HISTORIA DE VIDA

MARIA “MARUCA” DE ZABALA
MARIA “MARUCA” DE ZABALA
Eduardo Araujo

Por Eduardo Araujo

En las siguientes líneas, estimado lector, le propongo conocer una historia de vida donde el eje central es una historia de amor casi de película, una historia de amor humano que pudo derribar fronteras, relatada en primera persona por una mujer que tiene 84 años y la misma vitalidad de cuando dio rienda suelta a ese amor.

María Encarnación Contreras Acevedo nació el 26 de abril de 1933, en Santiago, la capital de Chile. Hija única del matrimonio que habían formado María Esther Acevedo y Enrique Contreras Carrasco. Desde niña en su familia le pusieron el apodo de “Maruca”, con el que hoy se la conoce en nuestra ciudad. Tenía nueve meses cuando su padre se fue de su casa y recién lo volvió a ver cuando tuvo 17 años. La mamá formó otra pareja, con quien no tuvo hijos y el padre hizo lo mismo, dándole tres hermanos con los que compartió esporádicos momentos.

“Mi papá Enrique era contador del Banco Nacional de Chile, después se fue a Villarrica y más tarde a Concepción a llevarle la contabilidad a un hermano, mi tío Moisés, que se sacó cuatro veces la lotería. Mi tío había empezado vendiendo pan en una carretelita en Santiago y después tuvo una fábrica de pastelería en el sur de Chile, construyó cuatro edificios de departamentos. Mi papá tuvo un negocio en Chiguayante, que se lo atendía la otra señora que tuvo cuando se separó de mi mamá. Me había abandonado siendo prácticamente una bebe y lo volví a ver siendo una jovencita ¡Las cosas que le dije! Pero lo perdoné y después nos empezamos a visitar”, relató María Encarnación.

Estudió en el Liceo María Auxiliadora de Santiago. Luego hizo hasta tercer año de humanidades.

“ Yo me recibí de sastrería infantil, en lugar de ponerme un taller, comencé a trabajar en una fábrica, de la mañana a la tarde, para poder tener mi platita. Con mi mamá vivíamos en pleno centro de Santiago, a 10 cuadras del Palacio de la Moneda (sede el Poder Ejecutivo de Chile)”, acotó resumiendo sus primeros años de vida.

Cuando “Maruca” tenía 22 años llegaría a su vida el amor que sería para toda la vida. En ese entonces llegó a su barrio un hombre que se llamaba Luis Zabala, que se dedicaba a arreglar máquinas de coser y comenzó a frecuentar la casa de la jovencita, entablando una amistad con la familia. Don Luis era argentino. Para hacer más fácil el desarraigo en el vecino país tenía fotos de su familia en lugares visibles de su hogar. Una de ellas llamó la atención de la joven, la de Ángel Santos Zabala, nacido en el departamento de Guaymallén y que vivía en Malargüe junto a sus padres y hermanos. Ángel era sobrino de don Luis, viudo y tenía dos hijos, según le contó el hombre, cuando ella se mostró interesada en la foto.

Así relató nos relató la mujer ese momento: “Yo me enamoré de Ángel cuando vi esa foto, fue algo que no puedo explicar con palabras. Don Luis era tío de mi marido, hermano de mi suegra. Siempre yo le decía cuando lo va a traer a su sobrino. Le di una foto mía para que se la mandara a Argentina. Él era seis años mayor que yo. Un día apareció Ángel en Chile, junto con dos amigos más. El día que nos vimos por primera vez nos dimos la mano y conversamos un ratito. Después pudimos estar solos y nos pusimos de novios. Acordamos seguir en contacto mediante cartas. En esas cartas nos contábamos lo que nos pasaba, lo que nos extrañábamos uno a otro. Le decía que no encontraba la hora que me fuera a buscar. Estábamos muy enamorados. Le mandaba fotos”.

Una de esas fotos, fechada en 1957, dice en el dorso “cariñosamente le dedico esta foto a mi amor, con todo aprecio y cariño de su amorcito”. Firmado Maruca”.

