Edición Número 211 del 15 de Agosto de 2017

JUANA OLIVERA DE CAMPOS

Por Eduardo Araujo

JUANA OLIVERA DE CAMPOS
El 27 de diciembre de 1942 nació Juana Rosa Olivera, hija de José Polidoro Olivera y de Ernestina del Carmen Villar, en puesto Agua de la Piedra. El matrimonio, además, trajo al mundo a otros hijos: Manuel Antonio (fallecido), Roque (murió siendo niño), Ignacio, Saturnino, María Saromé, Audolía del Carmen y Camila de la Cruz.

En la casa de sus padres tenían “la manda” (promesa) de velar todos los años para el 16 de agosto a “san Roquito” (San Roque).
“Cuando nosotros éramos capaz de trabajar salíamos a cuidar chivos. Las niñas Oliveras, una tías mías, me criaron porque mis padres eran muy pobres. Ellas me criaron a mí y a mi hermano Saturnino, yo no me acuerdo qué edad tenía cuando ellas me llevaron. Las tías vivían en Ranquil-có, donde ahora viven los Mendoza. Salíamos por todo el día al campo a la siga del piño de chivas, nos llevábamos para comer, tomar mate, haciendo fuego debajo de los montes. Así nos criamos nosotros. Sufrimos mucho cuando éramos chicos porque los padres eran muy pobres y la vida del campo es muy sufrida. Un señor iba con negocio en cargas, desde Malargüe hasta por allá llegaba, llevando harina, trigo y otras cositas. El trigo lo compraba la gente para hacer mote, ñaco, se molía un poco y se pelaba, se ventaba, que le saliera toda la pelusita y se le echaba a la comida, al puchero. El trigo se molía en piedras, yo todavía tengo piedras para moler trigo, como hacía las indias, porque yo digo que soy medio india (risas). Los Estay, que les decían los Estallinos, de Las Chacras del río Grande, y don Luis Arteaga, de El Alambrado, cosechaban mucho trigo y lo traían en cargas a molerlo en el molino de Malargüe y llevaban la harina para el pan, no era tan blanquita como la que sale ahora y un poco más gruesa. Después empezó a salir la harina que tenemos ahora para el pan y entonces se mezclaban las dos harinas y salían unos lindo panes” comentó la mujer al comenzar la conversación que mantuvimos en su casa de calle Godoy Cruz, en la zona de las fincas.
Las “niñas Olivera” eran cuatro mujeres adultas solteras que llevaban por nombre Albertina del Carmen Olivera, “cuando ella falleció por el documento le sacaron 120 años, pero ya eran bien grandes cuando se enrolaron”, la otra era Ismenia del Carmen Olivera, Ana Delia Olivera y María Filomena Olivera. Vivían con un hermano que llevaba por nombre Aniceto Olivera.
Indicó que en esa época eran sus vecinos las familias Mendoza, Vázquez y Mansilla.
Agregó que donde vivía “habían lugares para hacer huertas, pero chiquitos, teníamos poco agua. En Ranquil-Có había una vertiente, en donde vivía mi viejita también había una vertiente, entonces para tener agua para las chivas y los otros animales se hacían represas y llenarlas con el poquito de agua que había. Mi tía Ana Delia sabía leer poquito, porque le había ensaña´o un viejito que salía por el campo a enseñar a los niños puestos por puesto. No leo muy bien, pero algo entiendo. Nunca estudié en escuela porque en esos años no había nada de eso por allá. Un cajoncito que teníamos era la mesa para escribir. El libro que teníamos, todavía lo tengo en la memoria, se llamaba Primeras luces, venían las vocales y uno tenía que escribirlas en un cuadernito. Con mi hermano y conmigo también vivía con las tías Erasmo Molina (ver su historia de vida en Edición Número 185 del 15 de Julio de 2016 de Ser y Hacer de Malargüe). También mis tías me enseñaron a cortar ropa, la tía Anita era la que más nos regaloneaba”.
