HISTORIA DE VIDA


Edición Número 246 del 1º de Febrero de 2019

GERTRUDIS “GECHITO” IGNACIA VÁZQUEZ
GERTRUDIS “GECHITO” IGNACIA VÁZQUEZ
Eduardo Araujo

Por Eduardo Araujo

“Antes los padres tenían los hijos y a veces los iban a pasar por civil y otras veces no, a mí me asentaron el 14 de diciembre de 1931, ahora tengo 87 años, por eso capáz que tengo más años, soy la tercera de nueve hermanos, mi hermana mayor, que vive en San Rafael, tiene 92 años. Ella se llama Yolanda Irene, después seguimos mi hermano Dolores (Lolo), yo, Mario, Celso, Hortensia, Cleófa, Hercilia y una hermanita que se murió chiquita. Mi papá se llamaba Pantaleón Vázquez y mi mamá Filomena Hortensia Grandón. Cuando nosotros éramos chicos vivíamos en El Cardal, queda de El Batro mucho para arriba (costa del río Barrancas). Ahora hay camino que llega hasta ese lugar, pero antes todo se hacía de a caballo. La mercadería, que la venían a buscar a Mechenquil o a Chile se llevaba en cargas. A Chile se iba a Linares para comprar. Del puesto se partía con cargas de charqui de chivo, de vaca, quesos, allá se vendía todo y después se compraba lo que se iba a traer. Cuando se llegaba a Chile la gente de allá decía -´ahí vienen los cuyanos´, porque así le decían a los argentinos”, expresó doña Getrudis “Gechito” Vázquez al comenzar a relatar su historia de vida. Recibió el apodo siendo niña, en el hogar de sus padres.

Seguidamente agregó “en El Cardal mi papá tenía un puesto y sembrábamos de todo. Con trigo que cosechábamos se llevaba a moler en un molino que estaba en Cochico, pasando el río Barrancas, todo en cargas, y después teníamos la harina para hacer pan. Cerca de nosotros vivían otras dos familias de apellido Aguilera y Narambuena.En mi casa todos hacíamos de todo. Los varones le ayudaban al papá en el campo, Las mujeres cocinábamos, cosíamos, bordábamos. Las telas y los hilos se traían de Chile. Cuando se sembraba o cosechábamos, también para la época de la parición estábamos todos prendidos (risas). La tierra se araba con arados de madera con una punta de hierro que lo tiraban una yunta de bueyes. Lo que se cosechaba se guardaba para tener en el invierno. El trigo se cortaba a mano con ichona (Una hoz, segadera, echona o ichona es una herramienta agrícola hecha de hierro en aleación con cobre-que la hace resistente a la humedad- y que tiene como principal uso el corte de tallos de gramíneas, sobre todo de cereales). Después se rastrillaba a caballo, se aventaba y se guardaba en un granero que teníamos. En la casa se molía el trigo para hacer sopa, quedaba muy rico. También se hacían tortas al rescoldo y otras que hacíamos a la parrilla con una masa más finitas, que le llamaban churrascas. Con mi hermano Celso me acuerdo de haber salido a cuidar las cabras al cerro, traer leña a ataditos que nos poníamos sobre la cabeza. Todos en la casa trabajábamos y nadie que quejaba, era algo normal para nosotros. La mamá hacia quesos de cabra y de vacas, que ordeñábamos bien tempranito. Teníamos queso toda la temporada de invierno. Cuando yo era niña todavía estuve toda en una temporada de verano en Linares, en la casa de una tía, hermana de mi abuela, porque había nacido uno de mis hermanos y mi mamá estaba sola para atendernos a todos. Eso era muy normal antes, entre las familias se daban una mano para cuidarse los hijos o cuando los mandaban a la escuela porque no había escuelas cerca. A nosotros todavía nos quedan parientes en Chile. Me acuerdo que con mis hermanos y hermanas, como no teníamos juguetes, con los huesitos de los espinazos de los chivos o los corderos hacíamos de como que eran animalitos y jugábamos con eso. Las muñequitas las hacíamos con trapitos y le hacíamos vestiditos”.

