HISTORIA DE VIDA


Edición Número 225 del 15 de Marzo de 2018

MERCEDES OLIVIA VILLEGAS
MERCEDES OLIVIA VILLEGAS
Eduardo Araujo

Por Eduardo Araujo

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La historia de vida de Mercedes está relacionada de algún modo con el Tema Central de este número, en su faz positiva, porque ella trajo hijos al mundo y también respondió con mucho amor cuando Dios les puso en el camino a otros niños para que los criara como si hubieran sido de sus entrañas. Su historia de vida tiene que ver con esa entrega generosa de tantas mujeres que se juegan por la vida humana, entregándose generosamente a ese fin.

Mercedes Olivia Villegas nació el 01 de febrero de 1940. Sus padres fueron Rosa Esther San Martín y Laureano Segundo Villegas. El matrimonio tuvo 13 hijos, entre ellos María, Alisandro, José, Miguel, Exequiel, Benito, Gilberto (fallecido), Ulises (fallecido), Rosa, Ifraín

“Mis padres eran nacidos en el norte del Neuquén, en la zona de Andacollo, Las Ovejas, en la cordillera, donde tengo todavía familiares. Yo tenía una hermana, la mayor que estuve 50 años sin verla, porque ella se quedó en esa zona y mis padres se fueron a vivir a Neuquén Capital. Hice mi escuela primaria y después estudié corte y confección. Mi padre fue minero, trabajó mucho tiempo en una mina de carbón, que se llamaba San Eduardo. Esa mina explotó y murió mucha gente. La mina quedaba cerca de Buta Ranquil en Neuquén”, expresó en el inicio de una extensa conversación que mantuvimos en su casa de barrio Martín Güemes.

San Eduardo estaba situado junto a la mina de carbón del mismo nombre, a pocos kilómetros de Curaco y Balsa Huitrín, a 75 kilómetros de ChosMalal. Se trataba de un floreciente pueblo que contaba con unos 5.500 habitantes, escuela, plaza, cancha de fútbol. El 29 de marzo de 1951 ocurrió una explosión producida por gas metano. Un turno completo de obreros quedó en sus túneles.

Siguiendo con su relato Mercedes dijo “donde estaba la mina San Eduardo era un pueblito parecido a El Sosneado. Tenía policía, enfermería, escuela, algunos negocios y ahí nos criamos nosotros. Tuvimos una vida tranquila en ese lugar, una casita modesta. Recuerdo que nevaba mucho y que con nieve a la rodilla íbamos a la escuela. Mamá era una mujer muy recta, cuando llegábamos de la escuela ya tenía la mesa servida, almorzábamos, descansábamos un ratito y después teníamos que estudiar. El día que no íbamos a la escuela teníamos que ayudar en las tareas de la casa y ocuparnos de los animalitos que teníamos en casa. Tuve la suerte de conocer en mina San Eduardo a Evita Perón. Me regaló una muñeca hermosa, de un material muy especial, parecido a una loza. Fue un momento inolvidable para mí y toda la gente del lugar. Para que aterrizara la avioneta en la que fue prepararon una pista especial en un campo que había cerca de la mina. Hasta ese momento las muñecas que tenía eran hechas por mamá con medias rotas y pedacitos de tela que había en casa. Los autitos se hacían con latitas de sardinas y con tapitas de cerveza las ruedas. Ese día no se trabajó, tampoco hubo clases. Eva hizo un acto muy lindo, cantaron las marchas, ella abrazaba y besaba a todos. Vino gente de ChosMalal, hubo servicio de policía, ambulancia. Evita directamente me entregó la muñeca que le decía y a mi madre le entregó una cama, un colchón, telas para que nos hiciera ropas, guardapolvos, calzados, de todo entregó”.

Mercedes se casó a la edad de 19 años.

