HISTORIA DE VIDA

ROSALÍA MARTÍNEZ
ROSALÍA MARTÍNEZ
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Rosalía Martínez nació en “La punta del Agua”, La Junta, a escasos kilómetros al norte de ciudad de Malargüe. Fueron sus padres Laura Rosa Martínez y José Martínez.

Al comenzar a relatar su historia de vida expresó “nací el 4 de setiembre de 1927, pero estoy anotada el 20 de noviembre de 1930, a mis tres hermanas más chicas que yo nos presentaron el mismo día, porque antes venía cada cuatro o cinco años una persona del Registro Civil a un puesto y registraba a todos los niños de la zona. En esa época había un puesto cada tanto y muy poca gente, por eso había gente que tenía como 40 años y no estaba inscripta. Me acuerdo que un muchacho tenía como 47 años y lo llevaron al servicio militar, allá lo tuvieron como 10 días y lo mandaron de vuelta con todos los papeles arreglados”.



Fueron 11 hermanos por parte de madre, ella, Mario, Elsa, Laura, Sonia y María del mismo padre y al fallecer éste doña Laura Rosa contrajo nuevas nupcias y trajo al mundo a Alberto, Evangelista, Fermina, Mercedes y Marta.



Don José Martínez trabajaba al día en los puestos y estancias de la zona. Fue contratado por Vialidad y falleció ahogado en la zona de Barrancas.



Siguiendo con su relato Rosalía dijo “cuando yo tenía cinco años me dieron a un matrimonio, porque mi mamá no tenía para alimentarnos. Era el año de la ceniza (1932) y no había quién diera trabajo y dónde comer. Me acuerdo que el día que cayó la ceniza mi mamá se había ido a una esquila, era el mes de abril y a nosotros nos dejaron solos. Teníamos un ranchito sobre una barranca, con muy poquitas cosas. Se hizo de noche y de repente empezamos a escuchar unos ruidos, pensábamos que era un caballo que siempre se subía arriba del techo del ranchito. Teníamos miedo que el animal tirara el techo abajo por eso hicimos la cama debajo de la mesita que teníamos ¡Me acuerdo patente de eso! Al otro día no aclaraba, cuando salimos al patio había como una arena blanca y no entendíamos nada. Nosotras éramos tan chicas y estábamos solitas que no sabíamos qué hacer. No sé cuánto tiempo habrá pasado hasta que vimos llegar a mi padrastro que venía a vernos. Él nos dijo que eso era ceniza de un volcán. Nos dejó comida y después se volvió para donde estaban esquilando. La esquila no siguió y después llegó él con mi mamá. Se murieron casi todos los animales. Un puestero que estaba en La Junta de arreo, como con 7.000 ovejas, perdió todas. Los animales no podían comer con la ceniza y cuando tomaban agua se terminaban por morir”.



Ese momento sería crucial en la vida de Rosalía. Ella se encargó de comentarlo así: “Mi mamá en ese tiempo me dio a un comerciante que se llamaba Antonio Bustos Padilla. El hombre me preguntó si me quería ir con él y yo le dije que sí, se imagina anda a medio vestir y la mayoría de la veces sin comer. Me acuerdo que era un día de viento fuertísimo, me subió en una carretela que andaba, me tapó con una carpa y me llevó a su casa. Él me crio y estuve en su casa hasta que me casé. Al principio me encargaba de alimentar a las gallinas, tenía como 200. Este señor tenía negocio cerca del puesto de nosotros y después me llevaron a San Rafael. Allá estuvimos un tiempo en la calle Moreno, de ahí fuimos a Cuadro Benegas, donde fui tres años a la escuela. En Cuadro Benegas estuvimos nueve años. Después de ese tiempo nos vinimos aCoihueco. Nos instalamos al lado de la ruta, en el primer puesto,a mano izquierda, que se encuentra una vez que se ingresa a Malargüe tras pasar el puente del río Atuel. Cuando nosotros llegamos todo eso era monte. Me acuerdo que hicieron una carpa con bolsas y ahí alojamos en la noche. Al otro día nos pusimos a desmontar, hicimos un quinchito con montes hasta que se cortó adobe y se hicieron las casas, que tenían un salón grande donde se puso el almacén. La ruta todavía no estaba asfaltada. Don Antonio no sabía leer ni escribir pero para las cuentas era fino y él me enseñó a llevar el negocio. Tenía 14 años y tenía que descargar y cargar bolsas, llevar el negocio y estar en todos los detalles, porque él salía de comerciante ambulante. La señora de él se llamaba Ángela Pretel, no tenía hijos. Era una mujer muy recta”.