Siguiendo con su relato dijo: “cuando cumplí los 14 años nos llevó mi papá a la casa de él, que para ese entonces quedaba de La Pasarela para adentro, por esos cerros que se ven al fondo. Mi papito se ve que se encontraba enfermo porque a los ocho o nueve meses de haberme lleva´o falleció. Allá quedé con mi mamita hasta que me casé, mi marido se llama Segundo Campos, tenemos cuatro chicas, la mayor se llama Irma, después siguen Estefanía, Hilda y Rita, son nueve los nietos, el mayor tiene 23 años, están todos solteros. Mi marido era de Colimelegüe. Cuando vine a sacar el documento, como a los 18 años, fue la primera vez que vine a Malargüe con mi mamita. Me acuerdo que nos vinimos de allá con el fina`o Luis Theis, que tenía una mina de plomo por allá. Era un pueblito bien chiquito, había puros montes, donde ahora hay barrios y fincas. Paramos en la casa de una tía, que vivía cerca de cementerio. Las tiendas eran pocas. Con mi marido, después de algunos años nos vinimos para estos lugares de Malargüe. Primero llegamos al puesto de García, en el cerro de Los leones, le atendíamos las chivas, toda la parición. Yo era cocinera, todos los días hacía una bolsa de harina para poder darles pan a los peones que el hombre tenía en el campo. Nos dispusimos a venirnos más al pueblo y donde era la usina vieja vivía una tía mía, que se llamaba Olga Villar. Mi marido la fue a ver y ella nos pasó una casita que tenía. En la usina vivía don Arturo Soto y su esposa, doña Elsa, me dio trabajo, por primera vez, haciendo limpieza. Segundo trabajaba como empleado de campo”.
Doña Juana Rosa es una eximia tejedora al telar, oficio que aprendió de muy pequeñas.
“Las niñas Olivera era muy buenas tejenderas, cuando yo tuve edad las miraba como trabajaban y empecé a hacer nuditos de lanas, me hice un telarcito chiquito y empecé urdir. Los palos que van paraditos se llaman largueros, los que van atravesaditos se llaman quilbos. La tablita con los que uno va apretando el tejido se llama paleta. El tonón es una maderita que sirve para repartir los hilos. Empecé mirando a las tías y después ya fui practicando y practicando hasta llegar hacer maletas, fajas, ritros. Un ritro me lleva más un mes hacerlo, yo hilo la lana, la ovillo, la tiño. Cuando estaba en el campo sabíamos teñir con raíces de Molle colorado, Cacho de cabra y otras plantas. Traíamos bolsas y bolsas de raíces, las hacíamos hervir y así teñíamos. También comprábamos tintas. Es un trabajo que no se paga bien, pero a mí me encanta hacerlo. Antes hilaba con uso, que es un palito con una tartelita abajo para que se haga el ovillo, se tardaba mucho, y ahora tengo una maquina, que me hizo un señor de San Rafael y mucho más rápido. Los ritros sirven para llevarlos en la montura, para ponerlos como una frazada en la cama. Las tías Olivera, en su tiempo, tejían ponchos en el telar, eran muy requeridas para hacer esos trabajos”, comentó.
Después agregó “he tejido mucho, también he hecho mucha ropa, para la policía, para los chicos de baile, para mis hijas. Siempre trabajé en costura, tengo una antigua máquina de coser marca Reyna, también hice tejidos. Estas cosas a mí me encantan, me gusta trabajar, en el campo una hace todo, que cuida las cabras, hace regueros, riega, porca (escardilla) las papas, las cebollas, una nunca se aburre…Mientras pueda hacer las cosas por mí misma las voy a seguir haciendo”.
Al final de la conversación se lamentó “porque la juventud ya no quiere aprender a tejer al telar y se va a ir perdiendo un oficio que es muy lindo y entretenido”.

Eduardo Araujo Eduardo Araujo




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