Más adelante dijo “el papá tenía de toda clase de animales. Los animales se los vendía a los compradores que llegaban al puesto. Nosotros ahí hacíamos invernada y veranada. Esos años eran muy nevadores. Cuando alguien se enfermaba tenía que curarse ahí nomás, porque no había a dónde llevarlo ni doctores para que a uno lo auxiliaran y antes nada de pastillas ni remedios comprados todo con yuyos y remedios caseros. Como no habían escuela venía un maestro, del otro ladito del río a darnos clases de manera particular, también se llegaban otros chicos de los puestos que estaban cerca. Venían en la mañana y se iban a la tarde y al otro día volvían. Los que estaban más lejos se quedaban en la casa a dormir. El maestro se llamaba Blas Aguilera, las nietas de ese hombre ahora son enfermeras en Malargüe. Así, al menos, algo aprendimos a leer, escribir y a firmar”.

Las prácticas de la fe estuvieron presentes en su vida desde que nació. Al respecto comentó “como mi mamá se llamaba Filomena en la casa velaba a Santa Filomena y también velábamos a San Pantaleón. Venían vecinos y se armaba una fiesta muy linda. La mamá sabía rezar, sacaba novenas, en las noches rezábamos hincaditos al pie de un altar lleno de santos que teníamos en la casa. Yo ahora en mi casa todavía velo a a San Cayetano, hace como 54 años que lo hacemos y hemos quedado que como tradición el día que yo no esté que mis hijas y los nietos sigan con esa promesa”.

Su madre fue cantora y tocaba la guitarra.

Gertrudis se casó a la edad de 28 años con Carlos Martínez, oriundo de El Sosneado. Se conocieron mientras ella trabajaba en la hostería de Calmuco, que tenía a cargo un hermano suyo. Allí estaba a cargo de ordenar las habitaciones para los turistas y servirles la comida. El lugar contaba con tres dormitorios para los visitantes, un comedor, baños, duchas y una bomba para la venta de combustible, la que funcionaba de manera manual. En ese tiempo la conexión hacia el sur de nuestro departamento no era por La Pasarela sino que el trazado de la ruta nacional 40 era por la denominada Cuesta del Choique, que unía las localidades de El Alambrado y Calmuco.

“Mi marido llegó a la hostería trabajando para la vialidad. Ahí nos conocimos, estuvimos poco tiempo de novios y nos casamos. Nos vinimos a vivir a la calle Amigorena (entre Rodriguez y Villegas), donde ahora vive mi cuñado Antonio (leer su historia de vida en Edición Número 92 de Ser y Hacer de Malargüe del 1 de Agosto de 2012). Mi marido trabajó en Vialidad provincial, donde se jubiló y murió hace 14 años”, mencionó la mujer.

El matrimonio tuvo tres hijos: Mirta, Patricia y Juan. Al día de hoy doña Gertrudis tiene 10 nietos y cinco bisnietos, quienes suelen reunirse periódicamente en casa de “la abuela”.

Gertrudis desde que se casó fue ama de casa y según sus familiares “muy buena cocinera”, hasta este momento ella se encarga de las compras y la comida. Vive, junto a su hija Patricia, en calle Martín Zapata, en una propiedad que junto a su esposo le compraron hace 56 años al señor Segundo Becerra.

Para ella la prohibición de venta de pirotecnia no ha sido un problema, sigue festejando Navidad y año nuevo con la clásica virulana encendida, en las últimas fiestas salió a la calle a hacer “estrellitas”.

Sumamente activa, a la edad de 74 años se integró al grupo de adultos mayores que realizan deportes con la Prof. Alejandra Espinoza.

“Es muy lindo hacer gimnasia, me vine a poner por primera una maya para hacer natación a los 74 años ¡Puede creer! (risas). Con mis amigas de gimnasia la pasamos muy bien, jugamos a la taba, aprendía cuando estaba en el campo. El hombre que me enseñó me dijo, te juego una hermana a la taba, jugamos y perdí, entonces me enojé y le largué la taba (risas)” evocó doña “Gechito”.

Junto al grupo de jubilados viaja periódicamente y cuando no se encarga del cuidado de las numerosas plantas que tiene. Los sábados puntualmente concurre a Misa en la parroquia Ntra. Sra. del Carmen, que le queda a muy pocos metros de su hogar.

Gertrudis va y viene, siempre optimista, le gusta caminar y compartir con su familia y amigos, hábitos que la mantienen con salud y sumamente entretenida.



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