HISTORIA DE VIDA


Edición Número 221 del 15 de Enero de 2018

PAULINA MAYA Vda. DE MOYA
PAULINA MAYA Vda. DE MOYA
Eduardo Araujo

Por Eduardo Araujo

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Paulina Maya Cortez nació el 30 de junio de 1933, en puesto Las Catitas, ubicado en cercanías de cerro El Nevado. Sus padres fueron Felisa Cortez y Fortunato Maya. Con el tiempo la familia iría recorriendo otros puestos de Malargüe hasta finalmente radicarse en proximidades de El Carrizalito, en la margen norte del río Grande.

“Estuvimos un tiempo en el campo del finadito Augusto Gentile, después el mismo nos trajo hasta La Batra. Después de unos años nos fuimos a Butalón, cerca de El Carrizalito en Río Grande. Mi papá fue peón de campo y siempre se dedicó a la crianza de animales. Cuando era chica nos turnábamos con mi hermana Claudina para hacer las cosas de la casa, una semana de domingo a domingo una tenía que hacer la comida y las cosas de la casa. Mi mami nos enseñó hacer el pan, la comida, las tortas fritas. Cuando nosotras aprendimos ella hacías las costuras para toda la familia. Lo que más se comía eran los pucheros, los estofados, tallarines, el asado. Cuando vivimos en La Batra se le compraba la mercadería a don Abdón Rasso, que tenía un negocio y en río Grande a los Ruíz, que tenían un negocio lindo. También el papá venía a Malargüe algunas veces a buscar cosas, llevaba todo en carga sobre mulas. En mi casa se hacía mucha huerta, la cebolla, el trigo, las papas, los ajos, todo se sembraba con la familia. El papá llevaba los animales, que eran de los Ruiz, a la falda del cerro Palau Mahuida, donde había unas vegas muy lindas. Con mi hermano Jorge nos quedábamos en el puesto y si nos faltaba alguna cosa para comer o nos pasaba algo había una vega grande, como una loma, se prendía una cortadera y entonces ellos en la veranada sabían que algo nos pasaba y venían a vernos. Nos comunicábamos por señales de humo (risas). Gracias a Dios fuimos todos muy sanos, una vez yo me enfermé, me acuerdo que era otoño, y me tuvieron que traer a Malargüe. En el campo nos arreglábamos con arbusto, contrayerba y otros remedios caseros. Cuando se veía que había fiebre se cortaba ajenjo, se ponía en un tarro y nos hacían un té, con azúcar. En la época de la parición no me quedaba en mi casa, me le pegaba al ladito de mi papá y andaba a la siga de él cuidando las cabras. Cuando estuvimos en La Batra, mi papá le compró una tropilla de yeguas a Elías Bravo, comieron yerba loca y se nos murieron todas. Todo el trabajo lo teníamos que hacer caminando ¡Sabe lo que es andar por el campo cargando chivatitos y rodear las cabras de a pié! A la edad de 12 años estuve un tiempo viviendo la mamá de mi papá, mi abuelita Baldomera, que me enseñó a tejer al telar”, puntualizó doña Paulina, quien por falta de escuelas cerca de donde vía no pudo escolarizarse.

Sus hermanos fueron: Jorge, Osvaldo, Saturnino, Gerardo, Germán, Claudina, Griselda, Carlina y Juana. Sólo sobreviven Claudina y Carlina.

En la casa de sus padres se velaba a San Ramón nonato, todos los 30 de agosto.

A los 16 años doña Paulina se casó con Urbano Adame, con quien tuvo cinco hijo: Cipriano Adán, Ramón, Carlina, Gladys y Camilo (fallecido).

“Mi marido trabajó en el ferrocarril, cuando hicieron la estación de La Batra, pero cuando ya vinieron con las vías para Malargüe el no quiso seguir. Me acuerdo que la primera ruta que hicieron los de YPF para llegar a Palauco iba por La Batra, después hicieron la otra que va por la orilla del río Grande. A los 10 años de estar casada, cuando yo tenía 26, quedé viuda y con cinco hijos. Mi marido fue a trabajar en la mina Huemul, hubo un derrumbe, y lo apretó la mina. Entonces vivíamos en La Batra y teníamos un capital lindo de cabras y de cavas, que las criábamos en el Agua de los Bayos, pero mi marido insistió con trabajar en la mina. Ahí encontró la muerte. Mis suegros me hicieron vender todo el capital y me llevaron a Rama Caida, en San Rafael. Estuve un tiempo, quedé sin nada y me vine con los chicos a las casas del papá y la mamá. Tuve que empezar de nuevo. Le dejaba los chicos a mi mamá y salía al campo con el papá, yo arriaba a veranada, tardábamos cuatro o cinco días en llegar, durmiendo en el campo, enfrentando los vientos que hay por Bardas Blancas. Cuando llegábamos a veranada arreglábamos el corral con el papá y mi hijo mayor, estábamos dos meses, a veces, y volvía a ver los niños. Hacía quesos y los vendía ¡Yo he trabajado peor que un hombre!” expresó doña Paulina.

Seguidamente agregó: “Después me volví a casar con Manuel David Moya (fallecido) y tuve otros cinco hijos: Marcela, Ricardo, Iris, Manuela y Federico (estos dos últimos viven con ella actualmente). A dos hijos tuve en el hospital, los demás partos me los atendió mi mamá en el puesto. Estuvimos un tiempo con un cuñado de él en Loncoche. Después nos fuimos a la casa de mi suegro al arroyo Chenqueco ¡Hasta montes tuve que cortar para ayudarles a cerrar el cerco del potrero de pasto, he sufrido mucho en el campo!”.

Por razones de salud, la operaron de un pulmón, tuvo que abandonar el puesto, donde actualmente se encuentra su hijo Ricardo, y trasladarse a nuestra ciudad. Habitó una vivienda, propiedad de sus suegros, en calle Cmte. Salas, entre Amigorena y Telles Meneses, hasta que pudo adquirir su casa en calle Sargento Host, donde vive actualmente, lugar donde amablemente compartimos la conversación que sirvió de base a este relato.

“Cuando me vine al pueblo extrañé mucho el campo, lo sigo haciendo, no se va a creer que no. Me tuvieron que traer todo de mi casa del campo (risas). Mi marido también tuvo una enfermedad en la sangre, estuvo cuatro años viajando a San Rafael. Tuvo una muerte súbita en San Rafael, cuando había ido a un control médico. Después yo he estado delicada de salud, ahora no puedo hacer casi nada, se ve que tanto hacer trabajo de hombre en el campo me está afectando. He tenido una vida de trabajo, seguro que ahora Dios quiere que descanse un poquito (risas). Tengo muchos nietos y varios bisnietos, no me puedo quejar”, expresó doña Paulina, con absoluta calma y transmitiendo gran paz interior, cuando la conversación llegaba a su final.
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