HISTORIA DE VIDA


Edición Número 219 del 15 de Diciembre de 2017

JOSÉ LUIS OLLARCE
JOSÉ LUIS OLLARCE
Eduardo Araujo

Por Eduardo Araujo

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“Yo nací el 03 de marzo de 1932 en La Junta de El Sosneado, antes se le decía así a La Junta, nosotros vivíamos en la Loma Negra. Mi mamá se llamó Antonia del Carmen y mi papá Francisco Ollarce” expresó don José Luis Ollarce al dar inicio al relato de su Historia de Vida.

En total fueron siete hermanos, el mayor falleció de pocos meses, luego vino al mundo él y le siguieron Graciela (fallecida), Juan, Ramona (fallecida), Adán y Everilde del Carmen.

“El finadito papá de chico me comenzó a sacar al campo, me ataba arriba de un caballo y me sacaba de tiro con él, después me largaba solo. Me las tenía que arreglar por mí mismo cuando me tocaba bajar, entonces buscaba alguna cortadera o algún altito para volver a subir. Tenía un caballito muy mansito, se quedaba quietito hasta que subía. Me acuerdo que la mamá, a veces, me salía a encontrar cuando me veía que estaba volviendo a la casa con el caballo de tiro. A los 15 años ya comencé a hacer trabajo de campo, que era el trabajo que salía antes. En esos tiempos había muchas majadas, el que menos tenía sumaba una 2.000 ovejas. Después la gente fue terminando las ovejas porque empezó a valer el chivo. La oveja se atendía a campo, mientras que la cabra se atendía en la casa, además las ovejas eran más andariega que las cabras. Los que tenían veranada llevaban las ovejas a la sierra. Había mucho trabajo en las esquilas, a veces costaba encontrar esquiladores de tanto trabajo que había”, rememoró después.

Inmediatamente agregó: “El camino que venía de San Rafael era la misma huella que reparte en Las Taperas del arroyo El Alamito (Nota de Redacción: sitio donde comienza el actual acceso a la localidad de La junta y la ruta nacional 40. Ese punto se denomina Las Taperas debido que en sus inmediaciones se ubicaban las ruinas, hoy inexistentes, de el Fortín Gral. San Martín, también conocido como El Alamito fundado en 1876 a instancias de Julio Argentino Roca por el Tte. Cnel. Luis Tejedor, quien dejó como encargado al entonces Sargento Mayor Saturnino Torres). Era un huellita, de tierra, que también pasaba por la Loma Negra. En la zona de los salitrales había veces que no podían pasar los vehículos, andaban muy pocos vehículos, no como ahora que casi todos tienen un auto. Ese camino salía a El Nihuil. Esa zona donde nosotros vivíamos el río Atuel tenía ciertos pasos, pero a veces traía tanta agua que había que cruzarlo a caballo casi a nado. Me contaba el papá que antes por esa huella iban los carros tirados por mular cargaditos de cueros a San Rafael y de allá se traía la mercadería. Me decían que cuando un carro se enterraba en los salitrales le sabían poner hasta 12 mulas para sacarlo. Eso me lo contaron, yo no lo vi, aunque sí supe ver algunos carros tirados por mulas que usaba la gente de campo para hacer su trabajo”.

Tuvo, según sus palabras, el “honor” de realizar el servicio militar obligatorio, en el regimiento ubicado en Cuadro Nacional, San Rafael.

“Yo quería que el servicio militar me tocara lejos para conocer otros lugar, pero tocó cerquita (risas). Cuando empezaron a pasar los días comencé a echar de menos la casita y me dije menos mal que no me tocó tan lejos (risas). Estuve un año y meses cumpliendo con ese deber. Cuando hicimos las prácticas, en Los Reyunos, me tocó encargarme de llevar mulas con cargas. Como estaba acostumbradito a trajinar (trabajar) con animales no tuve problema, porque habían algunas mulas muy mañosas, pero los muchachos que no estaban acostumbrados sufrían muchísimo. Cuando me tocó hacer el servicio mi papá vivía, junto con un hermano de él, en Los Pocitos. Ahí estuvo 15 años y nos terminamos de criar nosotros”, dijo.

