HISTORIA DE VIDA


Edición Número 234 del 1º de Agosto de 2018

LORENZO “MILO” LÓPEZ
LORENZO “MILO” LÓPEZ
Eduardo Araujo

Por Eduardo Araujo

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“Desde chico me pusieron de sobrenombre Milo y todos me conocen por ese nombre, si alguien pregunta dónde vive Lorenzo López, los vecinos dicen ahí vive un López, pero se llama Milo”, comenzó diciéndonos el hombre al momento de introducirnos en una extensa conversación, amenizada por unos exquisitos mates, una fría tarde del mes pasado.

Lorenzo López nació en puesto Mallín largo, frente a la zona petrolera de Puesto Rojas, junto al río Salado. Sus padres fueron Julia Cisterna, que murió de 105 años, y Roberto López.

“Mi mamá murió y a los cuatro días falleció el papá. Nosotros éramos siete hermanos y quedamos dos, mi hermana Eduvina que tiene 90 años, y yo, que nací el 8 de julio de 1936. Mis hermanos que han fallecido se llamaban Sixto, Mateo, Marcelino, Mario y otra hermanita que se murió de chica. En el campo donde nosotros nacimos llevamos más de 200 años como familia, porque los padres de mi papá también se criaron ahí. Desde los 10 años que me recuerdo que ya andaba a caballo viendo los animales. El papá era un hombre muy riguroso. Usábamos un calzado que se sacaba de las ancas del cuero de vaca, de cabalgar y con eso nos hacían unas ojotas. Después andábamos con chalailas de goma. Caían unas nevadas que la nieve nos llegaba al pecho. En la veranada que teníamos en El Asfalfalito, si se nos quedaban animales seguro que al otro año aparecían muertos de tanto que nevaba. Mi viejo tenía muchas vacas y ovejas. Los vecinos de nosotros, don Jacinto Gaita, Rumualdo y Nicolás Méndez también tenían lindo capital. La gente de esa época, me contaba el papá, que iban en carros a traer la mercadería de San Rafael. De aquí llevaban la lana y de allá se traían la manutención, dicen que tardaban un mes en ir y volver con los carros cargaditos, como no había puentes, pasaban el río con mucha dificultad. Pasando El Nihuil, había un zanjón de arena y sabían quedar enterrados los carros y eso que cada uno era tirado por seis mular”, afirmó don Milo repasando los primeros años de vida

Recordó que en la zona de Cañada Ancha, camino a Valle de Los Molles, era común que los puesteros del lugar se juntaran sábados y domingos a compartir algún momento de distracción.

“Ahí estaba el finado Juan Mulero y nos poníamos a tirar la taba. Iban algunos muchachos que trabajaban en mina Los Castaños, así fue como conocí a Felipe Salvatierra porque él trabajó en esa mina. Nos hicimos muy amigos. Se tiraba la taba noche y día, en la noche aparecían algunos cantores y se armaban unas farras muy lindas. La gente también velaba los santos y eso era motivo para juntarse. Mi mamá, por ejemplo, el 29 de junio velaba a San Pedro. Venía mucha gente porque mi viejo carneaba un novillo, compraba chanchos, traía el vino en bordelesas. La gente venía a cumplir promesas, se rezaba, cenaba y después llegaban los guitarreros al festejo. Eso era algo muy lindo que se está perdiendo poco a poco. En el invierno mis viejos iban a los baños de Los Molles, en realidad ahí llegaba mucha de gente de varios lugares. Víctor García era el dueño, una persona muy dada con los puesteros, a nosotros nos compraba novillos. En el hotel había un matadero chiquito para atender a las personas que llegaban a darse baños y descansar”, recordó.

Cumplió con el servicio militar obligatorio en Campo de los Andes. Por razones de salud fue trasladado al Hospital Militar de Mendoza y allí aprendió labores de enfermería.

Al concluir con esa etapa de su vida se trasladó al departamento de San Rafael donde empezó a trabajar en una importante gomería. Luego comenzó a manejar un camión que prestaba servicio en la construcción del dique Agua del Toro, más tarde comenzó a realizar viajes a Buenos Aires.

“De San Rafael llevaba vinos finos y de allá traía harina. Era tanto el movimiento que había que uno tardaba uno o dos días en cargar allá. Las rutas estaban bastante averiadas y los camiones de antes ninguno pasaban de los 60 kilómetros por hora”, expresó el hombre.

Estando en San Rafael se casó. Tiene cinco hijos: Carina, Gladys, Luis, Oscar y Roberto.

Años más tarde regresó a nuestro departamento para comenzar a trabajar en el transporte de carbón desde las minas de Sierra de Reyes, en proximidades del río Colorado hasta nuestra ciudad y en algunas ocasiones a la ciudad de Mendoza.

“Después dejé ese trabajo y puse en negocio en la Av. San Martín, me asocié con Roberto Fonseca. Nos traían la carne de San Rafael, Fonseca me enseñó a depostar los distintos cortes. Les vendíamos mucha carne a los muchachos que tenían la concesión del hotel Turismo”, acotó don Milo.

Al dejar la actividad comercial se instaló una gomería, en calle 4ta. División, donde actualmente vive.

“En 1950 mi papá compró este lote donde nosotros vivimos, eran 50 metros de frente por 40 de fondo. Todo estaba cerradito por arabias. Me acuerdo que yo lo acompañé de a caballo a hacer el negocio con un viejito de apellido Cruz. La plata la traía yo y era de unos novillos, cabras y ovejas que habíamos vendido para el lado de Chile. La casa materna era larga, de adobe” evocó el hombre para hace referencia al día que su padre adquirió la propiedad donde actualmente habita y donde su única hermana con vida también tiene domicilio.

Con el correr de los años la minería lo llevó a emprender el desarrollo de algunos proyectos.

“Empecé a trabajar en Las Castañas, que era un proyecto de carbón. A mí me gustó siempre la minería. En el cerro El Corral, que queda cerca de El Mollar, estuve trabajando una mina de manganeso. Hice un pozo a mano de ocho metros de profundidad y de dos por dos, con una maza. Sacamos manganeso puro, el manganeso sirve para hacer acero. Ahora se ha metido el medio ambiente y no quieren dejar trabajar a la gente honrada. La minería emplea muchas personas y paga buenos sueldos. Malargüe se hizo conocido por la minería y ahora no quieren que se trabaje”, expresó don Milo, un minero de corazón.

Lorenzo “Milo” López se jubiló a la edad de 76 años y dejó de trabajar para dedicarse a descansar y “disfrutar de la vida”, como él mismo dijo al finalizar la charla.
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