Edición Número 207 del 15 de Junio de 2017

FELIPE SALVATIERRA

Por Eduardo Araujo

FELIPE SALVATIERRA
El 12 de febrero de 1957 llegaba a Malargüe Felipe Dalmasio Salvatierra. Nació el 12 de agosto de 1934 en La Cañada, una localidad del departamento Figueroa ubicada a 30 kilómetros de la capital de Santiago del Estero. Sus padres fueron Delia Galván y Felipe Salvatierra, dedicados a la crianza de ganado. Fueron siete hermanos de los cuales solo sobrevive él y su hermana Adelina, que vive en Buenos Aires. Culminó la escuela primaria cuando se hacía hasta 6to. grado.

“Yo trabaja en Yacimientos Carboníferos Fiscales, donde se plantaban eucaliptus. Cuando la planta tenía unos dos meses se mandaban a Entre Ríos, donde el árbol se desarrollaba y luego se cortaban para hacer madera para las minas de carbón. Estuve cinco años haciendo ese trabajo. Estando en Buenos Aires, me salió el pase a Río Turbio. Me estaban notificando el traslado cuando llega una solicitud de licencia por casamiento de un muchacho de apellido Muñoz, cordobés, que trabajaba en mina Los Castaños, aquí en Malargüe. La jefa me preguntó si como yo era soltero no tenía inconvenientes en venir a cubrir esa licencia por unos 15-25 días, inmediatamente le dije que sí. Se hicieron largos esos días porque ya llevo 60 años en Malargüe (risas), eso sí todos los años en agosto volvía a Santiago del Estero a ver a mis hermanos” comentó Salvatierra con un pronunciado acento santiagueño que el paso de los años en nuestra provincia no ha logrado borrar.
La mina Los Castaños se ubicaba próxima al Infiernillo, al norte de la ruta provincial 222 que conduce a Valle de Las Leñas. Allí cumplía funciones de administrativo, junto a otras cuatro personas.
“El carbón grande se sacaba y se mandaba en vagones, que se cargaban en la estación de Malargüe. Me acuerdo que había una veta de mineral muy buena que se embolsaba y se mandaba a Chile. Se trabajaba de lunes a viernes. Se hacían galerías siguiendo los depósitos de mineral, que se llaman vetas. Estando yo murieron seis obreros intoxicados, y antes habían fallecido 10, por eso entre los muchachos decíamos que uno entra a la mina y no sabe si va a volver, también por los derrumbes. Todo se fortificaba con madera de eucaliptus que se traía de Simbolar, Santiago del Estero. En Los Castaños estuve hasta el año 1963, porque acá yo conocí a mi señora, que se llama Mary Fernández. Nos pusimos de novios y después de dos años nos casamos. Mi padre me había dicho que antes de casarse uno tenía que conocer muy bien a la familia de la futura esposa, a ella y de paso ellos me iban a conocer a mí también, y así fue. Mi suegro, que se llamaba Manuel Fernández y era español, un día me dijo que estaba cansado del negocio que tenía y que me viniera a trabajar con él. Pedí una licencia en la mina por seis meses, me la dieron y comencé a trabajar en el negocio, yo no tenía problemas de cargas bolsas, cueros, atender, limpiar, porque mi suegro tenía barraca, él compraba lana, cueros que se limpiaban, empaquetaba y se mandaban en tren a Buenos Aires por tren. Al cabo de seis meses fui a renunciar a Buenos Aires y despedirme de los muchachos. El jefe me dijo que si me iba mal tenía la posibilidad de volver a la empresa, pero yo seguí con el negocio. Nosotros llegamos hacer en la temporada 5.000 cueros de chivito. Navidad y Año nuevo no sabíamos lo que era sentarse a la mesa porque ya venía de la mañana el fuerte de cueritos, si uno lo dejaba para el otro día se tenía que tirar, porque el cuero pierde el pelo y no sirve, asique estábamos hasta las 2-3 de las mañana trabajando, tendiendo cueros, con mi señora y José Robles que trabajaba con nosotros. Algunos cueros los mandábamos a San Luis y de ahí iban a Italia y de allá venían los guantes, las carteras. Cada puestero traía los cueros, la lana…muchas veces no podíamos comprar cueros porque la gente no sabía trabajarlo, entonces nosotros les empezamos a enseñar que inmediatamente de sacado el cuerito había que tenderlo en una soga y dejar que se oreara. La gente con unos 60 cueritos de cabrito y algunos más de animales grandes se llevaba el pedido de mercadería para 3-4 meses”, contó el hombre.
