ALICIA VIDELA VDA. DE IRIARTE

Por Eduardo Araujo

ALICIA VIDELA VDA. DE IRIARTE
Iris Alicia Videla nació el 20 de setiembre de 1937, en la ciudad de Mendoza, aunque su familia era de Villa Atuel. Sus padres fueron Alicia Ortiz y Vicente Videla. Tuvieron otros cuatro hijos: Oscar Luis, Osvaldo Domingo, Marta Élida y Carlos Vicente. Los tres varones han fallecido.

Don Vicente fue contratista de viña en la finca propiedad de Roberto Arizu, en el paraje La Guevarina, distrito de Villa Atuel, departamento de San Rafael.
“Donde mi familia vivía había mucha viña y nos quedaba muy lejos la escuela, entonces me mandaron a la casa de mi abuela materna, que se llamaba Bruna. Vivía en la calle Belgrano de la ciudad de San Rafael, frente a la escuela Olegario Víctor Andrade. Cruzaba a la calle y entraba a la escuela. Tenía siete años cuando me fui a vivir con mi abuela. Con ella también vivían mis tíos Armando y Carlos, hermanos de mi madre, también estaba el tío Ignacio Acuña, que era sobrino de mi abuela, su familia vivía en el campo y él trabajaba en el Banco de Préstamo. Todas las vacaciones las pasaba en la casa de mis padres”, contó doña Alicia al inicio de la extensa conversación que mantuvimos en una primaveral tarde de octubre.
En el inicio de la escolarización hubo algo que la marcaría para siempre, sin que ella lo hiciera consciente en ese momento, tuvo a cargo el botiquín de la escuela, una cajita pintada de blanco con una cruz roja en la tapa. Tenía que acudir con esa caja cuando alguien sufría una pequeña lastimadura o necesitaba una venda. En el colegio fue campeona de payana (Juego de niños en el que los participantes deben hacer diferentes combinaciones con cinco pequeñas piedras que lanzan al aire y deben recoger mientras caen, agarrando al mismo tiempo otras que están en el suelo), siendo zurda.
Al culminar la escuela primaria retornó a la casa paterna.
“En la finca donde trabajaba mi padre eran 17 contratistas, ahí todo el mundo iba a trabajar, menos en mi casa. Mi papá dijo –Las mujeres de esta casa son para hacer tareas en la casa, los hombres son para la viña- Por eso yo nunca fui a trabajar en la viña. Me quedé con mi madre, aprendí hacer las tareas de la casa. Me mandaron a una profesora de corte y confección, aprendí costura, tenía 14 años. Lo primero que hice fue, de un guardapolvo viejo de mi hermano mayor, una camisa a mi hermano más chico. Mi mamá tenía una máquina de coser a pedal, cuando llegó ya la había cosido ¡Se quería morir porque había roto un guardapolvo! Pero la camisa ya estaba hecha y le quedaba perfecta (risas). Después le empezó a comprar tela, a un turco Sat que iba vendiendo en una carretela por las fincas. Cosí mucho para mi familia. Otra cosa que hacía en mi casa eran las compras, iba a los almacenes que había en La Guevarina en bicicleta. Las bicicletas de antes eran pesadísimas, con unas ruedas anchas y todas aceradas. Mi mamá tenía jardín, me gustaban mucho las plantas, como me siguen gustando ahora. Teníamos que hacer las conservas de tomate y fruta. Mi papá tenía huerta, cerrada con cañas para que no ingresaran los animales, y se sembraban todo tipo de verduras”, acotó más adelante
La única distracción que había en la zona era ir todos los domingos a ver partidos de fútbol.
“La única diversión que teníamos los jóvenes, domingo por medio, era ir a la cancha. Mi mamá era la que iba con nosotros y las otras chicas que vivían en las fincas cercanas, después las madres o los padres venían a buscar a las niñas a mi casa. Era muy común que se fuera en familia ver el fútbol. El arquero del equipo de nuestra zona era un flaco muy lindo, un churro, el Mauricio Ignacio Iriarte, que fue mi marido. Él había nacido en Alvear, eran cinco hermanos, tres mujeres y dos varones. Tenía un contrato de viña cerca de mi casa, en lo que se llama ´La vuelta de la Guevarina´. Me gustaba mucho, pero en esa época las chicas éramos muy reservadas. Resulta que como era la mandadera de la casa un día Ignacio me dice –La puedo acompañar- y yo le respondí –La calle es pública, si Ud. tiene que ir para allá yo no se lo puedo impedir- Me acompañó, me preguntó el nombre y empezamos a conversar. Cuando llegué le conté todo a mi mamá , porque yo era muy confidente con ella. Al tiempo nos pusimos de novios. Me acuerdo que me pidió casamiento y yo le pedí un día para pensarlo, me moría de ganas de casarme, pero tenía que hacérselo difícil, no fuera a pensar que yo era una mujer fácil (risas). Fue el primer y único novio que tuve. Nos casamos y nos fuimos a vivir en la casa de la Vuelta de La Guevarina. Mientras vivíamos en esa casa nacieron mis primeros tres hijos: Hugo, Ana y Armando (falleció electrocutado a la edad de 15 años en la cancha de tenis que se ubicaba en el predio del Aeroclub Malargüe”).
