HISTORIA DE VIDA


Edición Número 228 del 1º de Mayo de 2018

SENEN SEPÚLVEDA
SENEN SEPÚLVEDA
Eduardo Araujo

Por Eduardo Araujo

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El 30 de julio de 1934 nació, en el paraje que hoy se conoce como Ranquil Norte, Senén Sepúlveda. Sus padres fueron Mercedes Rosa Barrera y Serapio Sepúlveda.

“Nosotros éramos cinco varones y cuatro mujeres, más dos hermanas que fallecieron chicas. Estamos quedando vivos cuatro hermanos, Segundo (habita el puesto que era de sus padres), Pedro (vive en Neuquén), Juana (vive en San Rafael) y yo. Cuando yo era chico Ranquil Norte no existía como pueblo, donde ahora están las casas del pueblo mi padre cuidaba las vacas, porque el campo para arriba era muy duro y el pasto les quedaba a los animales muy lejos de la aguada. El pueblito empezó a formarse en el año 1942-43, cuando se hizo la ruta 40. En ese lugar un señor de apellido Teruel puso un negocio y se empezó a juntar gente, después llegó otro señor con negocio, el padre de la Sarita Amo. Cuando empezó a hacerse pueblito todos tenían perros y estaban noche y día a la siga de las vacas, no las dejaban comer, entonces mi padre consiguió un campo, en el Cerro Negro, cerca del Agua de Liupuca y empezó a llevar ahí las vacas a invernar. Antes que llegara la ruta ahí, eso era un desierto total. Nosotros no conocíamos la plata, vinimos a conocer las primeras moneditas cuando llegó la ruta. Para que nosotros fuéramos a la escuela mi papi alquilaba una casa de familia en Calmuco, ahí la escuela funcionaba dos meses. Después el maestro cargaba los banquitos y sus cosas a lomo de mula y venía otros dos meses a Ranquíl Norte, donde mi papá le pasaba una piecita y si no se instalaba en la casa de don Eduardo Correa. Los otros meses la escuelita funcionaba en El Batro, en la casa de Ciro Maza. El que quería estudiar tenía que andar a la siga de escuela. Yo así hice el primer grado. El maestro era José María Dominguez, después un tal Squiabone y después vino José García, que nos enseñaba cómo teníamos que caminar, hablar, siguió viniendo siempre a visitar a los ex alumnos que vivíamos en Malargüe. El último año que fuí a la escuela me gané dos premios, por mejor alumnos y mejor compañero. En la casa nos manteníamos con la venta de la lana de las ovejas, que la llevaba el papá a lomo de mula a Buta Ranquil donde vendía, yo era un niño y llevaba la yegua marucha adelante y las mulas la seguían. Con la venta de esa lana se compraba la mercadería, las bolsas de harina eran de 70 kilos. En mi casa éramos tantos que nos comíamos una bolsa por mes. Cuando volvíamos de Buta era la única vez en el año que en mi casa se comía una golosina. Se compraban caramelos sueltos, unas galletitas con formas de animalitos y algunos higos secos. Mi mamá nos daba un puñadito de cada cosa a todos los hijos y cada uno lo tenía que hacer durar. También el papá negociaba con Chile y nos tocaba ir a Linares. Íbamos a veranada a un lugar que se llama Los Pomos, cerquita del río Barrancas” relató el hombre al repasar sus primeros años de vida.

Más adelante señaló “otra cosa que quería contar es que la carne de aquella zona no la quería nadie. Mi gente en esa época tenía que vender a los chilenos. La gente charqueaba cabras viejas y las lleva a vender a Chile, no quedaba otra. Con esa plata nos compraban ropita y de allá se traían herraduras, clavos, harina, porotos, telas. Cuando entró la gendarmería ya no se pudo seguir vendiendo, estuvimos dos o tres años sin poder vender”.

Esa situación hizo que comenzaran a llegar compradores de animales por la zona, fue así como Senen salió de su casa familiar por primera vez para ir a San Rafael y luego conocer la por entonces Villa de Malargüe.

