Edición Número 209 del 15 de Julio de 2017

CEFERINA TAPIA Vda. DE GÓMEZ

Por Eduardo Araujo

CEFERINA TAPIA Vda. DE GÓMEZ
Ceferina Tapia Vda. de Gómez, tiene 85 años recién cumplidos, pues nació 24 de junio de 1932, aquí en Malargüe.

Es hija de Heriberto Tapia y de Jovina Riquelme. “Mis padres habían nacido acá en Malargüe, eran de campo. Cuando yo era chica vivíamos en el puesto de Las Compuertas. Ahí había un puestito donde mi papá cuidaba las compuertas del canal, en realidad era un trabajo que le había dado el intendente para que él cuidara el agua. Las compuertas estaban donde ahora es el barrio Los Intendentes, en ese lugar había un reparto de canales” expresó doña Ceferina en el inicio de una conversación que mantuvimos en la tarde del pasado 23 de junio. El lugar donde habitaba, al que hizo referencia, se emplazaba donde hoy es la calle 16 de noviembre al 1.800, aproximadamente. De hecho, esa arteria no existía dado que un canal corría por su actual traza. El hoy barrio Los Intendentes hasta mediados de la década de 1980 se llamó Las Compuertas.

Siguiendo con su relato indicó: “No estaba la cortina forestal, por ahí habían muy poquitas casas. Nosotros somos cuatro hermanos, mi hermana mayor se llama Florinda Tapia de Arroyo, después sigue Rita de De Lafuente, después vengo yo y mi hermana Rosa, que es fallecida. Para ir a la escuela, en época de invierno, la nieve nos llegaba a la rodilla, como no había agua teníamos que derretir nieve. Antes no era como ahora que si cae un poquito de nieve se suspenden las clases, en esa época con nieve, viento teníamos que ir a la escuela. La única escuelita que había era la Rufino Ortega, nosotras nos teníamos que ir caminando. Sabíamos llegar llorando de frío (risas). Mi mamá hilaba mucho y así tenía la lana para hacer ponchos y mantas. Nosotras salimos a trabajar de chicas, con 10 años ya estábamos de empleadas en casas de familia, a cuidar niños. Mi papá trabajaba con un carro, acarreaba leña para vender. Él salía por el pueblo a hacer su reparto, la gente le encargaba y salía al campo a cortar leña, iba bien lejos para traer leña gruesa, nosotras teníamos que ir con él para ayudarle. En ese tiempo se cocinaba nada más que a leña. El papá también tenía algunas chivas, pero a media con algunos parientes”.

Al describir el Malargüe de su infancia dijo: “Me acuerdo que había muy pocas tiendas, estaba la Casa Salomón que era un negocio grande. A mi papá cuando trabajaba no le pagaban con plata, le daban vales y con esos vales teníamos que ir a comprar la mercadería en lo de Salomón o en la tienda de Juri. Esos almacenes estaban cerca de la plaza. Salomón era frente de donde ahora está el casino. Uno encontraba de todo en esos almacenes, que le llamaban de ramos generales, había desde ropa hasta cereales, alimentos para animales. Todo lo vendían suelto, hasta los fideos se vendían así. Me acuerdo que el azúcar venía en terrones…en las casas se sembraban algunas verduras, el problema que había era que helaba muy temprano y no se alcanzaba a cosechar. La papa y la cebolla se daba bien”.

“Cuando me tocó salir a trabajar me emplearon con la señora de Castañeda, la esposa de un maestro que había acá. Después seguí trabajando en otros lugares, porque esa familia se fue de acá”, agregó después.

Se casó a la edad de 19 años con Cipriano Gómez, a quien conoció en San Juan, donde ella se había ido a trabajar como mucama con la esposa de un ingeniero que había conocido en nuestro departamento.