Al hacer referencia del Malargüe de hace unos 50 años expresó “había que aguantar estar aquí en esa época. Una vez eran las 11:00 de la mañana y había 12 grados bajo cero. La luz, que la entregaba don Izasky, la cortaban a las 12:00 de la noche. Mi suegro, al principio, se proveía de mercadería de San Rafael, pero después fue comprando en otros lugares, por ejemplo, el azúcar lo comenzó a comprar directamente en Jujuy, el sorgo y el maíz se compraba en San Luís. Nosotros vendíamos por bolsas y también suelto, tengo un callo en el dedo gordo de la mano derecha de tanto manejar la poruña para sacar el producto y embolsarlo para los clientes. Por día despachábamos hasta 250 kilos de maíz, de azúcar y así se trabajaba. Todas las cuentas se llevaban a mano. Nosotros hemos atendido al 95 % de los puesteros, más de una vez los tuvimos que esperar hasta dos años para que pagaran porque les venían mal las temporadas de crianza. Gracias a Dios el banco nos esperaba. Las cargas que mandábamos a Buenos Aires tardaban 10 días en llegar, nosotros llenábamos un vagón con los frutos que tardábamos tres días en cargar. Después empezamos a trabajar con Pedro Ré, que compró un camión y nos agilizó los despachos. Cuando empezaron a abrir los supermercados ya nosotros, con mi hija, vimos que había que ir haciendo otras cosas, por eso empezamos a vender cemento y poco a poco nos fuimos transformando al corralón de venta de cereales y la barraca en un corralón de venta de materiales de construcción. Yo creo que incorporar a la juventud en los negocios es bueno porque dan ideas que le ayudan a cambiar a los viejos”.
Inmediatamente agregó “la explotación de las minas y cuando fue la explosión del petróleo de Puesto Rojas fue la época de oro de Malargüe, corría mucha plata. Mucha gente supo aprovecharla y se hizo su casita, progresó, pero lamentablemente otros la dejaron en los cabarets o en la casas de juego”.
Felipe Salvatierra está retirado del negocio desde hace seis años. “Ya no quiero saber más nada con el negocio, tengo las piernas y las manos a mal traer de tanto cargar y descargar bolsas, de tanto estar parado atendiendo” nos comentó.
El hombre jugó al fútbol vistiendo la camiseta Nro. 5 del equipo que representaba a mina Los Castaños, pero su gran pasión fue la pesca.
“Aquí en Malargüe hay dos o tres partes donde íbamos a pescar y siempre sacábamos algo, pero teníamos que cruzar el río (Grande). Con el Dr. Fernando Juin, que por años fue mi compañero de pesca, anduvimos por todas partes, hasta Barbarco fuimos, dos días de a caballo tardamos. Sembramos bastante, también. Mi suegro trajo el pejerrey de la zona de Tunuyán y don Juan Maure trajo truchas de Bariloche. Sembramos de la laguna Blanca, la del Chacay y los ríos. Con José Robles y don Sevillano nos íbamos de noche a arreglar las tomas de agua de la laguna de El Chacay porque los animales nos la cortaban. Me he recorrido todo el país pescando”, expresó en otro tramo de la conversación.
Hasta no hace mucho se lo veía los fines de semana en canchas de fútbol viendo partidos. “El deporte iguala a la gente, en una cancha de fútbol, de básquet, no hay diferencias sociales, todos se ponen una camiseta y empujan para el mismo lado, eso deberíamos hacer todos. Ver fútbol me gusta mucho y hemos colaborado siempre, los arcos de la cancha de Vialidad los hicimos nosotros cuando estábamos en la mina”, comentó
Felipe Salvatierra tiene una hija, “Any”, casada con Humberto, quienes le han dado dos nietos (Mauro y Danilo) y dos bisnietos.

Eduardo Araujo Eduardo Araujo




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