HISTORIA DE VIDA


Edición Número 241 del 15 de Noviembre de 2018

RAÚL BECERRA
RAÚL BECERRA
Eduardo Araujo

Por Eduardo Araujo

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El poema que sirve de introducción a esta historia de vida es la presentación de la historia de vida de quien lo escribió, Raúl Becerra, un hacedor cultural, al que Malargüe le está en deuda.

Yo en el puesto Los adobes,
para el tiempo de la parición,
nací cerca de un fogón
con olorcito a churrasco,
mi padre fue un viejo gaucho
de apelativo Becerra,
él no nació en estas tierras,
pero en ella hizo patria
cuando en el invierno la escarcha
era dura como piedra
y fue al pie de aquella sierra
donde él levantó su rancho.
Yo soy hermano del Juan, del Chulo, la Josefina,
la Hilda y de la Martita y mi madre doña Ilma.
Algunos como de burla me apodaron el pijilla,
otros el hormiga negra, otros el gaucho Becerra,
pero lejos de mi tierra, allá por Chile,
indómito me llamaron
porque con mi facón golpeaba mis espuelas
al compás de algún malambo,
con lanzas, con boleadoras, que tiempos pa´ recordar
ahura quiero homenajear a un payador malargüino,
Lima, y de nombre Claudino, así el solía versear.

Raúl nació el 31 de octubre de 1938, en puesto Los Adobes, proximidades del cerro Mesa. Sus padres fueron Ilma Quesada y Juan Saúl Becerra. Saúl (Chulo), Josefina, Juan e Hilda (Ver su historia de vida en edición Número 223 del 15 de Febrero de 2018), sus hermanos.

“Mi padre tenía chivos, vacas, ovejas tenía como 2.000 porque en esa época era más común tener ovejas que chivos. A la edad de 7 años nos vinimos a vivir a Malargüe y yo empecé a ir a la escuela Rufino Ortega. Teníamos una casa en Av. Rufino Ortega y Batallón Nueva Creación, después nos trasladamos a Ruibal y Esquivel Aldao, donde teníamos un comedor, que se llamaba ´El malargüino¨. Cuando terminé la primaria yo quería seguir estudiando junto con ´Bochín´ Brega, Julio Barroso y otros muchachos y aquí no había nada. Hablamos con muchos maestros de la época y al poco tiempo Malargüe empezó a tener un secundario”, expresó el hombre en el inicio de la charla.

Seguidamente agregó “de chico me gustaba mucho el folklore, y todavía me gusta. Con mi hermano Juan zapateábamos, aprendimos en el negocio de mi padre. Ahí se hizo una especie de peña y un hombre que bailaba malambo y paso doble zapateado, nos enseñó. En la escuela me buscaban para bailaran en los actos, después también actuábamos en las fiestas patrias, para las vendimias. Uno de los que nos tocaba la guitarra para que nosotros actuáramos era ´Chascón´ Romero y los hermanos Villar”.

Cumplió en el servicio militar obligatorio en Cuadro Nacional.

“En el servicio militar fui cocinero. Como mis padres tenían comedor y me habían dicho que los soldados sufrían mucho para comer le dije a mi madre, antes de irme, que me enseñara a cocinar. Como era muy metido aprendí a hacer ñoquis, milanesas, pastel de papas y varias comidas. Cuando me incorporaron empezaron a preguntar qué oficio tenía y le dije cocinero. Estuve tres días en rancho, cocinando en ollas tremendas de grandes, como le dije a un cabo que sabía hacer otro tipo de comidas me pasaron al casino de suboficiales. A la semana vino un teniente cabo y me pasaron al casino de oficiales. Tuve de jefe a un sargento de apellido Rodríguez que me fue enseñando otras recetas. Al tiempo me pusieron tres ayudantes. Cada vez que el teniente coronel hacía una fiesta tenía que partir yo a cocinarle” rememoró ese tiempo de su vida Raúl.

Como previo a cumplir con la Patria ya trabajaba en Banco Nación al retornar de la milicia volvió a esa labor. Luego pasó a desempeñarse en Mina Santa Cruz, Agua Escondida, donde la remuneración era mucho mejor. Tras un breve paso como güinchero empezó a trabajar en la faz administrativa, llegando a ocupar el cargo de contador. Cuando la continuidad de la explotación se vio dificultada la firma procedió a indemnizar al personal, para lo cual los operarios jerárquicos debieron trasladarse a la ciudad de Mendoza donde se les haría efectivo el pago.