“Nos casamos en San Juan, cuando vinimos a pasear a él le gustó Malargüe y entonces me dijo de venirnos y yo, por supuesto, inmediatamente le dije sí. Él trabajaba en Vialidad Nacional. Nos vinimos a vivir a la casa de mis padres, en una piecita. En ese tiempo era intendente Ranco y al lotear este lugar donde vivo (barrio Gustavo Bastias) que en ese entonces se le llamaba barrio Sur tuvimos un lote. Aquí había muy pocas casas, frente a nosotros vivía Carlos Verdugo, la familia Vázquez y la familia Barroso. Nosotros nos hicimos la casa, yo estaba embarazada y le ayudaba a sacar el ripio del pozo negro. Sacábamos agua de la acequia y mi marido le agregaba algo, que no me acuerdo como se llamaba, para aclararla. Me acuerdo que se hicieron las zanjas, en el medio de la calle, para instalar las cañerías del agua. Esta parte de Malargüe parecía retirada del centro, con decirle que hubo estafeta que primero funcionó en la familia Álvarez, en la calle Fortín Malargüe, y después la tuvo la señora de Barroso, frente a esta casa (calle Maza, entre P.P. Segura y Martín Zapata). Mi esposo en vialidad era carpintero, antes se hacía toda la señalización de las rutas con carteles de madera. Él tenía a cargo la señalización desde El Sosneado hasta Neuquén, se iba, a veces, varios días al campo. Cuando estaba de franco o en las tardes tenía una carpintería en la casa donde hacía ventanas, puertas y otras cosas. Desde que nos vinimos de San Juan yo no trabajé más en casas de familia, pero como me recibí de costurera tenía mucho trabajo en mi casa. Trabajaba mucho con la ropa de gendarmes ¡Me quedaba hasta las 3-4 de mañana! También acondicionaba ropa, hacía vestidos, la ropa que me pidieran. Tenía que hacer los moldes, tomar medidas. Cuando mis hijos iban a la escuela Gendarme Argentino fui tesorera del Club de Madres y mi marido fue de la cooperadora, siempre estábamos ayudando en la escuelita” comentó en otro tramo de la entrevista.

El matrimonio tuvo cuatro hijos: Manuel Hernán, Mirtha Liliana, Leandro Marcelo y otra niña que falleció. Actualmente tiene cinco nietos y una bisnieta.

Viuda desde hace casi 25, doña Ceferina tiene una vida social interesante. Participa activamente con los adultos mayores, viaja mucho, integra el grupo deportivo de la tercera edad.

“Voy a la pileta, juego a la taba, al sapo y al tejo. Viajo bastante, estoy en un grupo muy lindo, nuestra profesora es Alejandra Espinoza. A Dios gracias estoy siempre en actividad, me levanto temprano y salgo a caminar todos los días. La verdad que me encuentro muy bien, para la edad que tengo”, indicó al final de la conversación Ceferina, mientras me mostraba los trofeos obtenidos de sus participaciones deportivas. Ceferina Tapia Vda. de Gómez, tiene 85 años recién cumplidos, pues nació 24 de junio de 1932, aquí en Malargüe.

Es hija de Heriberto Tapia y de Jovina Riquelme. “Mis padres habían nacido acá en Malargüe, eran de campo. Cuando yo era chica vivíamos en el puesto de Las Compuertas. Ahí había un puestito donde mi papá cuidaba las compuertas del canal, en realidad era un trabajo que le había dado el intendente para que él cuidara el agua. Las compuertas estaban donde ahora es el barrio Los Intendentes, en ese lugar había un reparto de canales” expresó doña Ceferina en el inicio de una conversación que mantuvimos en la tarde del pasado 23 de junio. El lugar donde habitaba, al que hizo referencia, se emplazaba donde hoy es la calle 16 de noviembre al 1.800, aproximadamente. De hecho, esa arteria no existía dado que un canal corría por su actual traza. El hoy barrio Los Intendentes hasta mediados de la década de 1980 se llamó Las Compuertas.

