casa (risas). A mi abuelita tampoco la conocí. En el puesto estaban mi tíos Guillermo, Alfredo, en Poti Malal arriba vivía mi tío Valeriano…De ellos me acuerdo algo, todavía”, indicó doña Hilda Rosa en el inicio de la conversación que mantuvimos junto a la estufa hogar de su casa, mientras compartimos unos exquisitos mates cebados por su nieto Luís.
Aprendió a leer y a escribir así: “No fui a la escuela, pagó mi mamá a un señor, que era muy estudiado, que vino de Chile y me enseñó a leer y escribir en mi casa. Era un viejito que había estudiado para cura. No sólo me daba clases a mí, también venían más niños a aprender de los vecinos que teníamos porque cerca vivían las familias Vallejos y otros tantos. Mi abuelo se dedicaba a la crianza de chivos y llevaba a veranar al Cajón de Guanaco, donde todavía mis nietos llevan a los animales. Yo iba a la veranada con mi mamá. He mandado mucho por las veranadas, el Portezuelo de Carqueque lo he cruzado varias veces de a caballo, con mi marido, porque por allá, donde hay unas lagunas, era la veranada de mi suegro. Con mis dos hijos chiquitos no íbamos, yo llevaba uno por delante y mi marido con el otro. La gente iba a hacer compras a Chile, me acuerdo que de Chile venía una viejita a visitar a mis tíos en la veranada y hasta bolsas de azúcar y de harina le traía a mi mamá. Algunos iban a comprar a Talca y otros a Curillinque, donde yo tenía a un primo hermano, después no supe más de él. Yo cuando era jovencita, y de antes también, siempre estuve pendiente de la crianza de los chivos. No pude aprender a tejer en telar, porque no tuve quien me enseñara. Aprendí a tejer con aguja y tengo muchas carpetas, a mi marido le tejía pullovers, chalecos…”
Su madre, tras enviudar y al cabo de varios años, se casó con Romero Moya, que vivía en Agua Botada, eso hizo que doña Hilda Rosa se mudara con ella y dejara la zona de Poti Malal. En esa época conoció la entonces Villa de Malargüe, “era un pueblito bien chiquito”. En lo que hoy es la ciudad de Malargüe conoció a quien luego se convertiría en su esposo Eduardo Sánchez, hijo del primer matrimonio de Juan Sánchez, que tenía puesto en Buta Mallín.
“A mi suegro la primera señora, que se llamaba María Escolástica Zapata, se le murió cuando estaba en Chenqueco. Como había caído mucha nieve, y no pudo pasar, tuvo a mi suegra una semana envuelta en una carpa y enterrada en la nieve, hasta que mejoró un poco y pudo darle sepultura. Eso fue muy triste…Después él se volvió a casar y tuvo otros hijos. Con mi marido nos casamos en la iglesia vieja de Malargüe, mis cuñadas me hicieron el vestido y la fiesta la hicimos en la casa de mi suegro (ubicada en la manzana comprendida por Av. San Martín, Illescas, Uriburu y Cmte. Salas). Fue una fiesta muy linda que duró casi todo un día, hubo guitarreros, estaban los Urquiza, que eran muy buenos. Don Juan Carlos Urquiza fue mi padrino de casamiento. Yo tenía 18 años y él 23 cuando nos casamos. Como mi marido era ovejero de mi suegro en Buta Mallín y se cansó de hacer ese trabajo, le pidió a mi padrastro que le diera para hacer un puestito y él eligió donde ahora vivo yo. Aquí le llamaban el puesto Gabiniano, porque había estado antes un hombre que se llamaba Gabino. Cuando llegamos había unas parecitas de piedras todas caídas. Todo lo que ahora se ve en el puesto lo hicimos nosotros. Vivíamos con mi marido trabajando, plantando árboles, hicimos hasta potreros. Sembrábamos muchas verduras, cuando estaba trabajando la mina Huemul yo les vendía zanahorias, zapallos, choclos a las señoras de los hombres que trabajaban ahí, también tenía pollos y pavos para la venta. Cuando trabajaba esa mina había mucha gente, mucho movimiento, había una escuela hermosa donde yo mandaba a los niños. Como la escuela no tenía camas para alojarlos, un micro los venía a buscar y los traía de vuelta. Después pudimos comprar el campo y ya nos quedamos por acá. Esta zona antes era muy nevadora ¡Si habremos perdido animales a causa de la nieve! Antes se cocinaba todo en ollas de fierro (hierro). Yo tengo arriba de la estufa una ollita de fierro que me regaló mi mamá para que le hiciera el desayuno a mi abuelito, porque a él le gustaba desayunar una sopita que sabía hacerle. Cuando íbamos a la veranada había que cargar ollas y todas las cositas para estar en la sierra por varios meses. Cuando estábamos en el puesto los hombres salían a hacer boleadas de choiques, porque antes eso era un divertimento y no estaba prohibido. Con el choique se hacía chaya y también se hacía picana asada. Ahora prohíben hasta que maten los zorros y los leones, que son tan dañinos ¡Esos animales nos matan tantos chivos! Por acá entran siempre al cerro y nos hacen desastres. No quieren que la juventud se vaya del campo, pero los muchachos pierden el interés cuando pierden sus animalitos”, expresó más adelante esta abuela, a su edad, sumamente activa.
El matrimonio tuvo tres hijos: Eduardo (Lali), Lisandro (ambos fallecidos) y Norma. Ellos les dieron nueve nietos y otros tantos bisnietos.
“Fue muy duro cuando se murió mi viejo y después me tocó ver partir a mis hijos, es un dolor muy grande, pero hay que seguir, tengo todavía a mi hija y a los nietos que no me dejan estar sola” dijo emocionada la abuela.
Doña Hilda Rosa no cambia su puesto por nada “No me gusta ir a Malargüe, tengo una casita y todo, pero me gusta estar en el campo”. Vive en puesto Sánchez, bajada sur de el Chihuido Grande. Es una malargüina que ama a su tierra y a su familia. A su edad, sigue preocupada por el futuro del departamento y el porvenir de sus nietos y bisnietos.

Eduardo Araujo Eduardo Araujo




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