HISTORIA DE VIDA


Edición Número 243 del 15 de Diciembre de 2018

DORILA IBARRA
DORILA IBARRA

Hacía mucho tiempo que quería conocer a doña Dorila, muchas personas me habían hablado de ella como una mujer sumamente activa y generosa, por distintas razones el encuentro se fue postergando. Fui invitado a su cumpleaños Nro. 95, pero tampoco se dieron las cosas.

Decile en papel

Hace pocos días, gracias a una de sus nietas y un bisnieto, pude llegarme hasta su puesto. Al llegar la encontramos preparando un amasijo en la cocina. Inmediatamente dispuso que tomáramos unos mates con el último pedazo de pan quedaba y un exquisito queso de cabra. Al presentarse ella en la ronda de mates inmediatamente le dice a sus hijos y al bisnieto –Bueno mientras la masa se levanta vayan buscando leña- Los tres hombres que antes estaban conmigo se dirigieron de inmediato al campo en busca de Zampa.



Me quedé solo con ella y me dice –Vengase al patio que tengo que preparar un queso- Salí detrás de ella. En una pieza realizada con tablas y recubierta con un género blanco deposita “la cuajada” (leche a la que previamente le había añadido cuajo, también denominado suero, que ayuda a coagular la proteína de la leche). Luego lo prensa, poniéndole una piedra encima.

-¿A qué hora se levanta para tener la leche fresca?, le pregunté, a lo que ella responde: “Me levanto como a las 05:30 para ordeñar a las chivas, me duelen las manos para sacar la leche, por eso le saco poca leche. Después la leche se corta con suero y cuando ya está cortada se la pone con un trapito en las queseritas (de madera). Hay que apretar bien para sacarle todo el líquido que le sale a la cortada y después lo pongo en una despensita que tengo, donde está bien fresquito. Más o menos en una semana ya está el queso para comerlo”.



- Voy a descansar un ratito porque no he descansao nada- consigna la mujer. Volvemos al interior de la casa y allí me comienza a relatar parte de su vida. Así me dice que se llama Dorila Ibarra y que nació el 8 de abril de 1923. Sus padres fueron Pastoriza Navarro y Jesús Manuel Ibarra, que para cuando ella vino al mundo vivían en la zona de Los Arroyos, en el noroeste de nuestro departamento junto al río Atuel. Tuvo dos que se llamaban Germán y Celestino.

“Mi papá cuidaba muchos animales, tenía muchos. Había cabras, yeguas, ovejas. A él lo mató un chileno, nosotros estábamos chiquitos. Nos fuimos a vivir con mi abuela, que se llamaba Manuela Luna, que era la madre del papá. Me acuerdo poco de ella porque el tiempo hace que una se vaya olvidando de los recuerdos de chico. Nos terminamos de criar con el finadito Abel Navarro, que era mi tío, hermano de mi mamá. Se nos terminó todo el capital. Nunca me mandaron a la escuela…a mí me tenían trabajando todo el día. Me enseñaron a tejer, a bordar cosas para vender a la gente que andaba por allá. Hacía yerbateras, cigarreras, pañuelos para el cuello, guantes, medias, ritros, fajas…de todo” comentó casi de corrido.

Luego agrega: “Me acuerdo del año de la ceniza (erupción del volcán Descabezado, junio de 1932). Eran como las 10 de la mañana y de repente se oscureció todo, no se veía nada, nada. Estuvo todo el día oscuro. Me acuerdo que estábamos con la abuela y una tía, nadie sabía qué era lo que estaba pasando. Cuando se despejó quedó un buen alto de ceniza. En la casa la ceniza después se usó para fregar las cucharas y las ollas (risas). De todo lo malo se puede sacar algo bueno (risas). La abuela y toda la gente de por allá perdieron muchos animales que se murieron a causa de tanta ceniza, parece que se envenenaban”.

Su juventud estuvo signada por el trabajo. Se casó y tuvo 10 hijos.

“Me casé con Oscar Ibarra (que llevaba su mismo apellido pero no eran familiares). No me acuerdo el año, vivíamos en Los Rincones, por donde está Feliciano Ibarra ahora, pero como se nos murieron muchos animales nos vinimos a este puesto donde estoy ahora. Llegamos y nosotros mismos hicimos las casitas. No había nada. Este puesto se llama Jagüel Rosino”, comentó la abuela Dorila. El puesto está ubicado a unos 40 kilómetros al este de la ciudad de Malargüe, junto al arroyo Malo.

A los hijos los llamaron Oscar (fallecido), Salvador (fallecido), José, Carlos, Tomás, Gerardo, Elba, Amelia, Palmira y Pastora, que le han dado nietos, bisnietos y tataranietos.

“Algunos hijos los tuve en la casa y otros en el hospital, una nuera mía, la Raquel Cáceres, me atendió en uno de los partos. Yo también ayudé a nacer a varios niños cuando era más joven”, rememoró doña Dorila.

La conversación se interrumpió porque llegaron los hombres con la leña que habían salido a buscar. Ella salió a supervisar la carga y dice –Parece que va a alcanzar-

Inmediatamente se dirige al gallinero con un recipiente con maíz, suelta las gallinas y les arroja algunos granos de alimento que las aves devoran en pocos minutos.

Para ese entonces ya estaba listo “el desayuno”, medio chivito dorado a las brasas que compartimos juntos a otros familiares que habían llegado minutos antes. Doña Dorila afila su cuchillo y se dispone a compartir el exquisito manjar.

Al terminar y comprobar que la masa ha llegado a punto comienza a preparar los panes, mientras uno de sus hijos se encarga del fuego del horno.

La mujer está atenta a todo. Va y viene. Pregunta por sus familiares, por el precio de las mercaderías.

“La abuela no para, ella lava la ropa, cose en una máquina que tiene, prepara la comida. A Malargüe no le gusta ir, su vida es el campo ¡No toma ningún remedio!” me cuentan sus familiares.

Interviene la anciana y consigna “yo no me acostumbro a estar en el pueblo, me gusta estar en mi casita, con mis cosas…aquí estoy con mis hijos Carlos y Tomás y siempre me vienen a ver los familiares”.

Doña Dorila Ibarra es una mujer de las de antes, sumamente activa, que lleva sus 95 años con gran vitalidad, es una malargüina que sabe lo que es hacer Patria en nuestro querido Malargüe.




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