HISTORIA DE VIDA


Edición Número 214 del 1º de Octubre de 2017

EDOLADINA DEL CARMEN HERNÁNDEZ
EDOLADINA  DEL CARMEN HERNÁNDEZ
Eduardo Araujo

Por Eduardo Araujo

“Yo me llamaba Edoardina pero aquí, en la Argentina, me cambiaron el nombre en el documento, porque yo nací en El Parrón, en la región del Maule, en Chile”, expresó la protagonista de esta historia de vida al presentarse.

Doña Carmen, como le dicen sus allegados, acaba de cumplir 85 años, pues nació el 27 de setiembre de 1932. Sus padres fueron Celia Rosa Navarro y Juan de la Cruz Hernández. Fueron 11 hermanos: Elena, Dagoberto, Dora, Luis Ernesto, Ruperto, Raúl, César, Juan, Ana, María y Donadina del Carmen.
“Mi papá era capataz de un millonario que tenía campos en Chile, que se llamaba José Antonio Barahona. Ese hombre tenía muchas vacas y ovejas, solía hacer grandes esquilas y unos rodeos hermosos. Ese hombre tenía un pueblito que casi todo era de él, Quilpoco le decían, queda de Rauco, para abajo. Ese hombre, después, se separó de la mujer, vendió el campo y se vino acá, a la Argentina. Arrendó el campo del cerro Los Leones. Don Barahona era compadre de mi papá. Cuando estábamos en Chile él nos daba pedazos de tierra para que sembráramos. Cosechábamos papas, melones, sandías, zapallos, porotos, arvejas, de todo. Tenía carretas con dos yuntas de bueyes y se iba a Rauco o Curicó a vender. Todos nosotros trabajábamos en la huerta o cuidando los animales. Mi mamá le sacaba leche a las vacas y hacía quesos para vender. También teníamos crianza de chanchos. Nosotros estábamos muy bien, mi papá contrataba gente para que trabajara en el campo. Cuando el viejo Barahona vendió el campo mi papá se quedó sin lugar donde vivir, anduvo arrendando un tiempo hasta que don José lo convenció de que nos viniéramos para acá” comentó la mujer al narrar sus primeros años de vida.
Seguidamente agregó “Mi papá vendió todo lo que tenía en Chile, dejó una cosecha en tierra, hasta una trilla de trigo y nos vinimos. Más se vino porque allá entró el comunismo y a los que teníamos algo de capital nos empezaron a sacar todo, hasta las casas le sacaban a la gente. Era el mes de marzo, si nos tardábamos más no íbamos a poder cruzar la cordillera. Cruzamos a caballo con muy pocas cositas, dejamos varias para ir a buscarlas al otro año. Mi hermano se había traído algunas vacas y las chivas que nos quedaban al arroyo El Montañés, donde arrendaba una veranada don Barahona. Lo pasamos a ver. Paramos en lo de doña Rosalía Guajardo, mi papá carneó una vaca y nos quedamos como una semana. Mi mamá venía muy apenada, me acuerdo de por delante de la montura traía la maquinita de coser y una cajita que tenía donde guardaba sus cositas personales. Don Nicomedes Aravena y un chileno de apellido Verdugo nos ayudaron a cruzar el río Grande, que entonces traía mucha agua. Ya de este ladito del río nos vinimos por el Portezuelo de Carqueque. Así llegamos a la casa de doña Juana Arroyo. Cuando pasamos por lo de Urquiza, que tenía un bolichito cerca de Pincheira, la mamá lloraba muchísimo porque donde nosotros estábamos había muchos árboles y en esta parte no había nada de eso. Llegamos a la estancia Las Vegas, que en ese tiempo tenía a cargo don Juan Maure. Ahí nos pasó un galponcito, con techo de cortaderas, para que nos arregláramos, porque don Barahona no tenía nada de campo aquí, le había mentido a mi papá. Don Maure se portó muy bien con nosotros. La mamá se apenaba porque estábamos muy bien allá, teníamos unas casas lindas, con comodidades y aquí vinimos a estar casi tiraditos. Con la plata que traía el papá salió a comprar maderas y hacer algunos mueblecitos rústicos. La mamá compró tela y nos hizo colchones con lana de oveja que le pasó Maure. Cuando a los meses el papá intentó cruzar con un hermano mío a buscar las cosas que había dejado en Chile lo agarró un temporal muy grande, donde casi se congeló mi hermano y no pudo pasar. Se tuvo que pegar la vuelta y ya no quiso saber más nada con volverse”.