Siguiendo con su relato indicó: “No estaba la cortina forestal, por ahí habían muy poquitas casas. Nosotros somos cuatro hermanos, mi hermana mayor se llama Florinda Tapia de Arroyo, después sigue Rita de De Lafuente, después vengo yo y mi hermana Rosa, que es fallecida. Para ir a la escuela, en época de invierno, la nieve nos llegaba a la rodilla, como no había agua teníamos que derretir nieve. Antes no era como ahora que si cae un poquito de nieve se suspenden las clases, en esa época con nieve, viento teníamos que ir a la escuela. La única escuelita que había era la Rufino Ortega, nosotras nos teníamos que ir caminando. Sabíamos llegar llorando de frío (risas). Mi mamá hilaba mucho y así tenía la lana para hacer ponchos y mantas. Nosotras salimos a trabajar de chicas, con 10 años ya estábamos de empleadas en casas de familia, a cuidar niños. Mi papá trabajaba con un carro, acarreaba leña para vender. Él salía por el pueblo a hacer su reparto, la gente le encargaba y salía al campo a cortar leña, iba bien lejos para traer leña gruesa, nosotras teníamos que ir con él para ayudarle. En ese tiempo se cocinaba nada más que a leña. El papá también tenía algunas chivas, pero a media con algunos parientes”.

Al describir el Malargüe de su infancia dijo: “Me acuerdo que había muy pocas tiendas, estaba la Casa Salomón que era un negocio grande. A mi papá cuando trabajaba no le pagaban con plata, le daban vales y con esos vales teníamos que ir a comprar la mercadería en lo de Salomón o en la tienda de Juri. Esos almacenes estaban cerca de la plaza. Salomón era frente de donde ahora está el casino. Uno encontraba de todo en esos almacenes, que le llamaban de ramos generales, había desde ropa hasta cereales, alimentos para animales. Todo lo vendían suelto, hasta los fideos se vendían así. Me acuerdo que el azúcar venía en terrones…en las casas se sembraban algunas verduras, el problema que había era que helaba muy temprano y no se alcanzaba a cosechar. La papa y la cebolla se daba bien”.

“Cuando me tocó salir a trabajar me emplearon con la señora de Castañeda, la esposa de un maestro que había acá. Después seguí trabajando en otros lugares, porque esa familia se fue de acá”, agregó después.

Se casó a la edad de 19 años con Cipriano Gómez, a quien conoció en San Juan, donde ella se había ido a trabajar como mucama con la esposa de un ingeniero que había conocido en nuestro departamento.

“Nos casamos en San Juan, cuando vinimos a pasear a él le gustó Malargüe y entonces me dijo de venirnos y yo, por supuesto, inmediatamente le dije sí. Él trabajaba en Vialidad Nacional. Nos vinimos a vivir a la casa de mis padres, en una piecita. En ese tiempo era intendente Ranco y al lotear este lugar donde vivo (barrio Gustavo Bastias) que en ese entonces se le llamaba barrio Sur tuvimos un lote. Aquí había muy pocas casas, frente a nosotros vivía Carlos Verdugo, la familia Vázquez y la familia Barroso. Nosotros nos hicimos la casa, yo estaba embarazada y le ayudaba a sacar el ripio del pozo negro. Sacábamos agua de la acequia y mi marido le agregaba algo, que no me acuerdo como se llamaba, para aclararla. Me acuerdo que se hicieron las zanjas, en el medio de la calle, para instalar las cañerías del agua. Esta parte de Malargüe parecía retirada del centro, con decirle que hubo estafeta que primero funcionó en la familia Álvarez, en la calle Fortín Malargüe, y después la tuvo la señora de Barroso, frente a esta casa (calle Maza, entre P.P. Segura y Martín Zapata). Mi esposo en vialidad era carpintero, antes se hacía toda la señalización de las rutas con carteles de madera. Él tenía a cargo la señalización desde El Sosneado hasta Neuquén, se iba, a veces, varios días al campo. Cuando estaba de franco o en las tardes tenía una carpintería en la casa donde hacía ventanas, puertas y otras cosas. Desde que nos vinimos de San Juan yo no trabajé más en casas de familia, pero como me recibí de costurera tenía mucho trabajo en mi casa. Trabajaba mucho con la ropa de gendarmes ¡Me quedaba hasta las 3-4 de mañana! También acondicionaba ropa, hacía vestidos, la ropa que me pidieran. Tenía que hacer los moldes, tomar medidas. Cuando mis hijos iban a la escuela Gendarme Argentino fui tesorera del Club de Madres y mi marido fue de la cooperadora, siempre estábamos ayudando en la escuelita” comentó en otro tramo de la entrevista.