Con gran sacrificio comenzó a enviar a sus hijos a la escuela religiosa de Villa Atuel, distante unos 10 kilómetros de su hogar. Ana tuvo una enfermedad renal, por lo que las religiosas del colegio, donde la pequeña concurría, le enseñaron a Alicia a poner inyecciones.
Tiempo después, debido a que su madre enfermó de cáncer, se trasladó con su familia a la ciudad de San Rafael para cuidar de ella. Su esposo, que sólo sabía del trabajo de la vitivinicultura, tuvo que salir a buscar un oficio, gracias al sacerdote de la parroquia de Lourdes, aprendió el de albañil.
El cáncer terminó con la vida de Alicia Ortíz. Al mes de ese suceso, quien había sido en vida su esposo sufrió una enfermedad que lo dejó paralítico. Alicia de Iriarte, que mientras su madre estaba enferma había estudiado enfermería por correspondencia tuvo que hacerse cargo del padre. Al cabo de un tiempo su hermana Marta la reemplazó, dado que los Iriarte partieron a Malargüe.
“Nos vinimos a vivir a El Chacay, porque los Salomón contrataron a mi marido para que levantara un galpón grande en la estancia, al lado pusieron una balanza y él también se encargó de esa obra. No sabíamos dónde quedaba ese lugar, me acuerdo que como los chicos estaban en la escuela primero vino mi marido. Un día domingo lo vinimos a ver, me gustó el lugar y al terminar las clases nos vinimos todos. Con mis conocimientos de enfermería tuve que ayudar a curar un caballo muy fino que tenían los Salomón, porque se había lastimado una pata. El Dr. Hugo Pierini era el veterinario, me dio las indicaciones y todos los días hice las curaciones hasta que quedó bien (risas)” dijo al recordar su arribo a nuestro departamento.
Al concluir las obras de albañilería, la familia se radicó en nuestra ciudad, habitando una casa ubicada en la esquina de Adolfo Puebla y Fortín Malal Hué. Aquí nacería su hijo Mauricio y más tarde llegaría una hija del corazón, Noelia. Don Iriarte comenzó a realizar trabajos de albañilería en forma independiente y ella tomó un trabajo como cocinera en el hospital Malargüe, al poco tiempo, cuando se produjo una vacante, comenzó a ejercer su profesión de enfermera en ese nosocomio. Previamente lo había hecho en el entonces Sanatorio Andino, que se ubicaba en Av. San Martín entre Salas e Illescas, donde hoy funciona un hotel.
“Fui a cocinar al hospital. Después empecé en la enfermería, estuve muchos años en la guardia. Teníamos que ir con nieve, con lluvia, con viento. A la guardia de un hospital llega todo, desde un nacimiento, que es lo más lindo de presenciar, hasta alguien sin vida. Puede ser un trabajo duro para quien no le guste, pero como yo amé mi trabajo nunca me costó. Yo creo que nací para ser enfermera, tal vez por eso cuando ingresé a la escuela me hice cargo del botiquín. Recuerdo que una vez estando en el servicio, de noche, llegó una mujer a punto de dar a luz. Como Yolanda Celis, que era la obstetra, estaba de pasiva en su casa la hice pasar a la mujer. Subió a la camilla e inmediatamente se hizo parto. Tuve que recibir a la criatura sola. No sabía que ese parto era de alto riesgo, porque era el hijo número 13 de la señora y ella tenía 48 años”, comentó doña Alicia, al repasar una de tantas anécdotas en el servicio de guardia.
Durante 28 añoscumplió con su trabajo en el hospital Malargüe, hasta el momento de su jubilación.
Hoy, viuda, tiene 13 nietos y 4 bisnietos. Vive con su hijo Mauricio. Se encarga de cuidar sus plantas y evoca con nostalgia el servicio que prestó a nuestra comunidad, y a tantas personas en San Rafael, mediante su profesión de enfermera.

Eduardo Araujo Eduardo Araujo




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