La familia Hernández se estableció en Las Vegas. Allí don Juan aró la tierra, sembró, cuidó ganado. Sus hijos fueron de mucha utilidad para plantar papa, cosecharla y colaborar con él en cuanto desafío agropecuario emprendía. Su esposa añoraba con volver a su país, pero nunca regresó a vivir allí, como tampoco lo hizo el resto de la familia.
“A mí de chica no me echaron (enviaron) nunca a la escuela, pude ir de grande a la escuela nocturna, ahora no puedo ir porque ya no me dan las piernas”, manifestó la mujer, que aprendió a leer y a escribir hace unos 20 años.
Cuando la familia Hernández ya decidió establecerse de forma permanente comenzaron a comprar algunas cabras que criaron en campos arrendados en la zona de La Brea, frente a estancia Las Vegas. Mientras el jefe de familia comenzó a realizar trabajos en otros establecimientos, como en estancia Las Chacras, propiedad en ese momento de otro compatriota suyo, Ramón de la Fuente.
“De Las Vegas nos mandaban caminando a buscar mercaderías a los almacenes de Malargüe. El canal lo teníamos que cruzar a pié, porque antes no había ningún puente. Traíamos huevos, cueros de liebres y chivos y los pasábamos a vender a una barraca que había en la calle 4ta. División, con lo que nos daban llevábamos lo que la mamá nos había encargado. Casi siempre comprábamos en el negocio que tenía el turco Cuñao, que le decían, en la calle San Martín frente a Vialidad Nacional. La señora de ese hombre nos invitaba con comida, ella nos quería muchísimo, si hasta sabíamos dormir en su casa. Después estuve trabajando cinco años con ellos”, rememoró más adelante doña Carmen.
Con el paso de los años su padre pudo contar con más animales y salió a la búsqueda de un campo donde criarlos, así llegó a la zona de Las Taguas, en los alrededores de nuestra ciudad, campo entonces fiscal, por lo que la familia se estableció hasta el día de hoy en ese lugar.
“Ese lugar lo había ocupado antes don Lino Lima, pero él se había ido más abajo. Cuando llegamos había una piecita donde dormían los animales, tuvimos que limpiar todo, dormir a la intemperie hasta que pudimos acomodarnos. Después empezamos a levantar, de a poco, las casitas, a sembrar, a plantar árboles
Doña Carmen se casó con Feliciano Figueroa (fallecido), hijo de Carlina Verdugo y Gumercindo Figueroa. Tuvieron seis hijos: Carlos, José, Feliciano, Nilda, Norma y Josefina. Su esposo trabajó en el vivero forestal, fábrica Grassi y vialidad, donde se jubiló.
Después de haber vivido en distintos lugares de nuestra ciudad solicitaron un lote en el naciente barrio Sur, hoy Gustavo Bastías. Le concedieron uno sobre calle Maza, casi Fortín Malal Hué, donde hoy habita.
“Aquí hicimos todo con mi marido, me acuerdo que estaba embarazada de mi primer hijo y me venía en las tardes a plantar y regar árboles. Con el tiempo hicimos unas casitas de adobe y nos vinimos a vivir. Yo me dediqué a criar a mis hijos…poco a poco fuimos progresando”, expresó la mujer, en medio de innumerables
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