“Estuvimos de novios, viéndonos en dos o tres oportunidades, durante dos años. Cada uno tenía sus amistades. Yo tenía mis amigos del barrio, siempre salíamos a bailar, a la Quinta Recreo donde tocaban las mejores orquestas. Bailaba con un chico que era marinero, la gente se paraba a mirarnos de tan bien que bailábamos (risas). Antes de conocer a Ángel tuve muchos novios, pero ningún hombre, al único que me entregué como mujer fue a mi marido, me supe cuidar. Mientras estuvimos de novios yo y su tío Luis le insistíamos que se fuera a vivir a Chile, pero Ángel siempre quiso vivir en la Argentina. Nos casamos en la Iglesia de San Rafael Árcangel, en la Av. Matta, de Santiago. Pasamos la luna de miel en Chile y después nos vinimos a Argentina, que yo no conocía. Llegamos en un auto de la empresa CATA, que lo iba a buscar a uno a su casa y lo traía a Mendoza. Llegamos a la casa de una tía de mi esposo, que era viuda y después nos fuimos a un hotel. Me acuerdo que esa fue la vez que conocí el Cerro de la gloria y paseamos por la ciudad de Mendoza. Después nos vinimos a San Rafael, donde Ángel tenía otros parientes. Al otro día salimos para Malargüe ¡Me quería morir cuando llegué acá y me bajé del micro. La plaza San Martín estaba llena de vacas y caballos, todo de tierra! (risas). Mis cuñadas, que nos habían ido a esperar al colectivo, nos acompañaron por la calle Saturnino Torres. Me hundía en la calle por los tacos que traía puestos (más risas). Llegué a la casa de mi suegra (calle Saturnino Torres entre Av. Rufino Ortega y Amigorena costado norte), saludé y no le dije nada a mi marido que no me había gustado Malargüe, hasta que estuvimos solos en el dormitorio. Él me dijo –es cosa de acostumbrarte, ya estamos acá- . Me costó mucho el cambio. En Santiago de Chile vivía como una reina, aquí tuve que aprender a cocinar en un calentador, no tenía horno. Tuve que aprender las costumbres, adaptarme a otro sistema de vida, pero estaba enamorada de Ángel y eso me hacía feliz”, nos dijo doña “Maruca”.

Seguidamente agregó: “Una anécdota que tengo es que mi marido me decía que un paseo que había aquí era ir a la playa a esperar el tren. Resulta que cuando veníamos de San Rafael para Malargüe vi La Salina y yo creí que eso era el mar de la Argentina. Cuando un día me dice preparate que vamos a ir a la playa, yo me arreglé toda. Nos fuimos a la estación del tren y entonces le dije –Ángel dónde está la playa- Y él me dijo –Esto es la playa, a esto se le llama la playa del ferrocarril- ¡Que desilusión más grande que me llevé! Ahí supe que la gente le llamaba playa al lugar donde estaba la estación y donde se cargaban y descargaban los vagones (risas)”.

Ángel Santos Zabala era mecánico en la Comisión Nacional de Energía Atómica y también responsable de proyectar películas en cine Avenida, fue un hombre muy guapo.

Así lo describió María Encarnación “era un hombre hermoso y muy trabajador. Además de esos trabajos sembró papas, hizo huertas. Al poco tiempo de vivir juntos aquí empezamos a buscar un terrenito para levantarnos nuestra casita y compramos donde hoy vivo (Av. Rufino Ortega entre Capdeville y Batallón Nuevas Creación). Nos vinimos a vivir con revoques, sin pisos, la puerta era un elástico de camas. Cuando llegamos todo era campo, a la vuelta vivía la abuela Paula Oyola, que fue amiga mía. Yo quería trabajar. Fui al Dr. Luskar y me dijo -Ud. tiene que quedarse en su casa para cuidar a su marido y sus hijos. Le hice caso me dediqué a la casa, a criar a mis hijos y a los que tenía Ángel de su otro matrimonio”.

Ángel y Maruca tuvieron cuatro hijos: Enrique (fallecido), Blanca (su hermano mellizo falleció) y Roberto.

“Mi mamá me acompañó en cada nacimiento de mis hijos, se quedaba tres meses para ayudarme. Cuando se hizo grande la fui a buscar para que viviera conmigo y falleció aquí en Malargüe. Mi marido fue un hombre muy bueno. Nunca peleamos. Yo entiendo que la mujer tiene que ser cariñosa, atenta, economizadora y tener todas las cosas de la casa en orden. Ese fue el secreto de nuestro matrimonio”, acotó sociable mujer, a quien le gusta hasta el día de hoy bailar, asistir a fiestas y hacer regalos.

“Aprendí cerámica en la municipalidad, me gustan mucho los jarrones. También me gusta la cocina, por ahí le hago a mi familia los porotos con riendas (preparación en base a porotos y fideos tipo tallarines), la carbonada, porotos graneados (preparación en base a porotos, maíz y zapallo), queque (especie de bizcochuelo), que son comidas que se hacen en Chile. No extraño para nada el país donde nací, tengo la nacionalidad argentina. Yo estoy muy contenta en Malargüe, aquí tengo mi familia y con todas las dificultades que pasé al llegar puedo decir que aquí fui feliz”, dijo al finalizar una entretenida conversación que compartimos junto a su hija Blanca y una de sus nietas.
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