HISTORIA DE VIDA


Edición Número 217 del 15 de Noviembre de 2017

MANUEL LISANDRO VILLAR
MANUEL LISANDRO VILLAR
Eduardo Araujo

Por Eduardo Araujo

Manuel Lisandro Villar nació el 10 de setiembre de 1923, en el paraje de Chalahuén, en proximidades del paraje El Manzano, a unos 100 kilómetros al sur de la ciudad de Malargüe. Sus padres fueron Ana María Verdugo y Juan Eustaquio Villar. Sus hermanos fueron Amadeo, Juan María y Marcos.

“Mi mamá falleció de 106 años. Mi papá se heló cuando tenía 70 años y falleció, lo agarró una nevada muy grande, se mojó todo y terminó congeladito el pobre”, nos reseñó Don Lisandro.

Siendo un niño comenzó a ganarse la vida por sí mismo.

“Resulta que el “turco” Salomón (por Abdón Salomón) le mandó a pedir un hijo al papá, con la promesa que me iban a mandar a la escuela, pero yo nunca fui, aprendí a leer y firmar siendo grande. El papá me vino a traer a Malargüe y me dejó en la casa del “turco”, que tenía una tienda muy grande. Yo fui mozo de mano, tenía que cebarle mate al que estuviera atendiendo la tienda, llevar leña a la cocina, regar las plantas, cuidando caballos, para eso me tenían. Al negocio llegaban muchos puesteros del sur que traían cargas y se llevaban la mercadería, era un ir y venir de gente. Estuve tres años sin ir a la casa de mis padres ¡Sabe lo duro que era para un niño estar tres años sin ver a su familia! En esa época no había rutas para vehículos ni nada. Para cruzar el río Grande teníamos que ir hasta La Pasarela, porque no estaba el puente de Bardas Blancas, y si no se lo vadeaba. Cuando yo fui, después de tres años, ya estaban haciendo el puente del río Grande en Bardas Blancas. Me acuerdo que llegué al puesto y mis padres se habían ido a la sierra. No sé cómo se enteraría el papá que yo estaba ahí y me mandó a buscar con un muchacho de apellido Guajardo. Mi padres tenían veranada en al arroyo Ragüe, pa´ arriba. Mi padre iba dos veces al año a Chile a traer poroto, frijol, trigo y toda la mercadería, hasta la uva traíamos en el soborno. Íbamos a Talca o Linares, tardábamos como 13-15 días. La yerba se traía en barrica y el azúcar en cajones manzaneros ¡Era un trabajo eso de cargar y descargar cada vez que alojábamos en la noche! En mi casa se velaba a la Virgen del Perpetuo Socorro, que estaba en un cuadrito. En esas fiesta yo tañía la guitarra (Teñir: Cuando alguien canta, haciéndose acompañar por el sonido emitido por las cuerdas de una guitarra, otro la golpea cerca del puente llevando el ritmo, donde van ancladas las cuerdas, es la parte más ancha de esta, con las yemas de los dedos). Habían viejas cantoras, en la noche de la velada se alumbraban con un candil y a la virgencita le hacían una vela con un molde, que se llenaba de grasa y en el medio le ponían un pabilo con una mechita. Nos criamos prendiéndole velas a esa Virgen, la gente le tenía mucha devoción” relató don Lisandro en el inicio del diálogo que mantuvimos en la casa de uno de sus hijos en el barrio Martín Güemes, días pasados, mientras compartimos unos exquisitos mates.

La familia Salomón era propietaria de Estancia El Chacay y allí trasladaron al joven Villar cuando tuvo la edad suficiente para realizar labores de mayor esfuerzo.

“La estancia era muy grande. Sembraban papas, trigo. El trigo lo traían a Malargüe para molerlo. Tenían como 6.000 ovejas, vacas, cabalgares. Los vacunos mestizos los criaban cerca del casco de la estancia y los criollos los mandaban para el ciénego (terrenos ubicados hacia el este de la estancia). Habían ovejeros y encargaos de la hacienda, pero yo tenía que ir a controlarlos, día por medio. Se trabajaba de sol a sol. Yo llegué a saber todo el movimiento de la estancia, me querían poner de encargao´. Los turcos viejos, don Abdón Salomón y doña Matilde Ruíz, eran muy buenos conmigo, pero uno de los hijos se portaba muy mal conmigo y una noche me cansé, es que yo ya era grande y empecé a tener malas ideas con él, tenía ganas de apuñalarlo o hacerle algo, entonces pensé que no podía seguir así. Decidí irme a buscar trabajo con un contratista de ellos, que era de Buenos Aires. El hombre me dio trabajo. Ahí nomás me dijo que atara una yunta de bueyes y fuera a rebuscar papas. Ahí conocí la plata, porque antes no cobraba nada”, expresó el hombre de 94 años y una memoria prodigiosa.

