HISTORIA DE VIDA


Edición Número 247 del 15 de Febrero de 2018

CELINA CORALES
CELINA CORALES
Eduardo Araujo

Por Eduardo Araujo

Celina Corales nació el 31 de diciembre de 1935 en el hogar que habían formado Juana Arenas y Juan Bautista Corales, hijo de don Baldomero Corales.

Celina fue la mayor de 11 hermanos, ya que a ella le siguieron Demetrio (fallecido), Juan Carlos (fallecido), Teodosa, Eusebio, Evaristo, Orfelina, Olga (fallecida), Elsa, Mabel y Alberto.

“Yo nací en el campo, en El Salitral del otro lado de la laguna LLancanelo. Para nosotros era un lindo lugar (risas). En el puesto los únicos árboles que habían eran tamarindos, por allá no se usa la huerta porque la tierra es muy salitrosa” dice la mujer para hacer referencia al costado este del espejo de agua donde vino al mundo y pasó los primeros años de su vida.

Recordó que su padre se dedicaba “al cuidado de los animalitos que tenía. Para hacer las compras de mercadería venía al pueblo de Malargüe, que en ese entonces era muy chiquito, había pocas casitas y algunos comercios que le llamaban de ramos generales. El papá se venía en una carretela y yo me quedaba con mi mamá y mis hermanos en el puesto. Había una huella que venía por la ruta del Cerro Los leones (hoy nacional 188). La yerba, el trigo, el azúcar antes venía en bolsitas de tela. El jabón lo vendían en unas barras grandes. Nosotros teníamos una batea y ahí teníamos que refregar la ropa, todo a mano. Teníamos un fuentón para bañarnos”.

La falta de agua dulce en el lugar donde creció era y es una dificultad. Ante la falta de máquinas perforadoras para llegar a las napas que la contenían bajo tierra la gente debía construir grandes pozos a pico y pala.

“Sacábamos el agua del pozo con una pelota que hacían de cuero. Las pelotas de cuero se fabricaban con un cuero de vaca al que le ponían un alambre alrededor. Con una rondana se sumergía y después se sacaba. De ahí sacábamos el agua para el consumo de nosotros y de los animales, todo se hacía a mano. A las 05:00 ya sabía estar prendida sacando el agua. También teníamos una bombita a mano para sacarla. Como éramos muchos hermanos todos hacíamos ese trabajito…Una vez llegó mi papi del campo y me dijo que lo acompaña para darle agua a una mula. Ató el animal en un caño que había a la orilla del pozo y cuando fui a agarrar la pelota de cuero el animal se espantó y yo fui a parar adentro del pozo. El agua me llegaba a los hombros. Me tiraron un lazo y junto con mi mamá me sacaron. Estuve varios días sin poder moverme, pero no me trajeron a Malargüe a que me viera un médico. Desde entonces tengo la columna desviada” expresó doña Corina.

Más adelante aportó otro recuerdo cuando dijo “el respeto a los mayores era una cosa muy importante.Antes de irnos a dormir el papá nos tenía que dar la bendición. Me acuerdo que cuando tenía 15-16 años tuve que pedirle permiso a mi papá para poder pintarme por primera vez. Él me dijo que si mi abuelito me lo daba lo podía hacer. Fui a lo de mi abuelito y él me dio permiso”.

Siguiendo con su relato acotó “como casi todas las mujeres de antes mi mamá tejía mucho. Nos quedábamos en la noche hasta tarde hilando, tejiendo, cosiendo la ropa para mis hermanos más chicos, porque cuando se venía a Malargüe o pasaba un ambulante se compraban telas. Mi mamá cortaba la ropa, sin moldes, y la cosíamos a mano. Como antes no había electricidad nos quedábamos alumbrándonos con las lucecitas de los candiles. Mi mamá me enseñó a tejer al telar, lo único que no me echó (envió) a la escuela porque me tenía que traer a Malargüe, por El Salitral nunca hubo escuela. Ella me decía que no me mandaba a estudiar para que no estuviera con los varones ¡Mire que ignorancia que había antes! Yo aprendí a leer y escribir un poco porque una tía, Irma Moreno de Corales, me enseñó. Cuando me vine a vivir a Malargüe, ya con mis hijos criados, fui a la escuela nocturna que funcionaba en la escuela Gendarme Argentino”.

En su hogar cada 16 de julio se realizaba la velada de la Virgen del Carmen, que comenzaba en la tarde noche del día anterior.

“Me acuerdo que esa fiesta se empezaba a preparar varios días antes. Si se había cazado un choique se hacía chaya en bolsa sino se carneaba una vaca y se preparaba la comida para la gente que venía a velar la virgencita. Para acompañar los mates se hacía un bizcocho con almíbar. También preparábamos tabletas que arriba le poníamos harina tostada con azúcar. Se estaba toda la noche prendiéndole velitas a la Virgen, en un altarcito, y también se tocaba la guitarra y se bailaba. Los cantores que había por allá eran Pedro Moreno, mi abuelito y mi papá, que era muy buen guitarrero”, contó la mujer.

Doña Celina permaneció en su casa paterna hasta el momento que contrajo matrimonio con Roque Lineros (hijo de Francisca Rojas y Rafael Lineros), oriundo de Carapacho. En ese paraje malargüino, más precisamente en el puesto El rincón, formaron su hogar. Aún sigue manteniendo ese puesto donde tiene cría sus animales. Allí el matrimonio trajo al mundo a seis hijos: Mary, Juan Francisco (Canito) y Josefa, los otros tres fallecieron prácticamente al nacer. La mujer recordó que a sus hijos los vino a tener al hospital de Malargüe, que por ese entonces funcionaba en calle Amigorena e Inalicán.

“A mi marido lo conocí en una fiesta de la Virgen del Carmen que se hizo en la casa de mi abuelito. Cuando me casé le empecé a ayudar a él con los chivos, a buscar monte, a hacer los corrales. En la época de la parición hay mucho trabajo porque una se levanta temprano para ordeñar las chivas lecheras, que en la noche deja encerradas, y sacarle la leche para hacer quesos.Hasta el año pasado hice quesos, este año no he podido porque me enfermé. Las chivas que uno encierra son las que no tienen chivatitos y después cuando se venden los chivitos las que quedan sin cría también sirven como lecheras…Para que mis chicos pudieran estudiar los mandábamos a la escuela de El Nihuil porque tenía internado. A mi hija Josefa la mandamos a la escuela en Malargüe. Cuando los chicos estaban en El Nihuil se quedaban internados y nosotros, cuando podíamos, los íbamos a ver. Las rutas siempre han estado malitas. Antes el puestero podía vender algún cuerito de zorro y de chivo, ahora los de zorro están prohibidos venderlos y los de chivo no tienen valor. El choique y los piches se cazaban en el otoño y el invierno, porque es cuando no están con crías” evocó en otro tramo de la conversación que mantuvimos en casa de su hija Mary.

Desde hace varios años reparte su día en el puesto y en su vivienda de barrio municipal, para estar más cerca de sus hijos, nietos y bisnietos.

Su vida ha estado surcada muchas veces por el dolor, el de la muerte de tres hijos, su esposo, nietos…la fe la ha ayudado a superar esos momentos. Dice que a sus seres queridos que han partido nunca los olvidará, pero que en cada ocasión que tuvo pasar un momento difícil trató rápidamente de salir adelante para apuntar a su familia.



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