“Tengo siete hijos, seis de mi primer marido y uno de mi segundo esposo. Mis hijos se llaman Hilda, Edith, Rita, Miguel, Eduardo y Juan Carlos, ellos llevan el apellido González y Juan Carlos Cerda, que es el más chico. Mi primer esposo trabajaba en Mina San Eduardo y en otras minas. Algunas veces hacía turnos de 15-30 días, algo parecido a los turnos que ahora hace la gente del petróleo que tiene que ir a trabajar a otro lado. Vinimos a Malargüe porque él ingresó a trabajar a mina Los Castaños. Llegamos al hotel España y como no nos alquilaron la casa que nos habían prometido estuvimos ahí como 15 días. Mis hijos mayores ya eran nacidos. El señor Lera, que era el dueño del hotel, se portó muy bien con nosotros. Después fuimos a vivir a una casa frente a Vialidad Provincial, le alquilamos a doña Blanquita Canales. Malargüe era un pueblito chiquito, con vientos fuertísimos. Los cardos rusos cruzaban las calles, como en las películas del Leja Oeste (risas). Una vez había un viento tan grande que mi marido fue a buscar las chicas que estaban en la escuela y las tuvo que traer sujetadas con un lazo para que el viento no se las llevara o las golpeara. Cuando llegamos, para ir al ferrocarril había que cruzar un campo, con montones de arenas, algarrobos rastreros y ahora hay casas en todo eso que antes era campo. Era una atracción para todos ir a ver llegar o partir el tren. Mi suegra, que era solita, se vino a vivir con nosotros. Con el tiempo le compramos un lote al señor Homobono Correa, en la calle Beltrán y Álvarez. Nosotros hicimos los adobes para levantar las primeras piecitas, después fuimos agrandando”, relató más adelante.

Seguidamente hizo referencia a una anécdota. “Siempre íbamos a ver a mis padres a Neuquén en el colectivo que salía de Mendoza, pasaba por Malargüe y llegaba a Bariloche. Una vez íbamos y bajando la Cuesta del Choique, porque antes el camino iba por ahí (hace referencia a la antigua ruta nacional 40, tramo El Manzano-Calmuco), se rompió el colectivo. Estuvimos desde la tarde, pasamos toda la noche y recién a la mañana siguiente nos vinieron a buscar de Ranquil Norte, en una camionera que era del Sr. Ulloa. Estuvimos todo ese día en la policía de Ranquil, hasta que como a las cinco de la tarde llegó un colectivo de Neuquén a buscarnos. Por eso, la gente antes llevaba para comer en el colectivo pollo hervido o al horno, milanesas, fiambre y el mate. A la hora de la cena quedaba un olor a comida en los colectivos que ni le cuento (risas). Pero con todo vine y me quedé aquí, Malargüe me cautivó, tengo tres hijos nacidos acá. Estoy enormemente agradecida porque nunca me faltó nada”, expresó la mujer.

En otro momento de la conversación expresó “tengo siete hijos de mi vientre y dos del corazón, por eso me gusta decir que tengo nueve hijos, porque también crie a Daniel Herrera y a mi nieto Angelito, que ahora tiene 23 años. A Daniel lo cuidé desde el día que nació, tenía 11 meses cuando falleció la mamá de él y estaba conmigo”.

Seguidamente contó la historia de Angelito: “Mi hijo más chico, Juan Carlos, se casó con Celinda Baigorria, que tenía 26 años. Ella se quedó embarazada y un día empezó con fuertes dolores de cabeza. Una tarde iba con mi hijo caminando al hospital y le dio un paro cardiaco en plena calle. Tuvo una especie de desmayo y mi hijo no la pudo sostener. Cuando llegó al hospital, por más que le hicieron respiración y masajes, ya estaba fallecida. El médico ordenó que la llevaran a la morgue pero una enfermera, Amalia Sánchez, se dio cuenta que el bebe estaba vivo. Ella insistió con el médico y le hicieron una cesárea a mi nuera y sacaron al niño vivo del vientre. A todo esto había pasado como una hora que mi nuera se había descompuesto en la calle, por eso Angelito nació con una complicación. Al otro día lo llevaron a San Rafael porque a las ocho horas de haber nacido empezó con convulsiones. Lo cuidé en el hospital, estuve un año viajando a San Rafael tres veces a la semana para hacerle rehabilitaciones en el Instituto IRIS. Angelito es un milagro de Dios. Yo me pongo muy tensa cuando escucho esas cosas del aborto, de esas madres que tiran a sus hijos en un tacho de basura, para mí es un dolor muy grande. Yo esas cosas no las acepto porque siempre habrá alguien que crie un bebe, que le pueda dar amor”

Sobre el final de la charla reflexionó: “He tenido una vida difícil, pero también me ha dado muchas cosas para ser feliz, mis hijos, los nietos, los bisnietos y hasta un tataranieto”.

Doña Mercedes es una malargüina por adopción que nos demuestra a todos que se puede dar vida y ayudar a desarrollarla, en las circunstancias que se presenten, Dios siempre proveerá y dará las fuerzas necesarias para vivir feliz.
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