Rosalía se casó, a la edad de 27 años, con Martín Pavéz, 10 años mayor que ella. Se establecieron en puesto El Cerro (en proximidades de Laguna Blanca). Una nevada, de más de un metro, hizo que perdieran toda la producción y entonces el flamante matrimonio volvió un tiempo al negocio de los Bustos Padilla y luego decidió seguir su propio rumbo.



“Como no nos poníamos de acuerdo en el manejo del negocio un día me fui a El Sosneado y conseguí trabajo como celadora, en la escuelita Pedro Scalabrini, ahí mismo me dieron casa. Después nos fuimos al puesto de mi tío ‘Jecho’ Martínez, ahí hicimos casa, plantamos árboles, mis hijos salían a caballo todo el día a la siga de las cabras. Como la situación no era buena un día me tomé un micro y me vine a Malargüe a buscar trabajo. Ese día no encontré trabajo, pero hablé con un pariente, Juan Pérez se llamaba, que tenía una casita cerca de la plaza, me la prestó. Me volví a buscar a mi familia y nos vinimos. A mi marido le dieron trabajo en una cantera y yo empecé a trabajar de cocinera en ‘La casilla’, un comedor que tenía don Pedro Oliver, estuve como tres años. A la vuelta de La Casilla, por la calle Villegas, don Jorge Sandoval y su señora, Vicky, tenían un restaurante, que se llamaba ‘Caballito blanco’. Me fueron a buscar, me propusieron mejor sueldo y me fui a trabajar con ellos”, expresó la mujer, madre de seis hijos: Luis Segundo, José Luis, María Ángela, Roque Martín (fallecido a la edad de 19 años) y dos fallecidos al nacer. Tiene 9 nietos y 10 bisnietos.



Al enviudar, terminó de criar a sus hijos haciendo lavados, planchados, vendiendo pan, tortitas, empanadas, trabajando en fincas de los alrededores de la ciudad…



“He tenido criadero de pollos, sembraba, yo he hecho de todo. Cuando la calle San Martín se asfaltó yo trabajé en la ripiera, con una cuadrilla de hombres. El encargado no me quería dar trabajo porque era mujer, pero yo le insistí y me fui a trabajar como seis meses estuve en eso. Tenía que sacar ripio y piedras, pirarla a la planchada y de la planchada al camión. Ese asfalto de la Avenida San Martín también me pertenece porque yo palié para que se pudiera hacer (risas). Nunca tuve miedo de ponerme al lado de un hombre para hacer un trabajo que fuera digno. La ripiera estaba en el Chihuido Chico. Con ese trabajo saqué plata para vestir a mis hijos, darles de comer”, expresó la lúcida abuela que este martes 4 cumplirá 91 años.



El tejido es su gran pasión. Ha confeccionado innumerable cantidad de pullovers, chalecos y camperas, a dos agujas; colchas para camas, manteles y carpetas al crochet, ocupación que sigue realizando por estos días, en “los descansos” que se toma mientras prepara los alimentos y realiza las labores domésticas, porque según ella no puede estar sin hacer nada.



Sumamente creyente dice al finalizar la entrevista “mi principal orgullo es que a mis hijos nadie los puede señalar con el dedo, me han salido muy buenos, eso se lo agradezco a Dios. Desde chica mi mamá me enseñó que cuando uno va hacer una cosa tiene que decir ‘si Dios quiere’, ‘si Dios me ayuda’. Dios anda conmigo siempre, porque para mí Dios es todo”.

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