HISTORIA DE VIDA


Edición Número 230 del 1º de Junio de 2018

ROSENDO DEL CARMEN GONZÁLEZ
ROSENDO DEL CARMEN GONZÁLEZ
Eduardo Araujo

Por Eduardo Araujo

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El 2 de abril de 1938 nació Rosendo del Carmen González, en el seno de la familia que habían conformado Mercedes Miranda y Fortunato González, que para ese entonces vivían en la zona de las nacientes del río Barrancas, en el extremo sur de nuestro extenso Malargüe.

Doña Mercedes y don Fortunato además de Rosendo trajeron al mundo a Jacinto, José Sebastián, Martina, Raquel Clementina, María Bristela.

“Nosotros vivíamos en la costa del río, el puesto se llamaba Quilimalal. Mi papá con sus hermanos ahí criaban chivos, ovejas, cabalgares, vaquitas. En ese tiempo no se vendía el chivo chico, más o menos en el mes de marzo se vendían algunos corderos para la zona de Chile, pero había que ir a entregarlos a la Laguna Negra, que es donde nace verdaderamente el río Barrancas. Desde el puesto había unos tres días de viaje con el arreo. En mi casa se cosechaba de todo, la arveja, el maíz, la papa, el trigo. En el huerto también había algunos frutales. La veranada la teníamos en el mismo lugar, como un kilómetro más arriba. Ese lugar no es tan frío, cualquier planta se da. Tiene un clima muy parecido a El Batro, que el lugar que la gente siempre más conoce” expresó el hombre para describir el lugar donde dio sus primeros pasos.

Siguiendo con el relato de su infancia agregó “de chico me emplearon con gente que trasladaba mercadería a la sierra a lomo de mula. Me pagaban 15 pesos para que tirara la yegua marucha para que la siguieran las mulas. Era tan chico que no era capaz de apuntalar el tercio, porque me quedaba bajo. Los tercios son como una especie de valija donde se llevan las cosas a lomo de una mula. Uno carga el mular en la mañana temprano y parte, al mediodía se toma unos matecitos y come algo rápido, sin descargar los mulares, y sigue viaje. Cuando se elige el lugar para alojar hay que descargar los animales, dejarlos que descansen, coman bien y tomen agua, se deja todo ordenadito y al otro día se vuelve a cargar para continuar con el arreo. Los chivitos para crianza por aquellos lados lo chilenos los vinieron a comprar como en el año ´52-´53. El cordero tenía mucha salida para Chile, donde también se vendía el charque. Había gente que hacía dos viajes en el verano a Chile con cargas de charque de cabra vieja. El charque allá servía para hacer trueque, porque los chilenos tenían porotos, azúcar, harina de buena calidad, ropa, zapatos, que la gente de Argentina traía para sobrevivir. Muchas gente tenía familia chilena y también aprovechaban para verse y compartir unos días”.

Recordó que entre los vecinos del puesto de su padre se encontraban las familias de Felix Sepúlveda, Juan Villar, Tobías Márquez, Solano López, Isidoro Hidalgo, Solano Bustos, Enrique y Ramón Arteaga, Arturo Reyes.

Cuando Rosendo tenía alrededor de 12 años se traslada junto a su familia a Laguna Coipolauquén, sobre la ruta nacional 40, dejando el puesto de Quilimalal. Después se trasladaron a Calmuco.

“Ya después Berto Roca, un hombre que era solo, nos dio sus chivas y el capital que tenía a media para que nosotros se los cuidáramos. Yo tenía que cuidar las yeguas y las vacas, recibía unos pesos por ese trabajito. En Calmuco había una escuelita que tenía unos 30 alumnos, los que vivían más lejos venían de a caballo y otros caminando. Había un maestro, una maestra y una sirvienta que nos hacía la comida. El maestro era de apellido Pagey”, evocó Rosendo.

Cumplió con el servicio militar en Cuadro Nacional. Estando de franco sufrió un accidente en Av. Ballofett de San Rafael al ser envestido por un colectivo.

“Primero me asistieron en el hospital de San Rafael, después pasé al hospital militar de Mendoza y Buenos Aires. Tenía destrozado mi pie izquierdo, tuvieron que hacerme un injerto para que pudiera volver a caminar y hasta el día de hoy estoy con problemas. Antes de viajar a Buenos Aires me dieron unos días de permiso para ver a mi familia pero al llegar a Malargüe me encontré con que una nevada había cortado el camino en El Chihuido y el Paso del Choique, que era por donde se llegaba a la casa de mis padres. Me tuve que volver sin poder ver a mi padre y a mi madre, para partir a Buenos Aires, donde jamás había estado. Desde Mendoza me mandaron solo. Cuando llegué a Retiro, pedí información en una oficina de informes y me fui al hospital militar de la calle Luis María Campos al 800. Estuve dos años internado. Me dieron el alta en el mes de marzo. Me costó muchísimo sacar el pasaje de vuelta porque habían muchos turistas, hasta que conseguí pasaje en el tren hasta Mendoza. Tuve que pedirle comida a unas monjitas para tener algo de comer, me acuerdo que me dieron unas milanesas” puntualizó el hombre al repasar dos años de su vida.

Tras cumplir con su servicio a la Patria regresó al seno de su hogar paterno. Allí estaría unos siete años. Al cabo de ese tiempo se empleó en la estancia de Nicanor Letelier en Puntilla Huincan, Los Mallines, ubicada al oeste de río Grande en la zona de La Pasarela.
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