Tiempo después se empleó con los hermanos Vidal, que sembraban papas en proximidades del arroyo La Bebida.

“Después me empleé con Juan y Custodio Sánchez, que eran compadres y hermanos. Ellos me llamaron para que les llevara los animales a la sierra. Me llevaron a Carqueque donde tenían la veranada. Me quedé con Juan Sánchez, cuando él se vino pa´ bajo me dejó 300 corderos para que se los entregara a unos chilenos que se los habían comprao´. Cayó una nevada muy grande y se me helaron la mitad de los corderos en un cañadón donde los metíamos. A los días llegó Juan Sánchez, que se había tenido que ir por la costa del río de tan profunda que estaba la nieve. Me preguntó cómo me había ido y yo le dije que muy mal por la mortandad de animales. Él, que era un hombre muy bueno, me dijo que no me hiciera problema, que la nevada había sido muy grande y que mientras yo estuviera bien lo demás no importaba. Se quedó conmigo unos días hasta que la nieve empezó a bajar, rodeamos los animales y bajamos a la invernada. Estuve unos meses ahí y Josecito Sánchez, que tenía el bar en la San Martín, me acompañó con una carguita de cueros que yo traía. La hija de don Juan, la Juanita, que era casada con un gendarme, me pagó porque el viejito me había dado un papelito para que ella pagara” acotó después.

Más adelante trabajó en una yesera, en proximidades de El Chihuído y luego, durante más de tres años, participó en la construcción del dique Blas Brísoli, emplazado sobre el río Malargüe. Inmediatamente pasó a trabajar en los inicios de Industrias Siderúrgicas Grassi. Paraba en el alojamiento que tenía Julio Arteaga, en inmediaciones del bar de Sánchez (Av. San Martín y Cmte. Salas).

Durante 30 años fue empleado de la Dirección Nacional de Vialidad.

“Cuando me llamaron de Vialidad dejé de trabajar en la fábrica (Grassi). 30 años estuve hasta que me jubilé. Con orgullo puedo decir que nunca, nunca me echaron de un trabajo. Se terminaba un trabajo y al otro día ya salía a trabajar en otro lugar. Cuando entré en Vialidad estaba de sobrestante don Medero, yo manejaba un tractor. Se ve que de chico ya estaba predestinadito a trabajar en el camino, me acuerdo que cuando estaba en el puesto de mi padre empezaron a hacer la ruta 40, andaba un ingeniero Omati (hace referencia al Ing. Líbero Omati) a cargo de la obra. Nosotros como no conocíamos los rastros de los vehículos veníamos a donde tenían las máquinas, cuando ellos bajaban de franco, para poder conocerlos. Aprendí a manejar un tractor. También calentaba el asfalto en la caldera que había en Buta Billón. Estuve 13 años en el campamento de Vialidad frente a la Puntilla de Huincán, estuve solo de caminero, tenía que tapar los baches del pavimento. Antes se trabajaba muy bien, no como ahora que suelen tapar los baches con arcilla colorada. Yo me fui muy bien de Vialidad, si cuando me jubilé me recomendaron para una empresa y cuando venía a Malargüe me llevaban la mercadería en los camiones de la repartición”, acotó don Lisandro.

Amante de las carreras de caballo supo tener dos de su propiedad que hicieron historia en la zona sur de nuestro departamento, “Arbolito” y “Pituco”, que eran de procedencia chilena.

El hombre contrajo matrimonio, en Bardas Blancas, con Elcira del Carmen Méndez, con quien tuvo cuatro hijos: Andrés, Manuel, Marcos y Esmeralda que le han dado 15 nietos, 29 bisnietos y otros tres “que están por nacer”.

Se destaca por su buen humor y picardía. Recuerda cientos de anécdotas. Es un malargüino que con sus manos y esfuerzo silencioso ha contribuido generosamente al desarrollo de nuestro departamento. Un pionero anónimo que hemos querido rescatar en el marco de los festejos de los 67 años de la segunda fundación de nuestro querido Malargüe.
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