HISTORIA DE VIDA


Edición Número 232 del 1º de Julio de 2018

MATILDE URRUTIA Vda. DE VÁZQUEZ
MATILDE URRUTIA Vda. DE VÁZQUEZ
Eduardo Araujo

Por Eduardo Araujo

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El 23 de enero de 1923 vino a este mundo Matilde del Carmen Urrutia, en el seno del matrimonio que habían formado Soledad Méndez y José del Carmen Urrutia, que vivían en la zona de Puertas de Barrancas, en el extremo suroeste de nuestro Malargüe.

Matilde fue la menor de siete hermanos, ya que antes que ella nacieron Juan, Froilán, José, Isabel, Luzmila y Cilda, todos ellos ya fallecidos.

De pequeña Matilde fue la consentida de sus padres, dado que permanecía en su casa junto a su madre.

“Como era la regalona del papá y de la mamá no me mandaron a la escuela, me hubiera gustado aprender a leer y escribir, pero no se pudo”, señaló doña Matilde con un hablar pausado.

Recordó que sus padres tenían “capital”, cabras, vacas, yeguarizos. Que era habitual el intercambio comercial con Chile, desde donde su familia se abastecía de las mercaderías necesarias para la subsistencia.

Se casó con Luis Alberto Vázquez (fallecido, fue hijo de Ramona Rosa Vázquez y de José Estanislao Riquelme, quienes también habitaban el extremo sur departamental) y vivieron en la zona de Calmuco, para luego trasladarse a laguna Coipolauquen.

El matrimonio tuvo siete hijos: Ramona, Bernabé (Becho), Rosa, Alberto (Beto), Luis, María (Mary) y Érica.

“Empezamos con una vaquita, una mesa y una cama con mi viejo, él era un hombre muy trabajador, nunca se daba por vencido” agregó la abuela.

En el verano levaban sus animales en busca mejores pasturas a la zona de Benitez, Neuquén (en proximidades de laguna Varvarco), lugar al que tardaban entre 8 y 9 días arriando sus animales. En una oportunidad, estaba embarazada de ocho meses y acompañó a su marido en esta tarea, por lo que su hijo Bernabé nació en esa zona de veranadas un 18 de enero.

“Al Becho lo tuve en la veranada, bien al sur de donde vivíamos, allá sólo habían pájaros, era una soledad inmensa, pero a mí me gustaba mucho ir todos los años. A todos mis otros hijos los tuve en el puesto. A la Mary la tuve en esta misma casa y a la hija menor, Érica, la fui a tener al hospital” contó doña Matilde, mientras tomaba una abundante media tarde.

Contó que cuando tenían que arriar a veranada, y también de regreso, llevaba al menor de sus hijos delante de ella en el mismo caballo y que su marido se encargaba de subir y bajar las cargas de las mulas cada vez que paraban para descansar y pasar la noche. Además, ambos iban pendientes del arreo de los animales.

Estando en la veranada iban a Linares, Chile, para comercializar parte de la producción y proveerse de los víveres, ropa y otros elementos que necesitaban.

“Se llevaba el queso de cabra, el charque y allá se cambia por las poquitas cositas que uno necesitaba” puntualizó en otro tramo de la conversación.

Con sus manos elaboraba quesos, dulce de leche, tejía al telar y le confeccionaba la vestimenta para toda su familia.



Los Vázquez son devotos de Ntra. Sra. del Carmen y durante muchos años cada 16 de julio la velaban.

“Uno ponía en una mesita un mantelito y se le prendían velitas a la virgencita. Yo la velaba toda la noche y le rezaba. Sabían venir algunos vecinos a acompañarnos. A mí me enseñó a rezar mi mamita”, me contó cuando le pregunté por ese acto de fe.

Cuando llegó el tiempo de enviar a sus hijos a la escuela el matrimonio adquirió una vivienda en Esquivel Aldao y Cuarta División, sitio donde reside ella en estos momentos.

Al pasar los años la familia dejó el puesto y se trasladó a nuestra ciudad, donde don Luis Alberto trabajaba con su hijo “Beto” en la barraca que instalaron y que denominaron “Don Lucho”, en calle Juan Agustín Maza, camino al dique.

Todos sus hijos, nueras y yernos, están permanentemente en contacto ella, viven en un radio no mayor a las 10 cuadras, y un día a la semana está al cuidado de alguno de ellos, en su casa. Tiene 23 nietos y 36 bisnietos. Con sus hijos, nueras y nietos políticos llega a una familia de 84 miembros. Cada 23 de enero se reúnen para festejarle su cumpleaños, lo mismo que para alguna de las dos fiestas de fin de año.

Si bien es de poco hablar, doña Matilde tiene una memoria privilegiada, a tal punto que ella misma les recuerda a quienes le acompañan los horarios de los medicamentos que debe tomar.

Gran rezadora, cada noche antes de dormir eleva sus plegarias al cielo, además recibe la comunión diaria en su domicilio.

Doña Matilde hoy lleva una vida tranquila, durante sus años mozos entregó lo mejor de sí para llevar a cabo las distintas tareas del hogar y las propias de un puesto. Con rectitud, pero sin autoritarismo ni maltratos, educó a sus hijos. Ha cumplido el mandato de esposa y madre. A sus 95 años es una malargüina que entregó, en lo que estuvo a su alcance, lo mejor de sí a quienes Dios puso en su camino.
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