HISTORIA DE VIDA


Edición Número 235 del 15 de Agosto de 2018

CLEMENCIA DEL CARMEN GONZÁLEZ
CLEMENCIA DEL CARMEN GONZÁLEZ
Eduardo Araujo

Por Eduardo Araujo

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En Ranquil Norte nació Clemencia del Carmen González, su documento de identidad dice que el 4 de enero de 1942, pero ella indicó que tiene 79 años, pues su padre no la presentó en el registro civil al nacer, sino varios años después, tarea que estuvo a cargo del responsable policial de la zona sur de Malargüe en la época don Ciro Maza

Laura Rosa Montecino y Anselmo González fueron sus padres. Además de doña Clemencia el matrimonio tuvo a otros cinco hijos: Héctor Antonio, Daniel Segundo, Luis Hilarión, Anselmo y Teresa.

“Mi papá tenía puesto en un lugar que estaba entre Ranquil Norte y el Río Barranca. El puesto que teníamos era lindo, tenía muchos árboles. Cosechábamos de todo, porque se hacía una huerta todos los años y eso que no teníamos mucha agua, el papá tenía que hacer unas represas y con ese se regaba las plantas. Teníamos una quinta donde había frutas de la se pidiera. Ese puesto después mi papá se lo vendió a don Ramón Ibañez, porque ellos se vinieron con los años a Malargüe a vivir a una finca”, expresó la mujer en el inicio de la conversación.

Comentó que la familia se trasladaba a Puerta de Barrancas a dar veranada.

“Mi papá todos años velaba a San Sebastián, el 20 de enero, y unos días después partíamos a la sierra a llevar los animales. Desde el puesto tardábamos 12 días en llegar a la veranada, en Puerta de Barrancas. Llevábamos como 10 cargueros, porque cargábamos desde los colchones hasta las gallinas. Yo iba a caballo tirando la marucha. Cuando íbamos de arreo todos los días nos levantábamos a las 05:00 de la mañana, es que teníamos que cargar las mulas que a la tardecita del día anterior habíamos descargado para que descansaran, tomaran agua y comieran. Uno tardaba hasta las 08:00 o las 09:00 para cargar y seguíamos viaje. Se paraba un ratito para comer algo al mediodía y después continuábamos arriando hasta que a la tardecita se buscaba otro lugar para pasar la noche y alojar. Todos años casi siempre hacíamos las mismas paradas. Cuando llegábamos a la veranada lo primero que se hacía era arreglarla y poner cada cosa en su lugar y después nos dedicábamos a cuidar los animales. Mi papá a los días se iba a Chile, allá tenía familiares por parte de la madre. Antes charqueábamos chivas, preparábamos chicharrones, quesos de cabras y de chiva para que él se llevara, allá vendía esas cosas y compraba la mercadería. Me acuerdo que traía un azúcar en cubitos que salía en esa época, yo me la comía como si fuera un caramelo (risas). Antes de empezar el invierno regresábamos al puesto de nuevo con el arreo, más o menos en el mes de abril. Una vez, me acuerdo, nos agarró una nevada muy grande, en un lugar que se llama Lingüinvaca, ahora unos primos míos tienen veranada ahí. Nos empapamos todos y se nos mojaron las cosas que llevábamos. Sufrimos muchísimo”, expresó doña Clemencia más adelante.

Concurrió a la escuela primaria de Ranquil Norte, siendo la única de sus hermanos que tuvo la oportunidad de escolarizarse. Durante el tiempo de clases vivía en la casa de su tío Hilarión González.

“En la invernada mi mamá me enseñó a tejer al telar, con agujas, a bordar bicieras (una bolsita donde llevar los “vicios”, los elementos necesarios para el camino. En diversas situaciones podía ser tabaco y papel para armar los cigarritos, o un poco de yerba y azúcar para el mate, o aquello que fuera valioso por lo útil). Con la venta de las cosas que hacía sacaba mi platita para comprarme mi ropa y mis cositas. Mi papá salía a bolear choiques para el lado del Río Grande, del Cerro Negro y vendía la pluma. Antes no estaba prohibido hacer esas cosas, con decirle que él solía salir con don Ciro Maza que era comisario por aquellos lugares y con mi tío Hilarión González que era cabo de la policía. Cuando necesitábamos algo de mercadería íbamos al pueblito de Barrancas, donde había varios negocios. Como todavía no estaba el puente, teníamos que cruzar el río bien tempranito porque si no el agua llegaba arriba de la montura”, rememoró en otro pasaje de la charla.

