Edición Número 215 del 15 de Octubre de 2017

DELIRA DEL CARMEN “CHINA” ALARCÓN Vda. DE DÍAZ

Por Eduardo Araujo

DELIRA DEL CARMEN  “CHINA” ALARCÓN Vda. DE DÍAZ
El 3 de mayo de 1938, según su documento de identidad, nacía, en la entonces Villa de Malargüe que era distrito del departamento de San Rafael, Delira del Carmen Alarcón, hija de Camila Canales y de José Alarcón.

“Cuando tenía dos año nació mi hermana, que se llamaba Esperanza, y falleció mi mamá. Nos criamos con mi abuela, que vivía en la calle Telles Meneses. Mi abuelita se llamaba Martina Valdez, era la madre de mi papá. Ella conversaba que cuando era chica vivía para el lado de Río Grande, pero después se habían venido al pueblo. Mi papá se volvió a casar y tuvo otros seis hijos, pero con mi hermana decidimos seguir viviendo con la abuelita, estuve con ella hasta los 17 años que terminé la escuela Rufino Ortega, me acuerdo que terminé sexto grado en el pasillo por donde ahora se ingresa al Concejo Deliberante y no teníamos calefacción. En esos tiempos nevaba mucho y el frío se sentía mucho, es que tampoco teníamos ropa como la que hoy existe, antes era todo tejido. Tuve de maestras a la señora de Olga de Bastías, Inés Basotti de Santiago, eran muy buenas. Me fui a trabajar a Mendoza, estuve cuatro años allá cuidando chicos, limpiando la casa y de paso iba a la escuela secundaria. Trabajaba con el Ing. Vergara, que había sido jefe de la Comisión Nacional de Energía Atómica, aquí en Malargüe. Conocí a la familia por intermedio de Hugo Ávila, que era el marido de Chiquita González. La gente era muy buena, adonde iban me llevaban”, comentó doña “China” cómo cariñosamente le dicen quienes la conocen.
Una de sus tías paternas tenía puesto en la zona de estancia Las Chacras donde era habitual que fueran a visitarla, caminando.
“La abuela y la tía se manejaban con verduras que sembrábamos, también plantaban trigo. El pueblo de Malargüe era bien chico. La sala de primeros auxilios estaba en la calle Nueva Creación, en lo que eran las casas de don Salomón. Me acuerdo que hasta que se hizo el que ahora es el hospital viejo cruzábamos ese lote que estaba baldío para acortar camino cuando íbamos a la escuela Rufino Ortega o a la salita donde había un solo médico. Mi padre fue chofer de la ambulancia del hospital, yo me acuerdo de cuando estuvo el Dr. Quiroga, cuando llegó el Dr. Luskar. Cuando hicieron el hospital fue toda una novedad, me parecía grandísimo. En las casitas donde ahora tiene el consultorio el Dr. Hugo Guiñazú (Saturnino Torres Este al 400), que le decían casitas de la cooperativa, vivían maestras que daban clases en la escuelita. Esas casitas eran un lujo porque casi todas las otras que había aquí eran de adobe, algunas de piedra, tipo ranchitos. Para el lado del ferrocarril todo era playa, nosotras íbamos a buscar leña. Cuando llegó el ferrocarril anduvimos en una maquinita que le decían la zorra. La novedad fue el día que vino el primer tren ¡No sé de donde salió tanta gente! Se vivió como una fiesta muy grande. La estación estaba nuevita y era muy linda, era normal que la gente fuera a ver llegar cada tren”, acotó la mujer.
Al referirse a su padre expresó: “Mi papá fue chofer de la ambulancia por cerca de 40 años, compartía esa trabajo con don Narciso González. Vivía en la calle Cmte. Salas con su otra señora y mis otros hermanos, con mi hermana íbamos de visita, nunca nos hizo faltar nada. Tenía que salir a buscar gente enferma a todas partes, trasladar a los enfermos a San Rafael cuando hacía falta. Los caminos no eran buenos y salía con nieve, con lluvia. Había una sola ambulancia para todo Malargüe, imagínese como era ese trabajo”.
Al regresar de la ciudad de Mendoza conoció a Isidro Díaz, con quien se sacó a la edad de 22 años.
“Nos casamos en la Iglesia que estaba en la entrada a Malargüe. Nos fuimos a vivir a Carapacho, donde él tenía toda la familia. Vivimos en el puesto Los Baguales. Los primeros meses fueron muy difíciles, en las tardes me daban unas ganas inmensas de venirme. Nunca había hecho el trabajo de campo. No sabía agarrar una tijera para esquilar, carnear, ahijar chivitos, tejer. Todo lo tuve que aprender. El padre de mi marido se llamaba Wenceslao Díaz y la madre Isabel Olivera. Mi suegra, que era muy buena, me enseñó muchas cosas, a mi me gustaba aprender. Tuvimos dos hijas, Isabel, que sigue en el puesto, y Teresa, que vive aquí en la finca. Tengo cuatro nietos (Oscar, Maricel, Mauricio y Mónica) y cinco bisnietos (Tomás, Camila, Lourdes, Victoria y Valentina). Los inviernos eran bien duros entonces hilaba y tejía, hice muchos trabajos. En la laguna había cantidad de nutrias, lo que menos había es lo que más hay ahora, chanchos jabalí. La piel de la nutria valía como mucho, como valía la piel del zorrino, del zorro, las plumas, los cueros de chivitos chiquitos, ahora ni los cueros de chivos compran” comentó la mujer que hace 10 años enviudó.
Doña “China” fue alfabetizadora cuando en Carapacho no había escuela y junto a su esposo cedieron el espacio físico para que en la década de 1990 comenzara a funcionar el establecimiento educativo primaria de aquel paraje recostado sobre la margen sur de laguna Llancanelo.
“Habían muchos chicos y no teníamos escuelas, entonces nos poníamos en las tardes con cuaderno, lápiz, goma, algunos pocos libros y yo les enseñaba para que aprendieran a leer. Después hubo un plan de alfabetización que nos llevaban cartillas y daban algunas lecciones por radio. En mi casa les ponía mesas y sillas a los chicos y completaban esas cartillas. Muchos chicos aprendieron a leer y a escribir con lo que yo les enseñé. Mis hijas también aprendieron conmigo porque mi marido nunca quiso que se fueran a estudiar. Las familias de Carapacho luchamos mucho para poder tener una escuelita, la gente tenía que mandar a los niños a la escuela de El Nihuil. Cuando se creó la escuelita, que pusieron de maestro a Darío Yantén y su señora Norma, con mi viejo decidimos darles lugar para que empezaran. Se puso un mástil y se comenzó dar clases a ocho niños. Sufrieron mucho, la pasaron mal, es que venían de tener agua corriente en la casa de ellos y tuvieron que venir a sacarla de un pozo. No había electricidad. Darío y Norma se portaron muy bien con nosotros y con la gente de Carapacho, lucharon mucho para tener una escuela con albergue”, evocó doña “China”.
Sobre el final de la entrevista dejó un mensaje “los chicos, los más jóvenes, todas las personas tienen que escolarizarse. Sin educación la persona no es nada, no ha sido antes, no es, ni va hacer nada. Siempre hay oportunidades para estudiar, no importa la edad, más con tantas posibilidades que hay hoy en día”.

Eduardo Araujo Eduardo Araujo




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