El matrimonio tuvo cuatro hijos: Manuel Hernán, Mirtha Liliana, Leandro Marcelo y otra niña que falleció. Actualmente tiene cinco nietos y una bisnieta.

Viuda desde hace casi 25, doña Ceferina tiene una vida social interesante. Participa activamente con los adultos mayores, viaja mucho, integra el grupo deportivo de la tercera edad.

“Voy a la pileta, juego a la taba, al sapo y al tejo. Viajo bastante, estoy en un grupo muy lindo, nuestra profesora es Alejandra Espinoza. A Dios gracias estoy siempre en actividad, me levanto temprano y salgo a caminar todos los días. La verdad que me encuentro muy bien, para la edad que tengo”, indicó al final de la conversación Ceferina, mientras me mostraba los trofeos obtenidos de sus participaciones deportivas. Ceferina Tapia Vda. de Gómez, tiene 85 años recién cumplidos, pues nació 24 de junio de 1932, aquí en Malargüe.

Es hija de Heriberto Tapia y de Jovina Riquelme. “Mis padres habían nacido acá en Malargüe, eran de campo. Cuando yo era chica vivíamos en el puesto de Las Compuertas. Ahí había un puestito donde mi papá cuidaba las compuertas del canal, en realidad era un trabajo que le había dado el intendente para que él cuidara el agua. Las compuertas estaban donde ahora es el barrio Los Intendentes, en ese lugar había un reparto de canales” expresó doña Ceferina en el inicio de una conversación que mantuvimos en la tarde del pasado 23 de junio. El lugar donde habitaba, al que hizo referencia, se emplazaba donde hoy es la calle 16 de noviembre al 1.800, aproximadamente. De hecho, esa arteria no existía dado que un canal corría por su actual traza. El hoy barrio Los Intendentes hasta mediados de la década de 1980 se llamó Las Compuertas.

Siguiendo con su relato indicó: “No estaba la cortina forestal, por ahí habían muy poquitas casas. Nosotros somos cuatro hermanos, mi hermana mayor se llama Florinda Tapia de Arroyo, después sigue Rita de De Lafuente, después vengo yo y mi hermana Rosa, que es fallecida. Para ir a la escuela, en época de invierno, la nieve nos llegaba a la rodilla, como no había agua teníamos que derretir nieve. Antes no era como ahora que si cae un poquito de nieve se suspenden las clases, en esa época con nieve, viento teníamos que ir a la escuela. La única escuelita que había era la Rufino Ortega, nosotras nos teníamos que ir caminando. Sabíamos llegar llorando de frío (risas). Mi mamá hilaba mucho y así tenía la lana para hacer ponchos y mantas. Nosotras salimos a trabajar de chicas, con 10 años ya estábamos de empleadas en casas de familia, a cuidar niños. Mi papá trabajaba con un carro, acarreaba leña para vender. Él salía por el pueblo a hacer su reparto, la gente le encargaba y salía al campo a cortar leña, iba bien lejos para traer leña gruesa, nosotras teníamos que ir con él para ayudarle. En ese tiempo se cocinaba nada más que a leña. El papá también tenía algunas chivas, pero a media con algunos parientes”.