Sobre ese particular expresó: “Un día llegó un puntano por Ranquíl Norte. Yo tenía casi los 18 años. Mi papi y un cuñado mío le vendieron 500 ovejas, que tenía que llevar arriando hasta San Rafael. Me propuso acompañarlo, mi papá no quería pero yo le insistí y lo ayudé al puntano a arriar hasta Goudge. Tardamos 20 días con el arreo ¡Si le hubiera hecho caso a mi viejo, de las que me hubiera salvado! Comimos nada más que mate, pan y asado. En el camino don Nicanor Letelier, de la Puntilla de Huincan, le vendió como 50 ovejas al puntano y se nos aumentó más el arreo. No conocíamos ni las huellas. Un día le erramos al camino y tuvimos que alojar una noche sin poder tomar mate ni tomar agua porque no encontramos de donde sacarla. Al otro día me levanté temprano y salí a buscar agua. De arriba de un cerro vi un ramblón con agua. Me regresé a buscar a mi amigo, contentos porque íbamos a tomar mates. Resulta que el agua era más orina de vaca que agua, muy refiera. Él traía una botella de grapa en la carga y le pusimos al agua del mate para poder hacer el desayuno. Cuando llegamos al puesto El Molino pedí permiso para alojar. Ahí conocí a don Ramón Zagal, que después de muchos años terminó siendo mi suegro. Nos guio bien para que nos encamináramos y pudiéramos seguir viaje ¡Nos pasaron tantas cosas!”.

Una vez que cumplió con su trabajo, emprendió viaja a Malargüe, desde San Rafael. En este caso lo hizo en colectivo, pues debía entregarle una carta a un hermano suyo que se había venido “al pueblo”.

“Cuando llegamos a la iglesia vieja de Malargüe el chofer me dijo que me tenía que bajar ahí. Yo no conocía a nadie. Me bajé casi llorando, pero Dios es tan justo que cuando había caminado menos de 100 metros me encontré con mi primo René Vázquez (leer su historia de vida en Ser y Hacer de Malargüe, edición Nro. 47 del 1º de setiembre de 2010), que estaba barriendo una vereda ¡Que alegría grande! Él me puso en contacto con mi hermano Segundo” contó don René.

Desde Malargüe volvió a San Rafael y de allí emprendió nuevamente el viaje a caballo hasta Ranquil Norte, llevando un arreo de mulas.

Posteriormente realizó el servicio militar en Campo de los Andes y luego en la ciudad de Mendoza, en 8vo. Batallón de Comunicaciones.

Al concluir con ese deber contrajo enlace y estuvo siete años casado con María Villar, trayendo al mundo a cuatro hijos: Andrés, Víctor, María Isabel y Hugo. Luego se separó y tras 10 años formó pareja con María Isabel Zagal (fallecida), con quien tuvo otros dos hijos: Hilda y Enzo Enrique, quienes le han dado varios nietos y bisnietos.

Después de cumplir con el servicio militar vivió durante dos años en el campo. Se vino a Malargüe donde tras trabajar en minería ingresó a la policía de Mendoza. Estando designado en Agua Escondida, mientras intentaba llevar preso a un hombre que se resistía a esa situación lo hirió con su arma reglamentaria. Esa persona falleció al cabo de 22 días y la justicia lo condenó a 7 años de cárcel.

“Entré a trabajar en la panadería de la cárcel, aprendí el oficio de soldador, estudié el oficio de detective privado por correspondencia, terminé mi primaria. Me dediqué a aprender cosas buenas, siempre le pedí a Dios no caer en la maldad. Me hice amigo del personal de tribunales y de mucha gente buena. Esa etapa me sirvió mucho en mi vida, por eso siempre digo que Dios es muy justo”, expresó Senen al evocar la etapa más difícil de su vida.

Al salir puso un comercio en barrio Martín Güemes, trabajó en algunas empresas petroleras y más tarde ingresó a la municipalidad de Malargüe donde se jubiló.

Hoy vive en barrio Güemes y posee una finca en colonia Pehuenche donde pasa gran parte del día cuidando animales y realizando las labores típicas de un establecimiento de ese tipo.
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