HISTORIA DE VIDA


Edición Número 245 del 15 de Enero de 2019

JUAN HONORIO BRAVO
JUAN HONORIO BRAVO
Eduardo Araujo

Por Eduardo Araujo

Nació el 02 de julio de 1934, según su Documento Nacional de Identidad, pero recuerda que “ya estaba crecidito” cuando lo presentaron en el Registro Civil, por lo que tiene varios años más, que no sabe precisar.

“Como yo nací en Agua de Flores, cerca del Trapal, del puente de la ruta 40 el río Grande en el Zampal para abajo y no había Registro Civil cerca los viejos presentaban a los hijos cuando podían. Mi padre era puestero, en esos años era un campo lindo. Mi mamá se llamaba Corina y mi papá Feliciano. Nosotros fuimos 11 hermanos Joel, Mercedes, Nolda Marina, Celerina, Rubén, Hilarión, Poli Irene, Elsa y Armando”, contó don Juan al comenzar a relatar su historia de vida.

A la edad de aproximadamente cinco años sus padres lo dejaron al cuidado de su abuela, la señora Gertrudis Forquera, madre de su padre, en arroyo Agua Botada porque, según sus palabras, en la casa paterna llegaban a “suspirar de pobres”.

“Con mi abuelita y unos tíos que vivían con ella me terminé de criar. Me quedé con ellos trabajando, yo no tuve escuela porque en esos años no había por allá. De chico tuve que salir al campo. Cuando uno se podía una pala lo mandaban a hacer acequias, cercos para sembrar porque la gente de antes cosechaba su trigo, su poroto, de todas clases de verduras. El trigo se cortaba todo a mano y para arar la tierra se usaban las yuntas de bueyes, que ahora ya no se ven en este Malargüe. Lo que uno ponía se daba porque había mucha agua. En la familia de nosotros no había empleados porque éramos mucho para el trabajo. En esa época llevaban a veranada a Trolón, se tardaba unos cinco días con el arreo chico. Para hacer las compras había que venir a Malargüe o ir a Río Grande, al boliche del finadito Florencio Ruíz, todo a caballo. Cuando vine por primera vez a Malargüe me acuerdo que había dos o tres casitas locas (risas). Comprábamos en los Fernando López, ahí nos encontrábamos con muchos puesteros que, como nosotros, venían con tropas de mulas, unas 10 o 12 todas con cargas. Al frente de las pobres vestías venía un marucho y a mí me traían para hacer eso, como una guía, se diría ahora. Nos quedábamos como tres o cuatro días de aquí que se descargaba toda la carga y se hacían las compras. La gente alojaba alrededor del negocio, que estaba frente al donde ahora está el reloj (Av. San Martín y Roca, esquina noroeste). Ese señor le daba la mercadería y recién al año le venía a cobrar, los puesteros le pagaban con cueros de liebre, de zorrino, de zorro, de vacunos, con cerdas, lana. En ese año los animales casi no se vendían. Tengo muy presente que en el puesto, en la cocina, se hacía un fuego al medio y todos nos poníamos alrededor y salían las conversaciones. En el tiempo de invierno salíamos todos llenos de humo (risas). Cada uno tenía sus dormitorios, no como ahora que todas las piezas, el comedor y la cocina están juntas. La abuelita velaba a San Antonio y yo de grande también seguí con esa devoción al santo” agregó el hombre en la conversación que mantuvimos en la casa de su hija Isabel.

A la edad de 11 años dejó la casa de su abuela y se fue solo a San Rafael, prácticamente con lo puesto. Allí llegó a la casa de un conocido, David Ambrosini y al poco tiempo partió a Bowen donde se empleó en un criadero de cerdos y gallinas. Al cabo de más de dos años regresó para trabajar en una cosecha de uva en El Cerrito, San Rafael. Fue en ese momento que sus padres tomaron conocimiento de dónde se encontraba. Más tarde pasaría a Goudge en una finca.

Realizó el servicio militar en Campo de los Andes, departamento de San Carlos, donde se desempeñó en la caballeriza. Al ser convocado a la milicia trabaja como mozo en un hotel que había en El Sosneado, cuyo administrador era don Tomás Gatti. Allí paraba el personal que trabaja en la mina Sominar, de donde se extraía azufre.

Al concluir con la milicia y tras “changuear” durante un tiempo comenzó a trabajar en minería.

“Entré a lasminas de la firma COSOME, estuve siete años ahí, sacábamos carbón. Había dos minas una se llamaba Los Mallines y la otra Castaños, éramos como 80 operarios. Nosotros andábamos como siete kilómetro por abajo del cerro, el carbón se sacaba en vagonetas. El mineral se sacaba con picadores y trabajábamos de rodillas o boca abajo, en unos pasillitos estrechos, tenían unos 10 metros de ancho pero eran de 50 centímetros de alto, no se podía trabajar parado. Cada 50 centímetros los maderistas iban poniendo palos para que el cerro no se viniera abajo. Nos mandaban aire con unos compresores. Teníamos prohibido andar con fósforos o fumar adentro de la mina. Cuando uno entraba a la mina no sabía si iba a salir, hubo varios accidentes. Un accidente se produjo porque se juntó un bolsón de gas y mató a cuatro personas, en otro se murieron como 13 muchachos, los molió la explosión. Había un campamento grande, con casillas de chapas. Una vez nos agarró un temporal de nieve grande y todos tuvimos que salir caminando, hasta el jefe que era el Dr. Masrramón. El contador de la mina era Felipe Salvatierra (leer su historia de vida en Ser y Hacer de Malargüe Edición Número 207 del 15 de junio de 2017). Los camiones de Gendarmería nos vinieron a buscar a Los Ranchitos, donde vivía la familia Oses. La minería pagaba buenos sueldos, a los que trabajábamos en las galerías nos daban una prima que se llamaba, era un sobre sueldo lindo” rememoró don Juan.

Cuando la mina cerró pasó a desempeñarse, como perforistas, en mina Huemul, Agua Botada, de donde se extraía uranio por parte de la Comisión Nacional de Energía Atómica. Para ese entonces él también tenía puesto en proximidades del yacimiento.

Se casó con Agustina Moyano con quien tuvo ocho hijos: Manuel (fallecido recientemente), Beatriz, Corina, María Isabel, José, Rubén (Pollito), Alberto y Saúl. Ellos le dieron 33 nietos y 27 bisnietos.

Debió dejar el puesto en 1977 porque la rentabilidad no le era suficiente y se empleó en una fábrica de yeso que explotaba Adolfo Sandmeir y que tiempo después vendió al geólogo Oscar Chena.

Cuando Estancia Las Chacras pasó a manos de la familia Aguado don Juan empezó a desempeñarse en la firma.

“Trabajé con el finadito Negro (Gerardo) Aguado, una persona excelente. Yo nivelaba los cuadros para la siembra de la papa, con él también estuve en El Sosneado, en Coihueco norte, yo tenía gente a cargo. Malargüe le debe mucho a ese hombre porque hizo mucho por la zona de papa semilla”, expresó el hombre.

Al jubilarse siguió trabajando y así llegó a hasta La Pampa.

Actualmente vive en barrio Los Intendentes, donde llegó cuando en ese sector de la ciudad aún había fincas donde se sembraba pasto y algunas verduras.




OTRAS DE LA SECCIÓN HISTORIA DE VIDA