Seguidamente puntualizó “Yo me vine de 21 años de mi casa a lo de mi tío Hilarión, que ya tenía a su familia aquí en el pueblito que era Malargüe, porque tuve que operarme de apéndice, estuve como un mes de reposo, me gustó Malargüe y ya me quedé por acá. A mis primas, las hijas del tío Hilarión, las quiero como si fueran mis propias hermanas…Cuando me repuse de la operación entré a trabajar con la señora del Comandante de Gendarmería, de apellido Laxague. La mujer era maestra y tenía a dos chicos. Cuando lo trasladaron al hombre empecé a trabajar en la casa del Gerente del Banco de Mendoza, que se llamaba Julián Fernández”.

Al ser interrogada por el Malargüe de aquellos años mencionó “cuando conocí Malargüe tenía pocas casas. Cerca de la casa de mi tío (en la esquina noroeste de Pedro Pascual Segura y Los Choiqueros del hoy barrio Gustavo Bastías) era todo monte, habían algarrobos, me acuerdo que con mis primos sabíamos comer el fruto de los algarrobos”.

Pícaramente agregó “cuando yo me vine del puesto ya estaba de novia con mi marido (Raúl Hernández, hoy fallecido).Mis primas me hacían gancho porque nos escribíamos por cartas. Él trabajaba en fábrica Grassi, me escribía las cartas, se las daba a mis primas y ellas me las mandaban con don Alfredo Vázquez, que era policía en Ranquil Norte, y me las llevaba al puesto. Con el finado Alfredo éramos primos y mi cartero (risas). Mis padres no sabían que yo estaba de novia con Raúl, porque mi papá no me dejaba, yo solo tenía que trabajar. En el verano de madrugada tenía que salir al campo, a trabajar en el corral con los chivos. Cuando se hizo la ruta 40 nosotros les vendíamos el pan a los obreros”.

Al casarse con Raúl Hernández tuvieron cinco hijos: Lindor, Laura, Oscar, Dolores y Celia.

La familia se estableció en puesto Las Taguas, donde ya vivían los padres de su esposo.

“Cuando nos casamos mis suegros, que se llaman Juan de la Cruz Hernández y doña Celia Rosa Navarro, les pidieron a mi marido que nos fuéramos a vivir al puesto con ellos. Mi marido trabajaba en fábrica Grassi y tomaba animales para amansar, después fuimos comprando animales para tener en el puesto. Cuando mis hijos comenzaron a ir a la escuela los llevaba caminando a la escuela Baigorria, del puesto a la escuela hay cinco kilómetros y me hacía dos viajes al día. Antes, cuando Las Chacras era del “chileno” Ramón de la Fuente nosotros íbamos seguido a los rodeos. Ahí siempre se sembró mucha papa. Don Ramón tenía mucho capital. A ese hombre la gente decía que tenía un trato con el diablo y lo velaron vivo, toda una noche, en el cerro Ceferino. Después el hombre se fue a Chile y se murió allá”, mencionó doña Clemencia dando cuenta de otro pasaje de su vida.

En el puesto Las Taguas, además de las labores de ama de casa, también ayudó en la crianza de animales. Hoy tiene 18 nietos y cuatro bisnietos.

Ama el campo, aunque desde hace un tiempo vive con su hija Celia, dado una enfermedad que le afecta a sus piernas y le impide estar mucho tiempo pie o caminar grandes distancias, por lo que los fines de semanas se instala en el puesto que fuera de su esposo para estar en contacto con sus cosas y disfrutar de la tranquilidad del lugar.
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