“En la mina yo había conocido a Raúl Olivera Labié, un hombre muy generoso que me enseñó mucho. Llegamos a Mendoza, nos fuimos a un hotel y en la noche lo invité a cenar. Cuando terminamos le dije que me acompañara al casino, un lugar del que había sentido mucho hablar pero que yo no conocía. Él me acompañó, pero me anticipó que no entraría. Entré solo, empecé a jugar y me gané $ 71.000, que era muchísima plata. Al momento de pasar por la caja la misma gente del casino me hizo salir por una puerta trasera y me llamó a un taxi. Al otro día, como si nada, me fui a arreglar la indemnización y pude lograr que me pagaran todo junto. Como yo tenía en la cabeza el berretín de ponerme un restaurante, pasé por San Rafael, compré un mostrador y toda la bajilla para ponérmelo. Cuando llegué a Malargüe le conté a mi madre y ella me apoyó en todo. Así fue como puse el restaurante ´El nevado´, muy nombrado en aquellos años. Le compré a don Julio Arteaga, el local estaba enfrente de la YPF que funcionaba en la calle San Martín y Salas. Las mesas las hice hacer en la carpintería de don Hilario Gómez y todas las sillas eran tapizadas, compradas en San Rafael. A mi hermano ´Chulo´ lo hice mi socio y al principio trabajábamos muy bien porque en aquellos años pasaba el ómnibus que iba a Bariloche y paraba en la estación de servicio. La gente bajaba a comer al restaurante de nosotros y eso nos daba mucha ganancia. Los cocineros eran mi compadre ´Lalo´ Contreras y la actual esposa de mi hermano ´Chulo´. Vino gente muy famosa a comer ¡Tengo fotografías hasta con Los Chalchaleros! Cuando me enteré que se iba a inaugurar un camino a Bariloche por Santa Isabel y que el colectivo iba a dejar de pasar por aquí ya advertí que el negocio iba a tener problemas. Cuando dejó de pasar El Bariloche se empezó a venir abajo el negocio y tengo que decir la verdad, nos desalojaron porque no se pagó el alquiler. Entonces nos pusimos un pequeño restaurante en la calle San Martín y Beltrán, frente a la carnicería de Di Pascua, y le alquilamos a Ferragut un local en Beltrán y Emilio Civit donde también pusimos otro restaurante. Las cosas no anduvieron bien y tuvimos que cerrar”, evocó Raúl.

Siendo intendente José Ranco lo convocó a trabajar en el municipio como cafetero. Al crearse la oficina de bromatología pasó a estar al frente de la misma.

“Como no alcanzaba el sueldo empecé a trabajar como mozo en el Hotel Turismo, que en ese momento tenían a cargo los hermano Fernández, que eran amigos míos. Tuve que hablar con don Ranco para que me dejara entrar media hora antes a la municipalidad, terminaba ahí y salía de carrera al Turismo para servir el almuerzo”, expresó el hombre.

Al fallecer su hijo Dardo Andrés Juan Ramón “Gary” pidió el traslado a la Casa de Malargüe en Mendoza donde trabajó alrededor de tres años. Al volver, se crea el archivo municipal y fue designado al frente.

“La oficina de archivo empezó a funcionar en la municipalidad y después pasó al galpón municipal, que estaba donde ahora está el planetario. Ahí había dos piecitas con un baño y nos instalamos con Tino Nuñez, que yo pedí fuera mi ayudante. Guardábamos expedientes municipales. Fue entonces cuando le mandé al intendente Jorge Vergara un proyecto de creación del archivo histórico y lo aceptó, designándome responsable. Empecé a salir puesto por puesto buscando la historia de cada uno, juntando fotografías, haciendo que la gente colocara los nombres detrás de las fotografías de las personas que aparecían y así, poco a poco, fuimos juntando material. La gente empezó a acercarnos fotos y recortes de diarios y revistas y así se fue gestando el archivo histórico, que hoy es algo tan lindo que tenemos los malargüinos” expresó con cierto orgullo Becerra.

Fue creador de la escuela de ajedrez Malargüe, organizando numerosos torneos en el hotel turismo Malargüe, el molino de Rufino Ortega.

“El ajedrez hace que los niños aprendan a razonar, a tener memoria y a concentrarse” dijo sobre ese hecho Raúl.

Al jubilarse del municipio se dedicó a descansar. Hoy pasa sus días junto a su esposa Mirta Gil, que le ha dado cinco hijos: “Goyo” (vive en España), “Gary” (fallecido) Viviana, Jorge y Liliana. Hace 55 años que están casado. Tienen ocho nietos y tres bisnietos.

“En mi vida tuve muchos oficios fui carnicero, carpintero, cocinero, mozo, administrativo, escribí versos, hice algo en ajedrez, hice cosas buenas y otras que no me salieron tan bien, pero de lo que más me siento orgulloso es de la familia que tengo” concluyó el hombre con lágrimas en sus ojos.

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