Al describir el Malargüe de su infancia dijo: “Me acuerdo que había muy pocas tiendas, estaba la Casa Salomón que era un negocio grande. A mi papá cuando trabajaba no le pagaban con plata, le daban vales y con esos vales teníamos que ir a comprar la mercadería en lo de Salomón o en la tienda de Juri. Esos almacenes estaban cerca de la plaza. Salomón era frente de donde ahora está el casino. Uno encontraba de todo en esos almacenes, que le llamaban de ramos generales, había desde ropa hasta cereales, alimentos para animales. Todo lo vendían suelto, hasta los fideos se vendían así. Me acuerdo que el azúcar venía en terrones…en las casas se sembraban algunas verduras, el problema que había era que helaba muy temprano y no se alcanzaba a cosechar. La papa y la cebolla se daba bien”.

“Cuando me tocó salir a trabajar me emplearon con la señora de Castañeda, la esposa de un maestro que había acá. Después seguí trabajando en otros lugares, porque esa familia se fue de acá”, agregó después.

Se casó a la edad de 19 años con Cipriano Gómez, a quien conoció en San Juan, donde ella se había ido a trabajar como mucama con la esposa de un ingeniero que había conocido en nuestro departamento.

“Nos casamos en San Juan, cuando vinimos a pasear a él le gustó Malargüe y entonces me dijo de venirnos y yo, por supuesto, inmediatamente le dije sí. Él trabajaba en Vialidad Nacional. Nos vinimos a vivir a la casa de mis padres, en una piecita. En ese tiempo era intendente Ranco y al lotear este lugar donde vivo (barrio Gustavo Bastias) que en ese entonces se le llamaba barrio Sur tuvimos un lote. Aquí había muy pocas casas, frente a nosotros vivía Carlos Verdugo, la familia Vázquez y la familia Barroso. Nosotros nos hicimos la casa, yo estaba embarazada y le ayudaba a sacar el ripio del pozo negro. Sacábamos agua de la acequia y mi marido le agregaba algo, que no me acuerdo como se llamaba, para aclararla. Me acuerdo que se hicieron las zanjas, en el medio de la calle, para instalar las cañerías del agua. Esta parte de Malargüe parecía retirada del centro, con decirle que hubo estafeta que primero funcionó en la familia Álvarez, en la calle Fortín Malargüe, y después la tuvo la señora de Barroso, frente a esta casa (calle Maza, entre P.P. Segura y Martín Zapata). Mi esposo en vialidad era carpintero, antes se hacía toda la señalización de las rutas con carteles de madera. Él tenía a cargo la señalización desde El Sosneado hasta Neuquén, se iba, a veces, varios días al campo. Cuando estaba de franco o en las tardes tenía una carpintería en la casa donde hacía ventanas, puertas y otras cosas. Desde que nos vinimos de San Juan yo no trabajé más en casas de familia, pero como me recibí de costurera tenía mucho trabajo en mi casa. Trabajaba mucho con la ropa de gendarmes ¡Me quedaba hasta las 3-4 de mañana! También acondicionaba ropa, hacía vestidos, la ropa que me pidieran. Tenía que hacer los moldes, tomar medidas. Cuando mis hijos iban a la escuela Gendarme Argentino fui tesorera del Club de Madres y mi marido fue de la cooperadora, siempre estábamos ayudando en la escuelita” comentó en otro tramo de la entrevista.

El matrimonio tuvo cuatro hijos: Manuel Hernán, Mirtha Liliana, Leandro Marcelo y otra niña que falleció. Actualmente tiene cinco nietos y una bisnieta.

Viuda desde hace casi 25, doña Ceferina tiene una vida social interesante. Participa activamente con los adultos mayores, viaja mucho, integra el grupo deportivo de la tercera edad.

“Voy a la pileta, juego a la taba, al sapo y al tejo. Viajo bastante, estoy en un grupo muy lindo, nuestra profesora es Alejandra Espinoza. A Dios gracias estoy siempre en actividad, me levanto temprano y salgo a caminar todos los días. La verdad que me encuentro muy bien, para la edad que tengo”, indicó al final de la conversación Ceferina, mientras me mostraba los trofeos obtenidos de sus participaciones deportivas.






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