Tras haber concluido con el servicio militar, en 1955 don José Luis se casó con María Rogelia Ollarce y se trasladó a nuestra ciudad. Buscó empleo en una mina de plomo, donde permaneció por escaso tiempo debido a la precariedad en la que se encontraban las galerías por donde se extraía el mineral. Luego pasó a trabajar en Industrias Siderúrgicas Grassi. Al entrar en reparaciones un horno quedó suspendido, junto a todo el personal que llevaba poco tiempo de trabajo. Regresó al puesto paterno donde llegaría a buscarlo “Paco” López, yerno de Juan Sánchez, para que le realizara un trabajo, que así relató don José Luis: “Me fueron a buscar para que arriara unas ovejas hasta Buta Mallín. Hicimos trato y con mi hermano Juan decidimos hacer el trabajo. Salimos de El Sosneado con las ovejas y alojamos en el rio Salado. Al otro día alojamos a orillas del arroyo El Chacay. A la tardecita se armó una tormenta por el ladito de la montaña y nos agarró un poquito. Pasó y quedó todo despejadito. A la noche cambió el viento y trajo de nuevo la tormenta. Durante tres días se volvió aguacero de invierno, se nos murieron algunas ovejas. La última noche tuvimos que estar en vela junto a un fueguito que hicimos. Teníamos todo mojadito, desde la ropa hasta la montura. Cuando se compuso, tuvimos que esperar que bajara un poco el arroyo para seguir. La majada estaba muy debilitada. Vinimos a alojar al puesto de Jaque, ese que ahora está atrás de la cortina forestal. Después de hablar con “Paco” López y con don Juan Sánchez me ofrecieron trabajo en Buta Mallín, como me hicieron unas buenas propuestas me fui para allá. Cuando estaba allá se me murió mi señora, tuvo un derrame de sangre cuando fue a tener familia por segunda vez, porque ya teníamos a mi hija Eva, que en ese momento tenía un añito y algunos meses. Mi mamá me ayudó a criar a mi hijita. Nunca más me volví a casar porque me dije después de lo bueno que tuve jamás voy a volver a tener otra mujer tan buena. Mi señora fue una dama muy buena”

Para ese entonces sus padres se habían establecido en un puesto a escasos kilómetros al este de nuestra ciudad, sitio hoy propiedad de la familia Lineros.

“Cuando dispusimos terminar los animales mi papá consiguió el terreno donde ahora vivimos los todos los hermanos (en ruta nacional 40 sur junto al cementerio). Cuando llegamos a este lugar era todo algarrobo y nosotros desmontamos todo a mano. Al ladito hay una laguna chiquita, que según dicen los municipales antes la usaban para tirar basura. Don Domingo Zurita tenía pejerreyes en esa lagunita, ahora se ha hecho un totoral. En 1972 ingresé a Dirección de Bosques, donde trabajé hasta 1996, cuando me jubilé. Me tocó estar cuando se comenzó a plantar la cortina forestal. Para conseguir las plantas teníamos que ir donde había plantaciones de álamos y sacar renuevos, anduvimos por El Chacay, La Bandera, por todas partes sacábamos renuevos. Ese trabajo lo hacíamos a picota y pala. Íbamos todos los empleados y al terminar el día sacábamos un camión cargadito. Una vez nos agarró un temporal de nieve, en un rato cayeron como 30 centímetros de nieve y para sacar el camión, que se había quedado enterrado, tuvo que ir un tractor ¡Cómo nos mojamos también esa vuelta! Para plantar la cortina trajeron una máquina que hacía los surcos. Cuando estuvieron listos los surcos cada dos metros, más o menos, se hacia un pozo a barreta y se ponía el barillón de álamo, lo tapábamos y cuando el cuadro estaba completo se largaba el agua para que quedara firme. El trabajo ese creo que nos llevó como tres años. El agua se provechaba muy bien porque se ponía en un cuadro y cuando se terminaba de regar ese se pasaba al otro con lo que sobraba. Nosotros teníamos que cuidar que nadie hiciera daño y correr a los intrusos. El jefe que teníamos era el ingeniero Ramón Martínez, era muy exigente, pero tenía razón que había que cuidar bien esa cortina. Cuando se dejaron de hacer las cosas como se debía la cortina forestal se vino abajo ¡Mire en lo que es ahora esa que fue una hermosa cortina, es una lástima como está todo!”, puntualizó con cierto reproche, totalmente justificado, hacia nuestra generación.

“Cuando me jubilé que quedé quieto, trabajé desde muy chico y nunca le hice maña a ningún trabajo. Gracias a Dios estoy bien, todos los días agradezco que tenga mis piernas, mis brazos, la vista y mi cabeza para andar por la vida. Estoy viejo sí, pero no tengo de qué quejarme” expresó al concluir la conversación.

Don José Luis tiene tres nietos y un bisnieto. Hoy pasa sus días entre su casa y la de su única hija, con la tranquilidad de conciencia de haber trabajado honestamente durante toda su vida.
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