HISTORIA DE VIDA


Edición Número 231 del 15 de Junio de 2018

CÉSAR ANTONIO HERNÁNDEZ
CÉSAR ANTONIO HERNÁNDEZ
Eduardo Araujo

Por Eduardo Araujo

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LOS CONTRUCTORES

Los constructores desfilan
temprano por la mañana,
cada día, les veo llegar,
en una parvada singular.

Los albañiles, modestos trabajadores,
constructores de edificios grandes y hermosos,
hoteles, escuelas, residencias,
del orgullo de su trabajo son portadores.

Se ven caminar,
todos, de diferentes edades,
y he conversado con algunos
padres de familia, de su hogar responsables,
otros que, a sus seres queridos,
la nómina hacen llegar.

Algunos de ellos que
a falta de un mejor trabajo,
difícil de conseguir
optan por trabajar en la obra,
para poder subsistir.


Por las tardes
vuelven a marchar, en larga fila,
cansados, fatigados y rendidos
después de una dura jornada.



Ellos son como hormiguitas.
¡Que hermoso trabajo realizan!
Hoy vemos una construcción empezar,
y a pocos meses...
¡Una obra terminada,podemos admirar!

Esta es una linda historia
que he querido compartir,
de un trabajador, que quizá,
la sociedad margina,
pero que, por su labor grande y maravillosa,
es muy digna, Dios los ha de bendecir.
(elmaestrodecasas.blogspot.cl-adaptación)
Con estos versos nos introducimos a un relato que tiene que ver con esas manos anónimas que trabajan a diario para que podamos ver progresar a un determinado lugar. Es la historia un hombre sencillo que conoció el desarraigo, tempranamente alumbrado,para ganarse el sustento para él y su familia.
El día que cumplió sus 77 años, el pasado 8 de junio, entrevistamos al protagonista de esta Historia de Vida, es que César Antonio Hernández nació el 8 de junio de 1941 en el departamento de San Rafael. Sus padres fueron María Hortencia Maturana, malargüina nacida en la zona de El Salitral, y Jacinto Hernández, chileno, que llegó a nuestro país cuando contaba con 17 años. Aquí Jacinto tenía varios hermanos, realizó trabajos rurales y murió de una enfermedad pulmonar a la edad de 49 años. El matrimonio tuvo solo dos hijos Julio Ernesto, fallecido, y César Antonio.
La infancia de César Antonio transcurrió en la zona de Rama Caída, departamento de San Rafael. Cursó sus estudios primarios en la escuela Nro. 98,de esa localidad. A la edad de 15 años comenzó a trabajar en la fábrica Ballarini, previo haberlo hecho en algunas fincas cercanas a su domicilio.
“Como no teníamos casa propia vivimos en varios lugares, siempre en la zona de Rama Caída. Empecé a podar viñas y frutales cuando tenía 13 años. Siempre hice de todo, hasta hoy hay gente de Malargüe que me pide que le haga algún trabajito de poda”, contó en el principio de una charla, mientras saboreábamos unos exquisitos mates.
Tras 12 años de operario en la mencionada fábrica pasó a trabajar en la construcción de la presa El Chocón en la provincia de Neuquén.
“Me fui a trabajar a El Chocón porque un primo mío consiguió trabajo allá y me invitó. Me fui el 27 de febrero de 1969, cuando tenía 27 años. Aprendí a amar hierro, fui encofrador, tuve que aprender a leer planos con un maestro mayor de obras, después fui ascendiendo y pude estar en varias empresas. En El Chocón se hizo la central hidroeléctrica y se colocaron seis turbinas, fue una obra maravillosa. Cuando se hace una obra de esas características, como si Dios quiere se hará con Portezuelo del Viento, mucha gente de distintos lugares se presenta a trabajar. Se genera mucha mano de obra, pero mientras se está levantando la presa, después queda muy poca gente trabajando porque hay que hacer sólo trabajos técnicos. Calculo que en El Chocón éramos más de 15.000 obreros, había chilenos y de muchas provincias de la Argentina. No había vandalismo ni cosas raras porque la gente que tenía antecedentes o se portaba mal era sacada. No había lío y eso que estaba la villa de temporarios, la villa obrera y la villa de los jefes, de los capataces. En los pabellones no había ningún tipo de desbordes”, expuso más adelante.
Al concluir su labor en esa empresa pasó a desempeñarse en obras que se ejecutaron en Planicie Banderitas (Neuquén) Cinco Saltos (Río Negro), Río Colorado (Río Negro), Cipolletti (Río Negro). Cuando el trabajo disminuyó decidió volverse a su Mendoza natal.
A fines de 1984 llegó a nuestro departamento, ingresando en la empresa que construyó la hoy fábrica de derivados del yeso Durlock.
“Ahí estuve de encargado, cuando se terminó la obra comencé a trabajar en las empresas Seminara y Panedille, que realizaron la repavimentación de la ruta nacional 40 entre El Sosneado y Malargüe. Hice los guardaganados que hay entre El Sosneado y el río Salado. En el cauce del río se pusieron antitempanos de hierro.Todos esos trabajos los realicé por cuenta propia. En 1989 trabajé con la empresa Techint, donde armé todo el hierro de la obra de Divisadero, esas instalaciones se quemaron hace un par de años. Después, trabajé durante los 13 años que duró la obra de la pavimentación del Paso Pehuenche. Trabajé, también, haciendo el riego y sembrando verduras en la finca de “Tucho” Ibañez, que está a la entrada del pueblo (frente a Virgen de los Vientos). Sacábamos de todo, desde maíz hasta zapallos, pimientos, tomates, de todo. Me muestro muy agradecido con él porque siempre fue generoso conmigo”, consignó don César.
Al instalarse la empresa Vale pasó a ser unos de los armadores de hierro de las obras que se concretaron en el yacimiento de sales de potasio, que hoy se encuentra paralizado.
En nuestro Malargüe conoció a quien fue su esposa, Rebeca de las Mercedes Correa, que falleció de cáncer el 26 de mayo de 2015. Tuvieron dos hijos, Javier Antonio y Evelina, quienes le han dado dos nietos Joaquín y Mateo. Hoy vive junto a su hija, viuda del policía Elio Perra, y su nieto, en barrio Municipal.
“Hace un año que me jubilé y decidí dedicarme a descansar un poco, hago algún trabajito liviano, pero ya quiero estar más tiempo en mi casa para poder disfrutar más de la familia. Me parece que ya he dado todo lo que podía dar y ahora es tiempo de reposar un poco. Gracias a Dios tengo muy buena memoria, me acuerdo detalles de cuando era chico, ahora me está fallando un poco un oído pero, por lo demás, estoy muy bien. No me siento desagradecido de Malargüe, estoy muy cómodo aquí, tengo a los hijos, a los nietos, mucha gente conocida y buena salud, que más se le puede pedir a la vida”, expresó “Don Hernández”, como cariñosamente le dicen sus vecinos cuando la conversación fue llegando a su final.
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